
Emily Freeman, escritora, reconocida por su trabajo como conductora del podcast The Next Right Thing, en su último libro propone preguntas y acerca estrategias para “buscar la salida”
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“Cuando no te encuentres a ti mismo en una habitación, sal de ella”. La frase suele atribuirse a Coco Chanel, pero excede la anécdota de una diseñadora elegante para convertirse en un manifiesto existencial. La ciencia acompaña esta intuición. Según un estudio realizado por la Universidad de Columbia en 2021, el 76% de las personas que reportaron haber permanecido demasiado tiempo en trabajos, relaciones o entornos incómodos, mencionaron consecuencias directas en su salud emocional, incluyendo ansiedad persistente y fatiga decisional. Las razones de la permanencia eran, en un 63%, la incapacidad de reconocer señales internas, y en un 58%, el temor a no saber qué viene después. En otras palabras: no nos vamos porque no sabemos cómo, no sabemos cuándo, o no confiamos en que somos los indicados para decidirlo.
La escritora best seller de The New York Times, Emily P. Freeman, trazó un mapa para ese territorio. Su nuevo libro, Cómo entrar y cuándo salir de una habitación, no ofrece instrucciones rígidas, sino preguntas habilitantes. ¿Qué hacemos cuando sentimos que ya no pertenecemos al lugar en el que estamos? ¿Y cuándo comenzamos a presentir un cambio, pero el temor paraliza? A través de ejercicios, historias personales y una profunda mirada interior, Freeman, conductora del podcast The Next Right Thing, trazó un mapa para ese territorio. Su nuevo libro propone un modo de autoacompañar en el discernimiento sin forzar respuestas. Ayuda a identificar señales, a distinguir entre paz y evasión, y a sostenerse incluso cuando la salida no tiene pompa ni cierre.
“Muchas veces, salir de una habitación no tiene sonido. Es como si el alma ya hubiera recogido sus cosas y uno apenas se da cuenta”, dice Freeman.
–La incomodidad no siempre es señal de que debemos irnos. ¿Cómo distinguir entre una alerta saludable y un impulso de evasión?
–Esta es una de las preguntas más importantes que podemos hacernos. A veces sentimos incomodidad y creemos que eso significa que ya no pertenecemos a ese sitio. Pero esa sensación también puede ser una invitación al crecimiento. No toda dificultad es una red flag. La clave está en observar si ese malestar nos conduce a la expansión o al encierro. Si me vuelvo más pequeña, más desconectada, más cínica o más agotada, quizá sea momento de preguntar si ya no estoy alineada con este lugar. Pero si la incomodidad me estira, me desafía, me despierta, tal vez aún hay algo por vivir allí.
–En el libro habla de las “habitaciones invisibles”. ¿Podría explicar qué significa eso?
–Muchos de los cuartos en los que vivimos no tienen paredes visibles. No son casas ni oficinas. Son roles, temporadas de la vida, formas de pensar. Una habitación invisible puede ser una etapa profesional, una relación, una identidad que asumimos. El problema es que, al no tener forma física, no sabemos cuándo entramos ni cuándo salimos. Entonces, de pronto, notamos que algo cambió, pero no podemos decir exactamente qué. Nombrar esos espacios es el primer paso para poder habitar o dejar de habitar con conciencia.
–¿Cómo nos damos cuenta de que ya nos fuimos de un lugar aunque todavía estemos allí físicamente?
–A veces sucede que nuestro cuerpo está presente, pero nuestro corazón ya se fue. Es como si estuviéramos en una conversación que terminó hace rato, pero seguimos asintiendo con la cabeza. Sentís que no tenés nada más para ofrecer, que las palabras ya no llegan. Esa sensación puede ser sutil, pero es persistente. Uno de los signos más claros es el desinterés. Cuando algo que antes nos apasionaba ahora nos deja indiferentes, tal vez sea una señal de que esa habitación ya no es nuestra.
–¿Qué lugar tienen el silencio y la espera en los procesos de decisión?
Un sitio central. Estamos muy acostumbrados a pensar que las decisiones importantes deben ser ruidosas, visibles, acompañadas de certezas. Sin embargo, muchas veces, la sabiduría llega en el susurro, en el descanso, en el momento en que dejamos de empujar por una respuesta. El silencio no es pasividad: es espacio fértil. La espera no es inacción: es preparación. He aprendido que cuando apuramos una determinación para escapar del malestar, no estamos eligiendo desde la libertad. El silencio nos devuelve la conexión con lo que realmente importa.
–¿Cuáles son las prácticas o ejercicios concretos que se pueden hacer cuando no hay un cierre claro? ¿Cómo se gestiona una salida sin final?
–Es una experiencia más común de lo que pensamos. No todas las habitaciones tienen una puerta que se cierra con un “clic”. A veces nadie se despide, no hay ceremonia ni ruptura. Una forma de acompañar estos procesos es crear tus propios rituales de cierre. Pueden ser tan simples como escribir una carta que nunca vas a enviar, o caminar por un lugar significativo y agradecer mentalmente lo que fue. Es un modo de decirle al alma: “Estoy con vos. Esto sí ocurrió. Ya podemos seguir”.
–¿Por qué es tan difícil confiar en que somos capaces de discernir cuándo partir?
–Porque muchas veces nos han enseñado a dudar de nuestra intuición. La cultura nos empuja a buscar validación externa: expertos, gurús, consejos. Pero hay una sabiduría interior que se activa cuando aprendemos a escucharla. No se trata de ignorar la voz de otros, sino de recuperar la propia. Todos tenemos la capacidad de tomar buenas decisiones. Lo que necesitamos es crear el espacio y el lenguaje para dialogar con nosotros mismos.
–¿Y si el momento es el adecuado, pero no me siento lista?
–Eso es bastante común. A veces, la claridad llega antes que la valentía. Sabés que tenés que irte, pero el miedo te paraliza. Es importante no castigar esa sensación. En lugar de forzar el paso, podés prepararte internamente. Hacer pequeñas acciones que te acerquen, reunir apoyo, practicar el desapego. No siempre hay que esperar a sentirnos valientes para actuar: a veces, el coraje se construye en el andar.
–¿Y si me siento lista, pero no es el momento adecuado?
–Esa es la otra cara de la moneda. Sentirse listo y tener que esperar puede ser frustrante, pero hay algo poderoso en reconocer que la preparación también es parte del viaje. Muchas veces confundimos impulso con oportunidad. Podés estar lista emocionalmente para dejar un trabajo, sin embargo, necesitás sostenerlo un poco más por cuestiones prácticas. Eso no invalida tu claridad. Solo te pide una sabiduría más profunda: la de sostener el ya y el todavía no.
–¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en todo este proceso?
–Para mí, es el núcleo. No hablo de religión, necesariamente, sino de esa dimensión que nos conecta con algo mayor. Puede ser Dios, el universo, tu conciencia. La espiritualidad nos recuerda que no estamos solos. Que hay algo en nosotros que sabe. Que somos acompañados incluso cuando nadie más lo ve. Yo creo que cada habitación a la que entramos o de la que salimos forma parte de un diseño más amplio. No tenemos que comprenderlo todo para confiar en que es bueno.
–¿Qué le dirías a alguien que siente que ya no pertenece, pero teme hacer daño al irse?
–Que el amor no siempre se ve como permanecer. A veces, el acto más amoroso es reconocer que ya no podés ofrecer lo que ofrecías antes. Irse con respeto, con gratitud, con honestidad, también es una forma de cuidar al otro. Y sobre todo: no estás abandonando nada si estás siendo fiel a tu verdad. Lo que se construyó desde la autenticidad no se pierde por cambiar de forma.

–¿Cuál fue tu habitación más difícil de dejar?
–Me resisto a responder, porque cada habitación que dejo tiene algo de duelo. Pero quizás, la más difícil fue una temporada de visibilidad profesional que ya no me representaba. La gente esperaba una versión de mí que ya no era yo. Dejar eso fue doloroso, porque implicó renunciar a la aprobación externa. Pero fue liberador, porque me encontré otra vez con mi voz.
–¿Y cuál fue la más inesperadamente feliz al entrar?
–El silencio. Nunca pensé que el silencio sería una habitación tan generosa. Me regaló tiempo, claridad, belleza. Aprendí que no todas las habitaciones se construyen hacia afuera: algunas se habitan hacia adentro.




