Victoria Spirito y Gonzalo Gaviña recorrieron con su hija Juana la puna jujeña, desde Laguna de los Pozuelos a Cusi Cusi, y de ahí a Susques y San Antonio de los Cobres para llegar a La Poma por el Abra del Acay.
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La puna se hace sentir en el ritmo de la respiración y del cuerpo. Vicky, con su embarazo de seis meses no es la excepción. Sí lo es Juana que, con sus dos años, se mueve como pez en el agua. Hace días, y a bordo de una camioneta 4x4, iniciamos un viaje en familia. Iruya es el último pueblo que visitamos antes de ingresar a la Puna, aquella meseta de alta montaña tan despoblada como atractiva.

4pm. El viento sopla fuerte y el sol amenaza con rajar la tierra. A 3.484 msnm las decisiones son relevantes. Luego de cuatro horas de ruta a baja velocidad ingresamos a Abra Pampa. El pequeño pueblo jujeño se ubica sobre la ruta 9 y es el segundo en importancia en la Puna, detrás de La Quiaca. La geografía responde a una llanura desolada, ubicada al pie del cerro Huáncar. Bastante cansados y llenos de polvo, merodeamos por el centro, visitando la plaza central, el mercado principal, los juegos y su zona residencial. Como es la hora de la siesta, las calles están vacías. Tras el corto paseo vamos hacia el hotel. En la recepción el encargado, de edad mayor y piel curtida por el sol, nos da la bienvenida. Nos habla de la economía del lugar, basada en la ganadería caprina, los auquénidos (camélidos americanos) y ovinos. En cuanto a la oferta laboral, la mayoría de los abrapampeños son empleados públicos y comerciantes.

Después de una ducha, salimos a cenar al boliche recomendando junto a la estación de colectivos. El cocinero nos recibe con unas ricas empanadas de carne, pollo y jamón y queso. Nos cuenta sobre espíritus, brujas y otras leyendas de hechos sobrenaturales que acaparan nuestra atención.
Laguna de Pozuelos
Al día siguiente, el sol entra por la ventana anticipando al despertador. El objetivo del día: visitar el Monumento Natural Laguna de los Pozuelos para finalizar al oeste en el pueblo de Cusi Cusi. Al cargar la camioneta notamos que la ropa mojada que dejamos en la caja está congelada, fría prueba de la amplitud térmica del norte argentino, donde la temperatura puede variar del día a la noche de 20º a -20º. De vuelta en el hotel, mientras desayunamos, una pareja holandesa comparte sus aventuras en bici. Arrancaron en Perú y seguirán hasta la Patagonia.

La mañana es escurre entre compras y juegos de plaza. Como de costumbre, nos preparamos para salir a la ruta con bidones de agua, barritas de cereales, frutas y alimento enlatado para dos días. Como los caminos son muy desolados y rara vez hay señal de celular, hay que ir siempre preparado. Tras abandonar el asfalto, el ripio corta la amplia llanura tapizada de pastizales amarillos. Por la ventana observamos a las llamas que pastan en el campo, mientras algunas confianzudas se acercan a saludar. El serrucho acompaña y obliga a conducir con atención.
A medida que el sol gana altura en el cielo, el frío de la noche se despide en los últimos pedazos de hielo sobre los arroyos. Curiosos, buscamos la presencia humana en los pocos ranchos del camino. Tras una hora y 50 km damos con la Laguna de Pozuelos. Esta área natural protegida se ubica en el extenso altiplano a 3.600 msnm y cuenta con 16.224 hectáreas. Es hábitat de numerosas aves, especialmente flamencos. En 1990 fue incluida en la lista de humedales de importancia internacional como primera reserva de biosfera de Argentina. El guardaparque da la bienvenida e indica cómo llegar a la laguna. La camioneta avanza por la extensa planicie vigilada por un cordón montañoso que la protege de norte a sur. Aquí el agua no tiene salida al mar, las escasas lluvias o nevadas quedan atrapadas en las depresiones centrales del bolsón formando así lagunas exentas y poco profundas. Al llegar, bajamos denotando un suelo pedregoso, apenas cubierto por una vegetación achaparrada de arbustos y yaretas.

Decidimos almorzar a 500 metros de la laguna, dentro de la camioneta. El calor es agobiante y hay que recuperar fuerzas antes de lanzarnos a andar. La ensalada de choclo, arroz y atún es devorada en pocos instantes. Los 25 km de largo y 9 km de ancho son hogar para las tres variedades de flamencos: el Austral, la Parina Grande y la Chica. Sus colegas, las vicuñas y los patos maicero, barcino y puneño, los acompañan. Protegidos del sol, salimos a caminar serpenteando la laguna y esquivando los pequeños “tornados” que forma el viento.
Pero la verdadera aventura comienza cuando empezamos a pisar el terreno frágil alrededor de la laguna con crocs, dudando de la profundidad y consistencia del fondo. A paso lento, sobre el barro negro, perseguimos a los flamencos para fotografiarlos. El silencio es absoluto y expone cada paso. La posición del sol recuerda que debemos seguir adelante en el viaje. Con música de Xuxa avanzamos por la RN 70 acompañados de montañas y canteras mineras. Las camionetas de los empleados de las minas son la única compañía. Vicky y Juana se duermen, acunadas por el movimiento de la camioneta.

Cusi Cusi
A la altura de Liviara, la RP 70 conecta con la legendaria RN 40. La región es alucinante e inhóspita. El paisaje remite a la era jurásica por sus dimensiones, formaciones y colores. Trepamos hacia Cusi Cusi, las montañas logran tonos exóticos, las rocas alcanzan grotescas proporciones, los ríos se transforman en arenales y el camino en desierto. Llama la atención el brusco cambio de geografía en tan pocos kilómetros. Los tres sentimos estar en otro planeta o en tiempos de la creación. Los adultos tratamos de evitar pensamientos como “quién nos saca de acá si sucede ahora un imprevisto mecánico”. Mejor no pensar y seguir. Se repiten los stops para tomar aire y contemplar esta maravilla natural.

Con la tarde encima, y después de 90 km de ruta vislumbramos, a lo lejos, Cusi Cusi. Las paredes rojas dan la bienvenida. El pequeño pueblo, camuflado en el paisaje, yace a la vera de la ruta 40 y cuenta con no más de 500 habitantes. Al estacionar recibimos una cálida recepción. Nos alojamos en una casa de familia, y después de una ducha salimos a recorrer sus calles. En la plaza central, nos dicen, podemos llegar a encontrar señal de wifi.
El pueblo se dedica a la ganadería, la minería, la fabricación de artesanía y, recientemente, también a la producción de quínoa. Supo ser parte de la antigua ruta inca, Qhapag Ñan. A la noche y gracias a la falta de luz, las estrellas se muestran con fuerza en el cielo. Al poco tiempo caemos rendidos en la cena acompañados de 4 mesas viajeras, entre ellos uruguayos y argentinos de distintas provincias. No hay evidencia de embarazos ni menores. Todos nos miran con cara de “ustedes están locos”.
Valle de la Luna jujeño
A la mañana siguiente partimos hacia el Valle de la Luna, gran atractivo de Cusi Cusi. Las paredes rojas y blancas están moldeadas por el viento y crean exóticas formaciones. Difícil encontrar un registro de vida animal. A su vez, los 3.800 msnm se hacen sentir y obligan a acortar las caminatas. Al volver a la camioneta abrimos el mapa para detectar la próxima parada, el dedo apunta a Susques. El roadtrip debe continuar.

La RN 40 nos entretiene con su paisajes dramáticos y cambiantes. En el camino disfrutamos de nuevas formaciones rocosas que prestan a la imaginación y a jugar con la naturaleza. A mitad de camino y luego de 112 km tomamos un respiro en Coranzuli. Este simpático pueblo yace en un cañón rojizo junto al río Blanco. Es pequeño, ya que habitan menos de mil habitantes. Almorzamos y tomamos una breve siesta. A media tarde retomamos el itinerario y luego de atravesar montañas, desiertos y salares llegamos a Susques. Otro día de 179 km de ruta y armoniosa convivencia familiar.

La localidad es importante, tiene buenos hoteles y es parada obligada entre quienes cruzan a Chile por el paso de Jama. Es un pueblo con vida y su gente lo demuestra. En el hotel reconocemos caras del viaje que coinciden con nuestro rumbo.
Salinas Grandes
Al día siguiente y luego de desayunar subimos a la camioneta para recorrer 66 km hasta las Salinas Grandes. El extenso salar de 6.000 km2 recibe gran cantidad de turistas provenientes de Salta y Jujuy. Por eso, nosotros decidimos buscar un guía y adelantarnos. Facundo está contento de recibirnos y contarnos acerca de esta gema norteña. Con un tono tranquilo cuenta que hace 10 millones de años la placa tectónica continental chocó con la del Pacífico, dando vida a las montañas y formando una cuenca endorreica. Tras la erupción de los volcanes, el agua mineralizada, salada y las rocas derretidas bajaron como ríos quedando atrapadas en la cuenca. En el período cuaternario, se evaporaron esas aguas dando vida al actual accidente geográfico.

Nosotros jugamos con el paisaje y tomamos las fotos más divertidas del viaje. Luego de disfrutar de las salinas partimos hacia San Antonio de los Cobres. El ripio vuelve al centro de la escena y pegamos saltos por el serrucho del camino. Durante los próximos 103 km la aridez y la vaga vegetación son la compañía.
San Antonio de los Cobres
San Antonio de los Cobres es conocido por el famoso Tren a las Nubes y porque es la puerta de acceso a la Puna de Atacama. Sus 3.775 msnm quitan el aliento de los más valientes. En el pueblo visitamos el tren, su centro y dejamos ropa a lavar. La tarde pasa rápido y la noche se viene encima. El equipo está cansado y tras una cena fugaz aprovechamos para dormir temprano. Mañana es un día clave: vamos a intentar cruzar el Abra del Acay, hito de la RN 40 por la altura de 4985 msnm y la dificultad que implica su desolación.

7am. A primera hora avisamos a la policía sobre el plan de viaje. Con abrigo y las provisiones necesarias embarcamos a la aventura. El objetivo, llegar al mediodía a los Valles Calchaquíes. Para eso, se debe cruzar el paso más alto de ruta nacional de América y conducir por unas de las curvas y contracurvas más complejas de la Argentina. Mientras avanzamos, el ripio se torna áspero, la pendiente se nota obligando a ir firme en segunda marcha. En la altura, las vistas se tornan amplias y lo que eran grandes montañas ahora son pequeñas manchas de tierra. Los vientos intentan desestabilizar la nave. Sin embargo, logramos la cima. En eso, los tres permanecemos en silencio hasta que un grito de alegría rompe el ambiente.

“Lo logramos”, nos decimos. La felicidad es inmensa al igual que el paisaje. Estamos en lo más alto de la RN 40 y de las rutas nacionales de América. Tras los festejos, iniciamos el lento y cuidadoso descenso hacia La Poma.
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