
No tiene letreros, ni se cobra entrada. Es una serie de salas que se ocultan detrás de un lavadero industrial y le rinden homenaje a la hija del fundador.
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Hay destinos que aparecen en los mapas, y otros que se descubren casi por casualidad. Es el caso de este museo tan singular, una joya escondida que le rinde homenaje a la historia de aquellas actividades domésticas, cotidianas y casi invisibles.
Por Cynthia Ijelman
