En pleno corazón del barrio de Monserrat, ofrece ropa de campo de calidad artesanal, está en manos de los herederos de los fundadores y resiste todas las modas.
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La marca nació, en realidad, en Barracas, cuando los franceses Louis Pot, Juan Maynard y Juan Fevre abrieron un negocio de confección y venta de ropa de trabajo, campo y sastrería, en 1888. El nombre del emprendimiento se les ocurrió, según cuenta la leyenda, en honor a un pantalón de tiro alto con tiradores y grandes bolsillos para las herramientas que llamaban “carpintero”: aux charpentiers significa “a los carpinteros”, en francés.

En 1910 se mudaron al edificio en el que todavía funciona, esa esquina de México y Santiago del Estero (CABA) que atienden, hasta el día de hoy, los herederos de los fundadores, Carmen e Ignacio Robiglio, madre e hijo respectivamente. Como testigos de esa segunda fundación están los certificados de permisos que cuelgan de las paredes y datan de octubre de ese año.
El edificio data de fines del siglo XIX y fue la residencia de un embajador antes de que en 1910 fuera una tienda que se conserva tal y como era entonces, con mostradores y estanterías de madera, una antigua caja registradora, catálogos que hoy son una curiosidad, un vestidor que parece un departamento por su amplitud y pisos originales también.

Los Robiglio se hacen cargo de la tienda
La familia Robiglio se sumó mucho después, cuando en 1920 Alfonso Ianata, sastre de profesión, llegó de su Génova natal y se asoció a los tres franceses. Con el paso de los años, Pot, Maynard y Fevre dejaron el negocio y Alfonso Ianata lo continuó junto a su hijo y su yerno, Juan Robiglio. Poco a poco, los franceses fueron apartándose, años después también su suegro también dejó de trabajar y Juan Robiglio quedó a cargo de Aux Charpentiers.

El negocio se heredó de generación en generación: abuelo, yerno, nieta, bisnieto. Hace algunos años, en 2018, Ignacio Robiglio, hijo de Carmen y Enrique que también trabaja en la tienda, tomó la posta. Ignacio es administrador de empresas y trabajaba en un banco, pero decidió cambiar su rumbo y hacerse cargo del negocio familiar.
La historia tiene algunos baches, porque se repitió de boca a boca, pero Carmen Robiglio se encarga de mantener vivo el espíritu del negocio. Trabaja ininterrumpidamente desde 1995, aunque ya mucho antes iba a ayudar a su padre y asegura que “desde entonces no se cambió nada. Casi todo es original de la fundación del local. En algún momento debió cambiarse el piso de la entrada, que era de madera y ahora es de granito. Pero la parte de atrás todavía tiene piso original. Los cambios son muy pocos porque mi papá no era de la idea de renovar y ahora nosotros no queremos. Mucha gente que viene se emociona, no puede creer ver algo de su infancia”. Entrar a Aux Charpentiers es como transportarse a otro siglo.

Bombachas para todo el mundo
En su fundación, el negocio tenía sastrería, ropa de trabajo y de campo. La sastrería fue desapareciendo porque ya no se usan trajes a medida. La ropa de trabajo también, porque era muy específica y había camisas para relojeros, mamelucos para zapateros o electricistas. Todos tenían su ropa distintiva y con los años, eso también desapareció hasta que la camisa y pantalón ombú fueron para todo el mundo. Decidieron entonces enfocarse al campo y hoy confeccionan bombachas de varias telas distintas, desde gabardina hasta lino, lanas y cachemires.


En pandemia cerraron durante un mes y medio y después empezaron a vender por redes, haciendo los envíos. “Muchos de nuestros clientes se fueron al campo a pasar la pandemia y dejaron la ropa de oficina para consumir ropa de campo”, relata Ignacio.
Tal como sucedió con la administración de Aux Charpentiers, los clientes también heredaron la costumbre de comprar allí. “La misma interna se repite: compraban los abuelos, los padres, los nietos. Muchos vienen y recuerdan que se hicieron el primer traje cuando eran chiquitos. Hay hasta cuartas y quintas generaciones”, asegura Ignacio.

Varias fueron las producciones que quisieron utilizar la tienda como set para películas y Carmen recuerda una canadiense que se llamaba Las manos. “Alquilamos la locación por única vez porque tuvimos que cambiar todo de lugar, se llenó de gente, de cables, de cámaras. Como experiencia estuvo bien, pero no para repetir. Y confeccionamos el vestuario de varias películas de María Luisa Bemberg. Me acuerdo de Miss Mary, por ejemplo. Y vienen de productoras de televisión a buscar ropa de época”, cuenta Carmen.
Una moldería de 100 años
En Aux Charpentiers cortan cada prenda y luego la mandan a confeccionar a varios talleres de confianza. Los moldes se heredaron junto con la tienda. “La moldería es la misma que utilizaban cuando se fundó la tienda. Es nuestro distintivo, y lo mantenemos porque es lo que nos diferencia del resto. Es una tradición. No hacemos moda. Las camisas son las mismas de hace 80 años y los clientes buscan específicamente esa camisa y no otra. Por ahí se modifica el tiro o el cuello, pero se mantienen los modelos. El trabajo es muy artesanal y nosotros mismos lavamos muchas de las telas”, dice Carmen.

“Las bombachas de campo, por sus características, son nuestro producto estrella. No son fáciles de hacer, han querido copiarlas, pero no lo lograron. Una vez vino un señor a comprar una bombacha y me dijo: ‘te aviso que la voy a desarmar y a copiar el molde’. Yo era jovencita y me quedé estupefacta, y mi papá le respondió: ‘está bien, va a poder hacer la misma bombacha, lo que no va a poder es copiar los cien años’. La gente lo valora. Más allá de la prenda en sí, es la historia que tiene y eso es difícil de igualar”, asegura Carmen. Ignacio agrega: “la historia pesa un montón y hace que nos conozcan en todo el país. Incluso viene gente de Europa y cuando vuelven a su lugar de origen les cuentan a sus amigos y vecinos de este negocio. La historia es un plus”.
Muchos famosos pasaron por este local, entre ellos, Sandra Mihanovich, Celeste Carballo, Antonio Gasalla, Camila Perisé, Julio Boca y Luisina Brando. “Una vez vino China Zorrilla con un matrimonio francés y ni bien entró dijo: ‘cómo me perdí de conocer este lugar y tuvieron que traerme ellos’. Estaba emocionada”, rememora Carmen, que fue testigo de ese momento.

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