
El desarrollo interpone una distancia que colabora con la mayor
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"Es esencial para la salud mental del recién nacido y el niño de corta edad el calor, la intimidad y la relación constante con la madre, en la que ambos encuentran satisfacción y goce? Es éste un descubrimiento cuya trascendencia es comparable con el valor de las vitaminas para la salud física."
Este concepto del terapeuta inglés John Bowlby, definido como apego, es hoy un clásico que hace más de cinco décadas revolucionó la psicología infantil con la aparición de la primera edición de su libro Los cuidados maternales y la salud mental (Editorial Humanitas).
"Desde que Bowlby realizó sus investigaciones sobre los efectos de la falta de contacto físico entre los niños pequeños y sus madres sabemos que ese vínculo piel a piel tiene una trascendencia absoluta", señala la doctora María Luisa Ageitos, directora del Programa de Educación a Distancia de la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP).
"La piel es el órgano más extenso del cuerpo, y por medio de su contacto la mamá y el hijo establecen un vínculo de amor muy estrecho que se prolonga hasta los 2 años, cuando el niño empieza a deambular y se inicia un proceso de separación gradual que va disminuyendo el contacto físico, sin desaparecer totalmente nunca."
El sentido de independencia que surge de la capacidad de ponerse de pie y caminar sin ayuda marca un definitivo punto de corte en esa simbiosis corporal y psíquica que une a madre e hijo.
"En ese momento, los mismos chicos quieren sentirse libres y no les gusta que los sigan apretujando; se van distanciando, aunque en una primera etapa mantienen un vínculo visual que los sostiene: caminan y miran a la mamá para encontrar en la mirada un contacto que antes era primordialmente corporal", continúa Ageitos.
La licenciada Mónica Laszewicki, psicóloga del hospital Elizalde, coincide: "El contacto corporal va modificándose con el crecimiento. Los tres momentos que marcan cambios decisivos son el destete, la deambulación y el control de esfínteres, que se adquiere entre los 2 y los 3 años, y marca un momento de corte muy importante, porque significa autonomía corporal: el cuerpo se lo toca el niño y deja de tener esa dependencia corporal total con la mamá o con quien cumple la función materna".
A veces, en algunas familias este contacto corporal íntimo se extiende. Son varias las razones posibles, pero una de ellas es cultural. Tal como explica la doctora Ageitos, puede responder a estereotipos marcados por una cultura -los latinos en general, por ejemplo, tienen un vínculo mucho más corporal con sus hijos que los ingleses-, como también rasgos particulares de una familia.
Cortar por lo sano
Ambas profesionales coinciden en señalar que, aunque cada caso presenta sus particularidades, existen ciertas situaciones que pueden dar lugar a ciertos excesos en este vínculo simbiótico entre madre e hijo que van más allá de lo esperable.
Una de ellas es, según la doctora Ageitos, la ausencia del padre por excesivo número de horas fuera de casa o porque no interviene en el vínculo entre su mujer y su hijo. En este sentido, el psicoanálisis postula la función simbólica que el padre ejerce al impedir que madre e hijo queden encerrados en una relación de fusión que le impida al niño constituirse como un sujeto separado.
En esta línea, Laszewicki alerta sobre uno de los riesgos: "Que la madre encuentre en el hijo un calmante para sus propias ansiedades, debido a sentimientos de soledad o malestar. Entonces, el vínculo corporal que normalmente cumple funciones esenciales para el desarrollo -como fortalecer la autoestima y brindar confianza y bienestar- puede aparecer para taponar situaciones de los adultos".
Otra situación que dispara en el niño una voracidad de contacto físico es la soledad. Cuando son demasiadas las horas que no está en contacto con su mamá, es probable que responda con el "pegoteo" y con una intensificación de aquellas conductas que inicialmente le dieron placer: besos, caricias y un contacto íntimo piel a piel.
Sin embargo, si no se producen situaciones familiares conflictivas y el contacto con el cuerpo es vivido con naturalidad, lo esperable es que la mayoría de los niños siga un proceso de desapego que va estableciendo distancia entre su cuerpo y el cuerpo de la mamá. En ocasiones, este proceso puede ser "ayudado" por los adultos mediante distintas alternativas que actúan como límites a la fusión.
- Evitar que el niño duerma en la cama de los padres
- Mediatizar el contacto físico a través de juegos que centren la atención en situaciones y objetos exteriores.
- Permanecer cerca del niño, pero no "pegado" durante distintas actividades.
- Usar las palabras como caricias. "Las palabras llegan al cuerpo y pueden ser sostenidas como caricias, ocupando entonces su lugar", concluye la licenciada Laszewicki.




