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Cueva de las Manos
Revista Lugares

El tesoro arqueológico de la Patagonia y los exploradores que revelaron sus secretos

Como un museo a cielo abierto, la Cueva de las Manos es uno de los tres sitios de arte rupestre más importantes del mundo, con pinturas conservadas de hasta 9.300 años

Como un museo a cielo abierto, la Cueva de las Manos es uno de los tres sitios de arte rupestre más importantes del mundo, con pinturas conservadas de hasta 9.300 años

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Lo primero es la estepa. Eterna, infinita. Una planicie y sus relieves, los coirones amarillentos vistiendo el suelo. El ripio. La ruta 40. La antesala de lo inesperado.

Unos 47 kilómetros al este de Bajo Caracoles, el río Pinturas parte al medio la tierra y crea un paisaje demoledor: un cañadón de colores perfectamente alineados, apenas poblado de algunos sauces. Bello, intenso, profundo. Los farallones de roca rojiza se elevan hasta los 170 metros. Y ahí, debajo de uno de esos paredones, está la cueva.

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Los tehuelches tenían un nombre para este lugar. Lo llamaban Kolon Niyeu: tierra de colores. Una descripción que, vista desde arriba, resulta exacta. Las ignimbritas rojizas, el verde de las vertientes, el amarillo estepario, el gris de las mesetas basálticas. Un paisaje formado hace 150 millones de años, durante el Jurásico, por flujos volcánicos de alta temperatura.

El guía que nos recibe en la entrada del Parque Provincial Cueva de las Manos, Franco, invita a tratar de imaginarnos como parte de esa tribu que habitó estas tierras. Cómo pensaban, cuáles eran sus necesidades, cómo se expresaban. Lo que hay frente a los ojos es el testimonio del paso de un homo sapiens no muy diferente al de hoy, que tenía que resolver su vida con lo que había: guanacos, pumas, piches, cóndores, zorros, lagartijas, choiques. Y aun así, las pinturas no dejan ninguna duda: a pesar del viento, del frío, de la falta de recursos, en este inhóspito rincón del noroeste de Santa Cruz, los pre-tehuelches (pueblos que no conocían la escritura y por ende no tienen un nombre) vivieron durante más de seis mil años.

“Nosotros hablamos de paisaje cultural para describir esto que tenemos enfrente”. La frase del guía es técnica (el Área Río Pinturas fue declarada el primer Paisaje Cultural Nacional de la Argentina en 2019), pero en el contexto del cañadón adquiere otro peso. Porque lo que esa categoría intenta capturar es justamente esto: que el valor no está solo en las pinturas, ni solo en el paisaje, sino en la relación entre los dos. Que esos cazadores no eligieron cualquier pared, sino esa pared, en ese cañadón, frente al mismo río donde cazaban. Y que los guanacos que pintaron en ocre hace nueve milenios todavía bajan a beber a ese río.

Hay algo que distingue a la Cueva de las Manos de casi cualquier otro sitio de arte rupestre en el mundo, y que, sin embargo, rara vez aparece como argumento central cuando se habla de ella.

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En Lascaux, la cueva francesa con pinturas de 17.000 años, la última visita pública ocurrió en 1963. Doce años después de su descubrimiento, la respiración humana había comenzado a destruir lo que sobrevivió a la prehistoria. Hoy los turistas visitan una réplica. Lo mismo ocurre en Altamira, en España: réplica. Acá no. Acá uno camina por la pasarela de madera con un casco blanco en la cabeza y se para frente a la pared original. La misma donde alguien apoyó su mano izquierda, sopló pigmento por un hueso hueco y dejó su silueta hace 9.300 años.

La cueva que da nombre al sitio está a 88 metros de altura sobre el cauce del Pinturas, en un paredón de ignimbrita. Tiene 20 metros de profundidad, 15 de ancho y 10 de alto. Dentro y alrededor se encontraron fogones, puntas de flecha, raspadores, cuchillos de piedra, huesos de guanaco, zorro, puma. La evidencia de una vida cotidiana que sucedió ahí, con una regularidad que los arqueólogos pueden medir: el sitio fue ocupado, abandonado y vuelto a ocupar durante miles de años.

Cueva de las Manos es el nodo más conocido de un sistema arqueológico que comprende más de 70 sitios documentados en la cuenca del río Pinturas, conectados entre sí por los mismos corredores naturales —cauces, farallones, cañadones— que usaban los cazadores en su nomadismo estacional. El complejo incluye el Alero Charcamata, la Cueva Grande del Arroyo Feo, el Alero Cárdenas y decenas de sitios más pequeños distribuidos por las planicies altas. Un territorio que los arqueólogos leen como un mapa repleto de campamentos de caza, sitios de procesamiento, lugares de reunión, sitios funerarios. La infraestructura cotidiana de una tribu que habitó estas tierras y que quiso dejar su testimonio en las rocas que servían de refugio.

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El hombre que descifró el cañadón

En 1964, un topógrafo de 46 años llamado Carlos J. Gradin llegó al cañadón de Pinturas y no se fue nunca. O no del todo.

Gradin –nacido en 1918, fallecido en 2002– no era arqueólogo de formación. Pero había pasado años midiendo campos en la Patagonia, sacando fotos, encontrando sitios con material arqueológico, y esa acumulación silenciosa lo fue convirtiendo en otra cosa. Empezó a escribir artículos, primero en la prensa, después en revistas científicas. Se acercó a los investigadores. Terminó trabajando como arqueólogo técnico y luego en el Conicet. La Cueva de las Manos fue, desde el principio, el lugar donde construyó ese lugar propio.

Su hijo, Carlos, recuerda la casa familiar como una especie de reunión arqueológica sin solución de continuidad. “Prácticamente era una reunión medio permanente de temas arqueológicos entre ellos y también con los colegas, amigos que siempre andaban por casa”, cuenta. “Siempre estaban las diapositivas proyectándose para preparar alguna charla. No es que mi padre me haya contado acerca de la cueva: la cueva estuvo ahí siempre dando vueltas”.

Gradin no estaba solo. Desde 1973, el trabajo en el Pinturas fue un esfuerzo conjunto con el arqueólogo Carlos Aschero y la arqueóloga Ana Aguerre, con financiamiento del Conicet. Los tres excavaron, relevaron, publicaron. Los tres construyeron la cronología y la clasificación estilística que hoy permiten leer ese palimpsesto de piedra. Sin ese trío de entusiastas, la Cueva de las Manos hubiera seguido siendo un sitio hermoso sin contexto.

Pero Gradin tenía además algo que ningún libro de arqueología enseña: la capacidad de dialogar con el territorio a través de quienes lo conocían de verdad. “Mi viejo nos quería presentar especialmente a Cárdenas, el baqueano con el que recorrió muchísimos lugares”, recuerda su hijo. “Era un hombre de campo, acampaba y salía a recorrer a caballo muchos sitios. Siempre hablaba mi viejo de Cárdenas”. José del Carmen Cárdenas aparece hoy en el museo de Perito Moreno. Y fue otro baqueano, Alfonso Barría, quien llevó a Gradin por primera vez a ver las pinturas. Estos hombres de campo —que conocían el territorio como nadie— fueron tan parte del descubrimiento como cualquier expedición científica.

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En 1972, unos baqueanos llevaron a Gradin a otro sitio, en el cañón del arroyo Charcamata, afluente del Pinturas. Lo que encontró lo dejó sin palabras: un abrigo rocoso de 81 metros de largo, 24 de alto, 45 de profundidad. Pinturas de 8.700 años de antigüedad desplegadas en 60 metros de pared. Una escena de caza de puma —rarísima a nivel mundial— y dos guanacas en pleno parto, mirando hacia atrás a sus crías, tal como ocurre en la vida real. El Alero Charcamata sería declarado Monumento Histórico Nacional recién en 2019. Gradin no lo vería.

Cuando murió, en 2002, sus cenizas fueron esparcidas en el cañadón del río Pinturas. Su hijo volvió para ese viaje. “Fue breve”, recuerda. Diecisiete años más tarde, en 2019, volvió de nuevo para la inauguración del Museo de Arqueología de Perito Moreno —que lleva el nombre de su padre— y aprovechó para conocer Charcamata por primera vez. “Estuvo muy bueno. Fuimos con un sobrino de mi viejo”, recuerda. Ese movimiento de retorno —volver al lugar del padre, agregar una nueva capa de presencia— tiene algo de los cazadores que durante miles de años pintaron sobre las pinturas de sus antepasados sin borrarlas.

Un archivo de piedra de nueve milenios

En 1973, un joven recién recibido en Ciencias Antropológicas llegó al Pinturas como parte del equipo de Gradin. Se llamaba Carlos Aschero, tenía 27 años, y fue hasta la Patagonia para hacer algo concreto: excavar el piso de la cueva para entender en qué momento habían sido pintadas las escenas más antiguas. Lo que recuerda de ese primer contacto con las pinturas es haber quedado “impactado por la belleza y conservación”. Una descripción escueta, casi seca, pero precisa.

Lo que encontraron en esa excavación confirmó lo que Gradin sospechaba: en la capa arqueológica de la primera ocupación del sitio, datada en 9.300 años, había abundante pigmento ocre, el mismo material de las primeras manos. Eso fijaba la cronología de los orígenes. Y esa excavación también reveló algo sobre la tecnología de los pintores: calentando el ocre a distintas temperaturas obtenían rojo, violeta y negro. Con eso tenían toda la gama de colores utilizados, con excepción del blanco, que lograban con un compuesto de hueso molido. Era un procedimiento conocido, transmitido, perfeccionado a lo largo de generaciones.

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Aschero volvió muchas veces. En 2010 retomó las excavaciones junto a Ana Aguerre y encontró algo que cambió la lectura del sitio. No solo había más estilos de pintura superpuestos de los que Gradin había identificado. Había un patrón: las nuevas generaciones de pintores no borraban lo anterior. Pintaban encima, sin tapar, sin obliterar. Agregaban una capa al archivo. Aschero identifica en este fenómeno la función de un archivo de memoria colectiva, aunque él mismo distingue esa función de algo distinto y más difícil de descifrar: la significación y el uso ritual específico de cada estilo, que varían entre grupos y a lo largo del tiempo. Eso, reconoce, es lo que más falta entender.

Las manos, los cazadores y los enigmas

Pararse frente a las pinturas y entender lo que se está viendo requiere un momento de ajuste.

Lo primero que impacta es la cantidad. Cientos de manos (más de 800) en negativo distribuidas por los distintos sectores del sitio. La mayoría son manos izquierdas —el pintor apoyaba la mano en la pared y con la derecha sostenía el tubo por donde soplaba el pigmento— de adultos de ambos sexos.

Las manos en ocre son las más antiguas. Las rojas son más recientes. Las blancas, más recientes aún. Los distintos tonos son parte de la cronología. Un arqueólogo que sabe leer esa pared puede decir, con razonable precisión, en qué milenio fue pintada cada mano.

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Pero las manos son solo el motivo más célebre. En la pared del Paredón de las Escenas hay algo más complejo: 59 cazadores usando boleadoras persiguen 17 guanacos en una composición de doce metros de longitud pintada en ocre, negro y rojo. La escena registra el giro completo de la boleadora en vuelo. Un instante congelado con una precisión que habla de alguien que conocía ese movimiento mejor que nadie: alguien que lo hacía todos los días para comer.

Hay también guanacos sin cabeza. Su significado es una de las preguntas que Aschero reconoce sin respuesta definitiva. Una hipótesis que maneja es que podrían registrar la composición por edad y sexo del grupo cazado: información útil para los cazadores que llegaran después. Pero es una posibilidad, no una certeza. El enigma persiste.

El pigmento que usaron no era arbitrario. Cerca del sitio se encontró una paleta hecha con una escápula de huemul, todavía teñida de rojo. Para aplicarlo usaban pinceles de pelo de guanaco, los dedos y un tubo corto —probablemente un hueso hueco por el que soplaban el pigmento sobre la palma apoyada en la roca. El análisis por difracción de rayos X reveló que añadían yeso a la mezcla para mejorar la adherencia.

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Un patrimonio frágil

La Unesco declaró a la Cueva de las Manos Patrimonio de la Humanidad en 1999. La iniciativa había surgido en 1995 desde el programa de Documentación y Preservación del Arte Rupestre Argentino del INAPL, el Instituto Nacional de Antropología. El equipo que trabajó en la propuesta incluyó a la arqueóloga Mercedes Podestá, junto a Diana Rolandi, María Onetto y Ana Aguerre, con Gradin como asesor científico. En 1997 elevaron la propuesta a la Lista del Patrimonio Mundial. En junio de 1998 presentaron el expediente ante la Unesco. En diciembre de 1999, la declaratoria fue formalizada en una reunión del Comité en Marruecos.

Veinticinco años después, Podestá hace un balance con honestidad: “Gracias a la incorporación a la lista Unesco, el equipo del Inapl recibió subsidios para mejorar la infraestructura del lugar: museo de sitio, lugar de acogida, pasarela. Pero un tema pendiente y muy importante es enfocar las próximas tareas al tema de la degradación de la zona arqueológica y su entorno”. Y agrega algo más: “Es imperativo completar la documentación del arte rupestre y publicarla, ya que nuevas técnicas digitales hoy permitirían obtener una documentación mucho más precisa que la realizada anteriormente por Gradin y Aschero”. El archivo más antiguo del sur del continente todavía no está completamente registrado con las herramientas del siglo XXI.

Los números dan contexto a la urgencia. Al sitio llegan entre 10.000 y 15.000 turistas por temporada. El tránsito de visitantes por el sendero pulveriza el suelo y genera un material fino que, en un ambiente de fuertes vientos como el del cañadón, se deposita sobre las pinturas y afecta su conservación. El equipo del Inapl construyó un mapa de riesgo ambiental del sitio que permite monitorear la degradación del entorno mediante un código de colores actualizado en cada visita. Es la herramienta de gestión más concreta que existe hoy. Funciona, pero requiere presencia constante y presupuesto que en la Argentina, como en casi todo lo que involucra cultura y ciencia, suele ser incierto.

Hay una paradoja que Podestá señala con claridad: a pesar de todo el esfuerzo institucional, el reconocimiento internacional y la belleza objetiva del lugar, la Cueva de las Manos sigue siendo un secreto para la mayoría de los argentinos. “Pocos conocen el lugar o sienten la necesidad de hacerlo sin percatarse de que es un exponente excepcional de nuestro pasado”, dice. Un Patrimonio de la Humanidad que la propia humanidad cercana todavía no terminó de descubrir.

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El hijo de Gradin lo dice sin dramatismo, con la calma de alguien que creció escuchando hablar de estas cosas: “Creo que con el trabajo que hicieron en la cueva se lograron muchísimas cosas, y se logró la declaración de Patrimonio Mundial. Pero siempre se puede mejorar”.

Más allá de la cueva

La cuenca del Pinturas tiene más sitios que la cueva principal, y su situación es despareja. El Alero Charcamata es, sin duda, el segundo sitio más importante de la zona. Lo que falta es la voluntad política de avanzar en su visibilización.

Sin embargo, hay señales de que algo está cambiando. Desde 2020, la Cueva de las Manos y el cañadón del río Pinturas forman parte de los circuitos del Parque Patagonia, una iniciativa impulsada por Rewilding Argentina que articuló con comunidades locales y organismos públicos para crear un corredor de conservación y turismo en la región. El parque incluye senderos, refugios, un centro de interpretación y un planetario. Uno de esos senderos se llama Huella de Gradin: doce kilómetros que recorren el cañadón del Pinturas y llegan hasta la Cueva. El territorio que un hombre estudió durante treinta años hoy tiene una ruta con su nombre.

El rewilding que da nombre a la fundación —la restauración activa de fauna y ecosistemas degradados— ocurre en el mismo territorio donde los cazadores pretehuelches pintaban guanacos, los mismos guanacos que vuelven a moverse con libertad por el cañadón.

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Charcamata también encontró su camino hacia el visitante. A través de la operadora local Zoyen Turismo, es posible llegar al alero en una excursión de día entero que parte desde el Portal Cañadón Pinturas del Parque Patagonia: casi una hora en 4x4, vadeo del río Pinturas y una hermosa caminata por el cañadón del arroyo Charcamata hasta que las paredes se abren y el alero aparece.

La huella que sigue viva

Los tehuelches que tomaron contacto con los primeros europeos en el siglo XVI pintaban sus quillangos —los mantos de piel cosidos que usaban— con composiciones geométricas: triángulos opuestos por el vértice, círculos concéntricos, zigzags rojos. El mismo vocabulario visual que aparece en las capas más recientes de la Cueva de las Manos. Es una línea que conecta a los cazadores del Pinturas con los pretehuelches históricos, y esa línea puede rastrearse en la pared.

El registro de la Cueva de las Manos termina dos siglos antes de la llegada de Cristóbal Colón a América. Después, el silencio. Lo que siguió no dejó pinturas.

Hoy el sitio recibe visitas guiadas con cupos controlados. Hay barandas que separan la pasarela de las paredes pintadas. No se permiten fotos con flash. Por razones de preservación, la visita guiada no incluye el ingreso al interior de la cueva. Son medidas razonables cuando se entiende que el principal enemigo de estas pinturas es el turismo irresponsable. Lo que resistió nueve milenios es frágil frente a un aerosol o una mano sin conciencia que, antes de que este lugar se protegiera, llegó a dejar sus huellas visibles con el registro de nombres y fechas.

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Hay un momento en el recorrido, parado frente a la pared donde las manos se acumulan en docenas de colores y tamaños distintos, en que el concepto de paisaje cultural deja de ser una categoría administrativa y se convierte en una experiencia física.

Ahí es donde la presencia de Gradin, invocado una y otra vez por el guía y referenciado en todo lo relacionado con la Cueva, se vuelve inmanente. Aschero, su fiel ladero, habla de que su trascendencia está vinculada a su practicidad para resolver los problemas del estudio y de la vida concreta y, sobre todo, a su relación con la gente del campo. El aprendizaje desde ellos, “preguntando y preguntando”. Una acción que pinta de cuerpo entero a un hombre que nunca consideró que el conocimiento fluyera en una sola dirección.

El hijo de Gradin lo resume sin buscarlo, hablando de algo completamente distinto: de la bolsa de dormir de los campamentos de infancia que luego su padre usó en las expediciones y terminó expuesta en el museo de Perito Moreno. “Causó bastante gracia”, dice. Pero en ese detalle —un objeto doméstico convertido en patrimonio, una vida privada que terminó siendo historia pública— está toda la dimensión humana de lo que ocurrió en este cañadón durante 60 años de arqueología argentina.

No hay nada interpuesto entre la historia y quien la mira. Hay una pared de roca en un cañadón patagónico, y sobre ella, miles de símbolos que alguna vez quisieron decir algo que todavía no terminamos de entender. Y hay tres arqueólogos —Gradin, Aschero, Aguerre— que pasaron décadas tratando de escuchar. Uno de ellos eligió quedarse para siempre en este precioso cañadón.

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