Anna y Antonio se instalaron hace 26 años en Mar de las Pampas y crecieron hasta transformarse en un clásico
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Un desvío por error las llevó a un bosque con poquísimos habitantes, médanos y caminos de arena. Hace 26 años, Mar de las Pampas fue amor a primera vista para las hermanas Paula y Flavia Pittella, que hasta el día de hoy agradecen aquella equivocación. Por esa época, sus padres estaban fundidos. Anna era modista de alta costura en City Bell y Antonio, un inmigrante que llegó del sur de Calabria y trabajó de obrero metalúrgico. Sin embargo, esas vacaciones forzadas en Villa Gesell terminaron de torcer el destino gracias al descubrimiento de sus hijas: un terreno disponible para animarse a apostar a algo nuevo. Así, con 59 y 63 años, el matrimonio decidió dejar la ciudad para irse a vivir a la playa; buscaron casa por Valeria del Mar, Ostende y Gesell, pero como las inmobiliarias estaban cerradas sus hijas propusieron ir a ver aquel lugar que conocían muy pocos. Allí Anna y Antonio encontraron lo que buscaban y construyeron un nuevo sueño: Amorinda Tutto Pasta, bautizado en homenaje a la mamá de Anna.
Sobre una duna, en el medio de la nada, el restaurante de pastas más visitado de esta playa de la costa atlántica mantiene el recuerdo vivo de sus fundadores.

Paula y Flavia aseguran que, desde entonces, su padre asumió un compromiso indeclinable con los sabores italianos y que su madre amasó sin parar. Con el tiempo, se convirtieron en ciudadanos ilustres de la ciudad: de hecho, Antonio impulsó la construcción de la capilla oculta en el bosque de pinos, sobre la calle Antonio Pittella, el apellido que hoy es sinónimo de pastas caseras.
En la misma cabaña donde empezaron con dos o tres mesitas, hoy las reservas se piden con 15 días de anticipación y los dos turnos se llenan por completo. Hay clientes de siempre cuyos nombres se transformaron en platos; hay otros que reservan toda la temporada. Y amigos de la casa, como Pedro Aznar (su línea de vinos es protagonista de la carta), o Raúl Porchetto, que son habitués.

También hay ñoqueras de madera que sirven de apoya cubiertos, vasitos de helado de limón para neutralizar el paladar y un decálogo que, entre otras sugerencias, propone: “Pruebe la pasta primero antes de ponerle queso”, “El perfecto comensal de Amorinda reconoce la amabilidad de los mozos y les pide consejos porque saben todo de los platos”, “El plato está pensado para una persona, si sobra se lo puede llevar porque al otro día siempre está más rico”.
En un ambiente cálido y sin pretensiones más que conservar el espíritu original, la familia detrás de Amorinda se mueve con una coreografía precisa de amabilidad, sabores, calidez e historia.

–¿Cómo recuerdan el lugar y por qué se instalaron en la cabaña?
Paula: –Nos confundimos de camino y no podíamos creer a dónde habíamos llegado. Mi papá amaba el bosque y el mar de su Calabria natal. La situación en casa era compleja y los trajimos de vacaciones a Gesell para que vieran ellos mismos el lugar. “¿Mar de dónde?”, nos preguntaban. Los amigos estaban muy preocupados, nadie conocía esto, fue un escándalo familiar.
–¿Y a la cabaña cómo la encontraron?
Flavia: –También de casualidad. Primero hicimos un viaje en pleno invierno, todas las inmobiliarias estaban cerradas, salvo una, en Mar Azul [junto a Mar de las Pampas], donde la dueña, Marisa, le estaba dando de comer carne a un carancho. ¡Una escena de la serie Twin Peaks! Y nos mostró solo una cabaña, en Avenida Lucero y Gerchunoff. Fue la única, la definitiva.
–De City Bell al medio de la nada, ¿costó adaptarse?
Paula: –Era un páramo y encima, sobre una duna. Fue difícil soñar con este presente. Pero mi mamá no le tenía miedo a nada. Ella sabía cocinar y se puso manos a la obra. Se mudaron el 29 de septiembre de 1999. El día que firmaron el boleto se enteraron de que este terreno figuraba en el master plan como una de las manzanas más comerciales del actual proyecto urbano.
Flavia: –Había pocos emprendimientos: la casa de té Viejos Tiempos, el hotel Ludwig, Ble, la casa de crepes que después fue librería. Y La Lupita, casa de tortas. Gente con ganas de cambiar el estilo de vida, de empezar de nuevo, de dejar atrás la ciudad, o en este caso, la frustración. Todos reflejaban esa actitud.
–¿Cuáles fueron los primeros platos de Amorinda?
Flavia: –Ravioles rellenos de carne y verdura, pollo y verdura, y la versión con jamón. Un clásico de mi mamá. También los sorrentinos verdes con salsa de whisky, otra de sus creaciones que siguen vigentes.
Paula: –Los macarrones al fierrito, el tuco con albondiguitas y la lasaña calabresa están desde el principio.


–Pasaron de 10 platos a 40, ¿algunos quedaron en el camino?
Paula: –Ninguno. Fuimos incorporando, por ejemplo, el risotto de hongos, los tagliatelle Nero Di Sepia, los macarrones al fierrito, hechos a mano uno por uno. O algunos postres típicos, como el tiramisú con café y cacao amargo, la panacota o el helado Amorinda, con base de limoncello de elaboración propia, con grapa, o los cannolis de ricota.
–¿Qué otros detalles completan la experiencia de la comida típica italiana?
Flavia: –Hay varias cosas que hacemos. Al queso, por ejemplo, lo rallamos bien finito, como una lluvia. Sarteneamos los platos para que la pasta no nade en salsa. Tenemos algunas obsesiones, como los manteles de tela estampados por Micaela Mendelevich con frases y especias. Sacamos los platos juntos, ninguno se atrasa. Y una clave: cuidamos la calidad de todos los productos. Además, no hay olor a comida. Así comíamos en casa.
–¿Cómo se gestiona la calidad de los productos?
Flavia: –Con los mejores proveedores. El aceite de oliva es de San Juan, el queso de cabra, de Córdoba. Y el parmesano, de Trenque Lauquen. Al curry lo preparamos nosotras. La búsqueda de la excelencia es constante.
–¿Qué roles tienen los familiares que las acompañan?
Paula: –Todos hacemos de todo. Alejandro (marido de Flavia) es socio. Nuestro sobrino Rodrigo hoy es mozo, como lo fueron otros sobrinos que venían a trabajar en temporada, al tiempo que terminaban sus carreras. Junto al equipo miman a los clientes, los conocen. El ambiente es muy familiar, entonces el que trabaja aquí tiene que tener esa sensibilidad.


–¿Es cierto que se daban misas en Amorinda?
Flavia: –¡Si! Mientras mi papá organizaba la construcción de la iglesia, con aportes que le pedía a medio mundo, el cura oficiaba las misas en el salón y hasta se bautizaron chicos, todo con aroma a tuco de fondo. La capilla fue el proyecto final de mi papá, que fue el primero en hacer sonar la campana cuando anunciaron al Papa Francisco. Y murió cuando instalaron el campanario, hace ya 14 años. El velatorio fue en esa capilla, vino todo el pueblo. Ambos, con mi mamá en la sociedad de fomento, estuvieron muy comprometidos con el lugar.
–¿Pedro Aznar tiene una mesa con su nombre?
Paula: –No solo la mesa, también un plato propio: cintas verdes con camarones, alcaparras y curry. Además, los vinos son de Akasha, su bodega. No es el único, aunque capaz sea el más conocido. Porque José y Silvana, clientes, ya amigos de toda la vida y fans de los annulines con brócoli, también están en el menú. O Gloria, empleada histórica, tiene una mesa a su nombre.
Flavia: –Está la puttanesca de Gustavo, el plato de Dany, los sorrentinitos de Mabel… Nuestros afectos siempre presentes en la carta.
–El espíritu familiar, las recetas de la abuela Amorinda ¿Qué otra cosa sostiene la impronta del restaurante?
Paula: –El cariño incondicional de los amigos de siempre, el respeto de los nuevos clientes por nuestra forma de trabajar, con turnos y reservas anticipadas para garantizar la experiencia. También, la impronta que respetamos a rajatablas: el que sabe comer, sabe esperar. Así, la pasta llega recién hecha a la mesa. Y después está el amor que nosotros tenemos por este lugar; nuestro interés por la comunidad.
Flavia: –En ese sentido, ahora impulsamos un proyecto ambicioso: la presentación de Mar de las Pampas ante la ONU para competir por la distinción de Aldea Sustentable 2026.



