
Radicado en Francia desde hace casi 25 años, nos muestra su casa y una nueva sede de su exitosísimo estudio
“Lo tengo todo: dislexia, déficit de atención, hiperactividad...”, nos dijo con humor Luis Laplace en una charla que mantuvimos en el lobby de un hotel porteño. “Me acuerdo que llegaba del colegio y mi mamá me ponía a cortar el pasto; después, me iba a hacer taekwondo; después, zapateo americano. Tenía que estar quemando energía permanentemente. Iba a talleres de pintura en el Centro, hice cerámica; más adelante, estudié un poco de escenografía e iluminación en el Colón. Sin darme cuenta, sin buscar poner nada en un CV, todo eso me iba formando”, reflexiona, buscando la punta del hilo de una trayectoria que va desde su infancia y graduarse como arquitecto en Buenos Aires hasta comandar, hoy, un estudio con centro en París y sedes en 18 ciudades de los cinco continentes. El impulso y las ganas, en su caso, nunca aflojan.

Mil escalones
“Toda mi vida quise hacer cine, pero cuando se lo conté a mi padre, un abogado muy formal, me dijo: ‘Mejor, elegí una carrera un poco más seria’. Y en esa época, en la que todavía era obediente, le dije que sí y empecé Arquitectura”, recuerda Laplace. “Después, la vida me fue llevando, y llegaron las primeras reformas con las que les arruiné baños y cocinas a varios parientes”, bromea.
“A los pocos años de recibido, me fui a vivir siete años a Nueva York y trabajé en un estudio grande donde aprendí a hacer lo que había que hacer. Las oficinas estaban muy cerca de las Torres Gemelas, y fui testigo del desastre de los atentados. En un primer momento, creí que no me había afectado; pero, por supuesto, no fue así: me di cuenta de que había algo que ya no quería más de la ciudad. Eso coincidió con la etapa final de la enfermedad del padre de Christophe [Comoy], mi pareja, que se volvió a Europa para acompañarlo. Y así fue como yo también me fui”.
En 2004, fundó junto con Comoy lo que hoy es un estudio de arquitectura multidisciplinario y multipremiado, con una sólida reputación en la creación de espacios culturales de primerísimo nivel, por mencionar solo un aspecto de su quehacer. “El equipo consta de alrededor de 70 arquitectos de Argentina, Brasil, Venezuela, de China y de toda Europa”, detalla sobre esa diversidad que lo enorgullece.
Creo que la marca Laplace es lo ecléctico, lo funcional y, antes que nada, lo que habla del contexto y de la persona. Tal vez por eso nos han llamado ‘los arquitectos del silencio’: no me gusta dejar una impronta muy fuerte en el espacio de otro.”
— Arq. Luis Laplace“Al estudio vienen clientes que alguna vez contrataron a arquitectos estrella, pero que no volverían a trabajar con ellos. Nuestra generación tuvo que ser mucho más flexible y humilde. Tuvimos que entender que la señora que se hizo una casa en la playa no quería un espacio impoluto, sabía que sus chicos iban a traer arena y que la idea no era estar luchando por una foto perfecta. En ese sentido, no estoy diciendo nada nuevo si digo que Buenos Aires fue mi mejor escuela: mis profesores eran muy del racionalismo, eran arquitectos que nos orientaban a la funcionalidad”.
Pasión coleccionista
Un aspecto impresionante de la vida de Luis y Christophe (que luego trasladan naturalmente a sus casas y sus obras) es su pasión por los objetos bellos y únicos, sean obras firmados o hallazgos de mercados de pulgas, a los que les dedican un tiempo precioso dentro de su agenda. Durante nuestra última conversación, una ínfima pausa (que tranquilamente podríamos haber interpretado como una falla en la comunicación) nos reveló que, en realidad, Luis no había podido evitar mirar la pantalla de Christophe, que durante el desayuno en Miami estaba cerrando una compra en Sotheby’s. “Él es bastante más arriesgado que yo y a veces me pone nervioso”, dijo riendo. Más tarde, hablando de la procedencia de unas sillas, Laplace dijo que las obtuvo superando en la puja al Museo de Orsay, con quienes tiene una relación asidua, pero que por supuesto se las hubiera cedido de ser necesario para completar una colección. El rango de sus contactos es impactante.

¿Cuánto tiempo le dedicás a esa investigación?
Un montón, un montón. Pero lo hago divirtiéndome. Con los años, encontré un sistema que me permite hacerlo, porque finalmente es una actividad muy importante, no es tiempo perdido. Admito que nuestros trabajos no son eficientes porque no nos repetimos, pero es un modo de ejercer la profesión que nutre muchísimo: recopilás información y establecés relaciones que hacen posible infinidad de intercambios posteriores.
¿Vas comprando muchas cosas siguiendo esa dinámica?
Siempre me llevo un montón de cosas de dondequiera que vaya y tenemos nuestro propio archivo. Trabajo cotidianamente con coleccionistas, y en algún momento me di cuenta de que yo también lo era. De chico, coleccionaba como un chico. Ahora colecciono cerámica, vidrios, sillas de mercado de pulgas con mucha gracia y, últimamente, herramientas de oficios antiguos, como los yunques, que parecen esculturas.
“A mí me gustaría aportar algo a mi país. Curar una muestra, promover la imagen del diseño argentino, colaborar con nuestra cultura. No es que restauraría un museo por la plata, porque sé que plata no hay, sino por hacer algo por el lugar de donde soy y donde me formé”.
Un lugar de encuentro fabuloso y singular
Desde no hace mucho, el estudio Laplace cuenta con una nueva sede en un edificio del siglo XVIII de la histórica Rue du Bac, en la rive gauche parisina. Está dedicada a un tipo de actividad muy especial. “Por cuestiones de trabajo, es muy frecuente que recibamos a artistas, representantes de museos, coleccionistas, curadores y periodistas especializados, entonces, decidimos crear un lugar inspirador y cálido para tener tanto reuniones íntimas como eventos más numerosos. El último que organizamos fue para el artista norteamericano Paul McCarthy”, nos explica Luis sobre el objetivo detrás de la restauración de estos magníficos pisos.
“Podemos alojar una reunión entre un curador y un artista, a un cliente que quiere ver las obras en un espacio más discreto o un cóctel tras una apertura, porque también hacemos un montón de fiestas divertidas”, aclara. “Por lo general, les cedemos este lugar a artistas amigos para hacer exhibiciones en un ámbito residencial, algo que cambia totalmente la percepción de la obra”, detalla Laplace. “Es exactamente lo opuesto de los años 90, cuando todo el mundo era muy radical: querían ver los cuadros en un espacio blanco con luces de neón. Hoy, cada vez más, las galerías jerarquizan la intimidad, y es algo que no se limita al arte. Por ejemplo, nos acaban de llamar de la Universidad de Stanford para renovar las salas de profesores y académicos, de modo que puedan reunirse en un entorno acogedor que invite al intercambio y la conversación”.
“Cuando llegamos, todo estaba en muy malas condiciones y prácticamente vacío: solo quedaba la cáscara de época. Hace siglos, los Rothschild compraron la boiserie íntegra cuando la casa se dividió, y más tarde la donaron al Museo de Israel, donde forma parte de un salón que recrea con exactitud la gran arquitectura francesa del siglo XVIII”, nos pone en autos Luis Laplace.
“Como regla general, si un edificio con carácter fuerte tiene algo para rescatar, siempre lo rescato; pero este fue uno de los pocos casos que, en París, no había nada, pero nada que rescatar. Entonces, para celebrar un poco el siglo XVIII, compramos pisos de la época que colocamos tras restaurar. Las ventanas son nuevas, pero respetan las formas antiguas; lo mismo pasó con sus herrajes. Lo demás es muy contemporáneo”.
“A medida que avanzamos, el espacio se hace más íntimo. Respondí a su forma y lo transformamos en un bar, que –con las luces bajas– es mucho menos James Bond. Evidentemente, se usa más de noche. Suelo hacer bares en casas, es algo muy lúdico”, comparte Laplace. “Los paneles que se ven abajo surgieron de un experimento que no funcionó en otra obra y, como nunca tiro nada, lo probé acá. Son discos traslúcidos de resina sobre paneles de metal pulido. Tengo la ventaja enorme de trabajar en París, donde hay artesanos y restauradores maravillosos”.

“Me interesa que los muebles sean amenos y nunca comprometer la funcionalidad por el look. Siempre busco hacer algo cómodo; si no, fallé como diseñador”.

“En el comedor, diseñamos la lámpara de vidrio color caramelo para oponerla a la mesa de mármol verde, un color que no suele favorecer, porque su reflejo nos empalidece. Y el ámbar da una calidez que la mesa sola no podía lograr”, comparte Laplace. “Y para hacer los rincones de la cocina que se ven más abajo, me inspiré en las naturalezas muertas que apelan al reflejo de los vidrios. Me divertía hacer una cosa así, poner la naturaleza muerta detrás y por delante el grupo de recipientes de cristal.
Estudio compartido
Como nos contó Luis al principio de la charla, una de sus aficiones históricas es la cerámica: hacerla, rastrearla, coleccionarla, incluirla en sus proyectos. “Cuando era muy joven, en Argentina, estudié cerámica, pero nunca más tuve tiempo de hacerlo, así que la idea fue retomar esa actividad en este pequeño taller. Lo que no cambió es que el tiempo sigue siendo un bien escaso para mí, entonces, acá tomo clases de dibujo con un profesor de Bellas Artes los domingos a la tarde. Y como me parece horrible la noción de tener clases para mí solo, invito a todo el equipo de nuestro Estudio, y que venga quien quiera; lo único que hago es una lista hasta cubrir el cupo de ocho personas, que invariablemente se completa”. Programón.

“Otro uso que le damos a este taller es invitar a ceramistas a trabajar, solos o con nosotros, o para hacer distintos tipos de colaboraciones. Por ejemplo, les propongo un diseño para que realicen con la técnica específica de cada uno, haciendo uso del horno y de todo lo que está disponible”.
Sigue intacto ese niño movedizo, ¿no?
Sí. Cuando a veces alguien me dice que le encanta tal proyecto mío como para que lo reproduzca en su casa, les digo: “No me pidas lo mismo, porque ya pasó”.

















