
En esta recóndita bahía a la que sólo se accede en barco o caminando, sobresalen una abadía benedictina enclavada en un frondoso verde y un Cristo de bronce que mira al cielo, pero hundido en el Mediterráneo.
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Esta cala paradisíaca es un lugar único. La breve playa de arena y piedritas redondeadas se transita hipnotizado por la vista marítima y la tentación de meterse en el agua cristalina impregnada del reflejo verde del bosque que puebla el acantilado.
Por Hugo Mouján

