
La casa es el corazón de Guido. No solo porque desde 1969 la legendaria zapatería funciona en una de las residencias más emblemáticas que sobreviven en Recoleta, sino porque los ambientes de la maison condensan la historia de una marca que hizo del tiempo y del trabajo artesanal su sello de identidad.
También la casa, como símbolo de una trama de familias: la del linaje fundador, que ya incorporó a una tercera generación; la de los artesanos que transmiten el oficio de padres a hijos; y la de los clientes que vuelven en busca de las mismas hormas que alguna vez calzaron sus abuelos. En Guido, la tradición se hereda y los apellidos se repiten entre dueños, empleados y compradores. Así sucede desde hace 74 años.
La experiencia de ingresar al petit hotel, en la Avenida Quintana 333, es ya un clásico que vienen a buscar tanto los turistas como los porteños que conocen su historia. La residencia conserva el aura de los palacetes que le dieron a Buenos Aires el título de la “París del Sur”. Sucumbir ante sus encantos implica viajar en el tiempo.
El ingreso actual, un ancho pasillo flanqueado por una sucesión de vitrinas laterales de carpintería curva donde se exponen calzados, guantes y pañuelos, fue a principios del siglo pasado el garaje de una aristocrática casa familiar.
Al cruzar el umbral, el visitante se sumerge en una atmósfera donde el aroma a cuero se mezcla con el de la madera encerada de la boiserie. Se aprecian detalles de estilo, como el portón de hierro forjado –que funcionó como acceso y hoy divide en dos el espacio central del local–, las enruladas escaleras con alfombras que conducen a la sección exclusiva de los “caballeros”, las molduras de las paredes con paneles repletos de bucólicas obras de arte originales, el cielorraso artesonado con vigas de madera, la chimenea en piedra tallada de líneas clásicas, coronada por un espejo que refleja la elegancia de las arañas con cristales.
Entre objetos que son ofrendas a la nostalgia destaca uno en especial, al final de la escalera: sobre un escudo de terciopelo granate, una pequeña mano de bronce —antiguo llamador— custodia dos carteles de tipografía sobria y antigua. Uno indica “saque número”; el otro advierte “no se aceptan cheques”.
Quien ascienda a la planta superior también podrá descubrir secretos bien guardados, ávidos de ser revelados: la escalera escondida tras un muro, que solamente era utilizada por el personal de servicio; el pequeñísimo cuarto repleto de mosaicos, con un altar de la Virgen de Luján, que fue un oratorio privado para el rezo cotidiano; el robusto montacargas antiguo, que sigue subiendo y bajando cajas de zapatos como alguna vez llevó al comedor los platos de los banquetes.
Aunque no hay certezas documentadas, se cree que la casa fue proyectada por el arquitecto Eduardo Lanús —conocido por haber trabajado en proyectos vinculados a la arquitectura académica francesa y por su relación profesional con obras de gran escala como el Palacio Errázuriz y el Palacio Bosch—. Se habría construido en 1915, plena época de expansión aristocrática de Recoleta. La zona de Quintana estaba entonces llena de pequeños hôtels particuliers de inspiración parisina.
Con basamento de piedra en planta baja, una fachada de simetría rigurosa deslumbra con sus ventanales de medio punto, los balcones de herrería artística y una mansarda que fue modificada con el tiempo.
El primer propietario de la residencia habría sido Antonio Maura y Gamazo, hijo del homónimo expresidente español quien fue fundador del Tortugas Country Club. Luego, dicen que perteneció a la familia de Jorge Newbery y, por último, antes de ser adquirida a mediados de los 60 para convertirse en zapatería, a los antecesores de Humberto Roviralta. Lo cierto es que su identidad, desde hace décadas, quedó ligada a la marca de mocasines que se consolidó como sinónimo de elegancia, calidad, tradición y producto made in Argentina: Guido.
Huellas de inmigrantes
La historia de Guido comenzó a escribirse en 1952 cuando un inmigrante piamontés, Luciano Bagnasco, que había llegado cinco años antes a Buenos Aires desde Serravalle Scrivia, decidió que su destino estaba escrito en una suela y emprendió el que sería un negocio exitoso. Su padre, Pablo, ya había trabajado como zapatero en Italia, pero se dedicaba a la compostura. El hijo se diferenció enfocándose en la confección. Y apostó al mocasín.
El nombre elegido para la marca refería a la calle Guido, donde nació el primer taller y funcionó también el comercio: justo en la intersección con Montevideo. Después, cuando se prohibió la fabricación en Capital, la tienda se mudó a la calle Rodríguez Peña, donde aún hoy funciona, y más tarde, en 1969, sumaron la Maison de Avenida Quintana.
Luciano buscó hacer buenos zapatos, pensados para durar. Y logró más de lo que se propuso. Guido se convirtió en sinónimo de mocasín de uso urbano tanto como de calzado colegial.
Heredero de una silueta que se consolidó en la década del 50, el diseño clásico del mocasín Guido sigue vigente; trasciende temporadas estacionales, modas y generaciones.
Está confeccionado artesanalmente en Argentina en cuero vacuno 100% curtido a la anilina plena flor, lleva costuras realizadas a mano con hilo encerado y una terminación precisa, donde cada detalle es trabajado con dedicación. La suela vegetal natural, el logo grabado a fuego y la hebilla lateral personalizada con el icónico isologo G son gestos sutiles que denotan una identidad perdurable.
Guido ha calzado a figuras como el corredor Juan Manuel Fangio, el escritor Jorge Luis Borges y el rey de España. Además, eran los mocasines favoritos del expresidente Néstor Kirchner.
En 2026 Guido proyecta una venta de 40.000 pares solamente de mocasines. Tienen presencia en toda la Argentina y también en el mercado internacional. En los años 90 llegaron a abrir más de 50 locales en Italia. Hoy, el 30% de lo que producen anualmente es para el exterior: Japón, Corea, Brasil, Estados Unidos y España, país que es el principal comprador.
La nueva camada
Desde 2015, una de las nietas del fundador, Agostina Bagnasco (33), se sumó a la firma familiar. Formada en Administración de Empresas y con experiencia previa tanto en el sector público como privado, fue pionera de la tercera generación al frente de Guido.
Reconoce que, al principio, no resultó fácil “ser mujer en un rubro que es bastante masculino y encima, ¡la nena de papá!”, eso no le impidió avanzar. “Pero yo iba como una tromba, sabía lo que quería y estaba segura”, cuenta. Además, el desafío profesional surgía naturalmente como una extensión de su historia personal: conocía de toda la vida cada rincón de la fábrica, donde pasaba los veranos junto a su padre, cada detalle de los zapatos y entendía perfectamente la identidad de la marca. Le era propia.
“Me encantaba estar entre los cueros, siempre me encantó ese olor. La parte de la fábrica es lo que me apasiona: ver cómo se hace, aprender, investigar, pensar cómo podemos mejorar esto. Me gustan los materiales, ensuciarme las manos en los cueros, las pomadas, las suelas”, reconoce.
Un año y medio después que ella, entró su hermano a la empresa y por último su hermana. La segunda generación de los Bagnasco sigue estando al frente: los hermanos Aldo y Máximo se reparten el liderazgo del área comercial y del área de fabricación respectivamente. De la tercera generación, están los hijos de quien preside la compañía, Máximo: Agostina en imagen de marca, Franco en tecnología y marketing, y Gina en el área de desarrollo de expansión nacional e internacional. “A nivel gerencial somos todos uno —afirma Agostina—. Yo siempre le digo a mi papá que lo admiro un montón porque no es fácil todo lo que hicieron. Hoy queremos ordenar y profesionalizar la empresa para que dure otros 75 años más”. Fueron formando equipo. “Guido en sí era más una empresa familiar donde se iban haciendo las cosas como se iban dando, y hoy en día apuntamos a la modernización, con incorporación de herramientas tecnológicas”.
Si bien reconocen que están usando inteligencia artificial para mejorar los procesos generales de comercialización, estrategia y planificación, aclaran que la producción sigue siendo 100% artesanal, analógica.
De mano en mano
El hecho a mano es uno de los sellos principales del producto Guido. El otro: hecho en la Argentina.
La fábrica principal está en Munro. Allí trabajan 30 artesanos especializados en distintos oficios, con saberes que son un legado —transmitido de generación en generación— que empieza a escasear.
El proceso comienza con Roberto “Manolo” Mirabelli, el cortador y el integrante más antiguo de esta gran familia. A sus 79 años, conserva intacta la pasión con la que empezó décadas atrás. Entre cueros y trinchetas, se resiste a dejar el oficio mientras enseña cada secreto de su trabajo a quien será su sucesor, pariente de un compañero de trabajo.
Bajo su mirada experta se cortan las piezas que luego otros artesanos ensamblan y cosen. Después llegan el montado sobre la horma, el humedecido del cuero y el proceso de secado que demanda varios días para que el material adopte la forma definitiva del zapato.
De principio a fin, los artesanos hacen todo el proceso de forma manual: unen las piezas, ubican en horma, colocan el copete y lo cosen —“A mano, con hilo y aguja, milimétricamente, para que cada puntada tenga la misma distancia”, precisa Agostina—; luego colocan la suela y el taco para realizar el acabado final, que puede ser una vincha, un pompón o una hebilla. Por último, el lustrado y el empaque.
Confeccionar un par de mocasines no lleva horas, sino varios días de trabajo artesanal.
Recién entonces Cristina Giménez, responsable del control de calidad, revisa cada mocasín, único en su versión, para asegurarse de que no exista el más mínimo detalle fuera de lugar.
Como explican sus hacedores: “Desde que empieza hasta que termina, hacer un par de zapatos puede llevar entre 10 y 12 días, porque el cuero se tiene que humedecer, secar y permanecer el tiempo necesario para que tome forma”.
El proceso se repite idénticamente, como un ritual sagrado, desde hace décadas. No tuvo ni tendrá cambios, porque es la esencia de la fabricación artesanal que identifica a Guido. “Hay ciertas dinámicas que se pueden llegar a automatizar en el área administrativa o de planificación, pero la producción del mocasín va a seguir siendo de la manera que es para generarle valor al producto —asegura Agostina—. Nuestro producto estrella es el mocasín artesanal, hecho en Argentina, y lo que la gente valora es justamente eso: poner en pausa la rapidez del mundo de hoy y la cantidad de opciones que hay. Con ese producto nos presentamos en el mundo, con esta historia y esta impronta artesanal. No necesitamos modernizar ese proceso. Para nosotros el tiempo es el lujo; tomarse el tiempo para hacer el producto es la esencia de la marca”, concluye Agostina.



















