Enclavada en un microclima serrano que contrasta con la aridez de los Llanos Riojanos, una antigua casona rememora el paso del hombre más célebre de la provincia y abre la puerta para descansar y observar como nunca las aves andinas
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El sueño de volar, por un instante, se alcanza mirando: después de un largo rodeo para tomar las corrientes térmicas, una pareja de cóndores planea sobre el aire furioso que llega de las planicies hasta desaparecer en los filos de la quebrada. Desde ese delgado balcón en la Sierra de los Quinteros, los puntitos luminosos de las localidades de Patquia, Tama, Olta y Chamical, en La Rioja, parecen insignificantes. Como pequeñas postas, esas localidades envuelven la Reserva Natural Quebrada de los Cóndores, un tesoro local, y no sólo por las aves. Escondida en un vallecito más cordobés que riojano por el verde, la sierra y sus arroyos cristalinos, el lugar contrasta con la rojiza llanura por la que caudillos emblemáticos del siglo XIX cabalgaron en su lucha por una Argentina federal. Esa historia es también parte de la aventura.

De finca familiar a recibir turistas
Unos 180 kilómetros al sur de la ciudad de La Rioja, en el departamento Ángel Vicente “El Chacho” Peñaloza, una antigua casona dirigida por dos hermanos sorprende en un enclave único. “El mismo Chacho utilizaba estos senderos para movilizar tropas y controlar el ganado. Nosotros somos descendientes directos de aquellos primeros habitantes de los puestos serranos, por eso las leyendas siguen vivas”, cuenta Juan De la Vega, y señala con su mano: “Mi hermano Joyo y yo nacimos en ese mismo cuarto donde estás hospedado, cuando esta casa no tenía energía ni comodidades, pero siempre estaba de fiesta: música, carneos, primos y amigos”.

Adquirido unos 300 años atrás, el campo en plena sierra era entonces una rareza en la provincia. Luego de vivir un tiempo en la ciudad de La Rioja, los hermanos decidieron acondicionar la propiedad familiar y volcarse al turismo. “Fue por el año 2000, procurando la preservación del cóndor, que era atacado por los paisanos, más por desconocimiento que por maldad”, dice.
Recostada sobre las aguas claras del arroyo Santa Cruz, la posada vivió varias etapas. Primero fue refugio para los cóndores heridos e imán de los amantes de la naturaleza y la historia. No había luz, sólo una cocina a garrafa, pero se atendían las aves lastimadas con dedicación, y si en el camino llegaban visitantes, se los recibía con lo que había. Más adelante, tanto Juan como Joyo pusieron en valor dos cuartos, incorporaron un menú elaborado por sus propias manos, y sumaron cabalgatas para llegar a los miradores donde el espectáculo de las aves hipnotizaba a esporádicos exploradores.

Hoy, la posada cuenta con siete habitaciones con baño en suite, pileta, quincho, dos salones comedores y un glamping en medio del parque al que se accede con lista de espera.
Reina el silencio y la naturaleza, pese a la notable renovación de la casona. Eso, en parte, lo logra su ubicación, tan serrana como distante de las ciudades grandes. Más allá de esa exclusividad geográfica, la puesta en valor y la suma de servicios no ha traicionado lo esencial: es una casa de campo. Hay caballos, cabras, conejos, gallinas y ovejas, hortalizas esparcidas que se cosechan aquí y allá, y algunos de los 4.000 frutales que supo tener la familia tiempo atrás. Flores de todo tipo, especialmente dalias, van dibujando una zigzagueante entrada que conjuga paredes de pirca, ladrillo y madera, rendidas ante el comedor original de barro, donde un retrato de Facundo Quiroga se centra en un tejido a mano más rojo que la sangre.

“Imponente, ¿no?”, dice Juan mientras carga maneadores, estribos y monturas hacia la galería, pensando ya en la cabalgata del día siguiente. “Hay muchos turistas que llegan por los cóndores. Es innegable su atractivo por la gran población que hay en la zona. Además, ahora tenemos una cabalgata y un trekking hasta otros miradores. Pero casi todos los que regresan, incluso a pasar sus vacaciones, lo hacen por el descanso. Dicen que acá se relajan increíblemente”, subraya.

Otro componente clave es la gastronomía. Incorporada primero por Joyo De la Vega con recetas ancestrales como la chanfaina (un guiso con carne de cordero) o las costillas de cerdo a la riojana, y modelada luego por Camila Bazán y Juan Gabriel Romero, formados en la ciudad para perfeccionar una carta regional con tinte internacional. Locro, pollo al disco, cabrito al horno de barro y minutas clásicas son algunas de las opciones que también retienen a los visitantes.
Cuando se hace de noche, los habituales 20 grados de esta época -diez menos que en el resto de la provincia- descienden a 10. Es el momento donde se enciende el fogón, y no hay quien dude en arroparse observar el cielo, el otro protagonista del valle. Si no hay nubes, las estrellas comienzan a hacerse visibles y parecen multiplicarse, mientras la luna alumbra senderos cercanos. El murmullo del arroyo también invita a la cena romántica, o simplemente a la contemplación.

“Nuestros tatarabuelos, bisabuelos, abuelos y padres cuidaron la tierra desde antes del 1800, cuando no había siquiera el actual camino y todo se subía a mula. En ese entonces se hallaban puntas de flechas y hachitas de los pobladores originarios como nada. Estos nogales -señala- son de España, una muestra clara del paso de la corriente colonizadora, que también llegó aquí arriba. Y fijate que hay muchos vecinos de ojos claros, como el mismo Peñaloza, lo que deja claro el cruce de razas”, explica Juan sobre sus sierras, bendecidas por un régimen de lluvias muy superior a la media provincial, y cuya altura y presencia de arroyos genera un microclima extraordinario para La Rioja. “Tuvimos mucho trabajo, porque esto era un rancho de piedra y barro.
Apenas teníamos agua que venía del arroyo. Transformamos las habitaciones y les dimos baño privado, calefacción, aire acondicionado, televisión satelital, conexión a internet… cosas impensadas tiempo atrás, mucho más en medio de la montaña”.
El mirador de los cóndores
Joyo fue quien descubrió, en sus salidas de exploración, el Mirador de los Cóndores: una roca saliente convertida en postal, donde los cóndores planean a pocos metros con llamativa costumbre. Si bien hay accesos a otras terrazas más cercanas para quienes no están acostumbrados a caminar, el mirador mayor demanda un largo trecho. Se puede llegar a caballo o a pie, lo que demanda unas seis horas entre ida y vuelta.
En el camino se cruzan varios arroyos limpios y con buen nivel de agua, que en verano se transforman en piletas de baño en plena sierra. Además de esos cauces, hay que cruzar algunos piedrones perfectamente redondeados, o “mogotes”, como los llaman aquí. Desde allí se sortean un par de senderos intrincados entre la vegetación y así la excursión llega a su meta, a los 1.800 metros sobre el nivel del mar.
Ideal para las fotos, con una cueva lindante donde también se admiten campamentos, el mirador mayor cuenta con un deck de madera y barandas en una saliente montañosa que parece esculpida a propósito.
“Es singular la cantidad de cóndores que se ven. Pueden ser unos 15 o 20 de pronto. Y el tiempo de exposición es muy amplio, porque primero suben, y luego recorren la quebrada a lo largo, de punta a punta. Los ves desde arriba cuando ascienden desde el llano o sus dormideros, luego te pasan rasando, y al rato quedás abajo vos, con ellos dominando todo el cielo”, dice Leo Agüero, uno de los tres guías. Él mismo señala que fue importante concientizar a la gente de los campos cercanos sobre los hábitos alimenticios del cóndor, un animal carroñero, no cazador, ya que antiguamente se creía que mataba terneritos o cabras, porque muchos puesteros los veían junto a esos animales cuando ya habían muerto.
Un poco más allá del mirador, tras un bosque de molles, pequeñas cuevas muestran restos de pinturas rupestres, otra de las huellas que la historia ha dejado de manera contundente por aquí.
Datos útiles
Abierto todo el año, salvo nevadas de invierno o lluvias copiosas.
WhatsApp: +54 9 3804-126377.
IG: @quebradadelcondorlr
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