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Llueve. La fina y persistente llovizna envuelve el bosque de Ganina Yama como lo hacen los cantos de los monjes ortodoxos que se filtran desde una sencilla capilla de troncos. Estamos lejos de Moscú y cerca de Ekaterinburgo, en el corazón de los Urales, y la espesura de este bosque de pinos, alerces y abedules es la que durante 70 años cubrió con un manto de piedad al último zar ruso, Nicolás II Romanov, y a su familia.




