
Crianza respetuosa sin perfección: cómo acompañar las emociones y sostener los límites
La psicóloga Sofía Celeste Lewicki, autora y especialista en crianza, explica por qué reconocer lo que siente un chico no implica aceptar cualquier conducta. En esta conversación propone incluir también las necesidades, la historia y la salud mental de madres, padres y cuidadores.
Un chico llora porque llegó el momento de irse de la plaza. El adulto está cansado, mira el reloj y siente que solo tiene dos opciones: ceder o explotar. La crianza respetuosa aparece, precisamente, en ese borde incómodo: permite reconocer el enojo sin cambiar una decisión necesaria y sostener un límite sin humillar. Sobre esa tensión conversó la Psicóloga Sofía Celeste Lewicki en “Lo estás haciendo bien”, una iniciativa de LA NACION Content Lab junto a Babysec.
Crianza respetuosa: mirar al niño sin borrar al adulto
Antes que un método o un repertorio de respuestas, Lewicki propone una forma de mirar la infancia. “La crianza respetuosa es, desde mi mirada, una filosofía de vida: una forma de ver a los niños y las niñas como personas, como sujetos de derecho”, define.
Ese cambio puede aparecer en escenas pequeñas: avisarle a un bebé que van a tocar su cuerpo para cambiarle el pañal, escuchar el no de un chico aunque la decisión final siga en manos del adulto, explicar por qué una acción debe detenerse. Reconocerlo como persona no significa pedirle que conduzca la familia; significa cuidar y guiar sin tratarlo como un objeto pasivo.
Pero esa mirada también puede volverse una nueva exigencia si deja afuera a quien cuida. Por eso la psicóloga habla de crianza del reconocimiento, una formulación de su propio enfoque, que invita a preguntarse qué lugar ocupó ese adulto cuando era chico y qué respuestas de su historia reaparecen frente al llanto, el enojo o el cansancio.
“La crianza del reconocimiento nos reconoce a nosotros como personas. Yo te reconozco a vos, pero también me reconozco a mí”, explica. La perspectiva encuentra un punto de contacto con las recomendaciones de la Organización Mundial de la Salud sobre desarrollo infantil temprano, que contemplan tanto las necesidades de los chicos como las de sus cuidadores, incluida su salud mental.
Cómo acompañar las emociones de los niños y sostener límites
Un chico puede estar furioso y, aun así, no poder pegar. El adulto puede agacharse, ponerle palabras a lo que pasa —“entiendo que estás muy enojado”— y detener la mano: “No voy a dejar que lastimes”. Validar una emoción no es celebrar ni permitir cualquier conducta; es no discutirle al otro lo que siente mientras se marca con claridad qué no puede hacer.
“Estamos aprendiendo a querer acompañar un berrinche y a querer poner límites sin haber tenido eso nosotros”, reconoce Lewicki. En esa dificultad hay algo profundamente humano: muchas madres y padres ensayan hoy una respuesta que nadie ensayó con ellos.
Un límite respetuoso puede seguir provocando llanto, enojo o frustración. No pierde su valor porque el chico no lo reciba con calma. Para que sea comprensible necesita ser claro, posible para su edad y sostenido con cierta coherencia.
Un material de UNICEF sobre protección infantil y disciplina no violenta recomienda reglas simples, comunicación calma, consecuencias previsibles y proporcionadas, y reparación después de los errores. Si el adulto gritó, reparar no es deshacer la norma ni fingir que nada pasó: es poder volver, decir “te grité y no estuvo bien” y explicar otra vez qué necesitaba frenar, porque el vínculo también se construye en esos regresos.
Culpa y agotamiento parental: cuando el ideal queda demasiado lejos
En el puerperio pueden convivir la alegría y la tristeza, la ternura y la frustración, la ansiedad y un cansancio difícil de explicar, señala Lewicki. Ninguna lista alcanza para describir a todas las familias, y atravesar un día malo no equivale por sí solo a un trastorno.
Aun así, la salud mental perinatal necesita atención: la OMS estima que alrededor del 10% de las mujeres embarazadas y el 13% de quienes acaban de dar a luz atraviesan un trastorno de salud mental, principalmente depresión; las cifras son mayores en países en desarrollo.
Detrás del dato hay personas que muchas veces siguen cuidando mientras se sienten desbordadas. Consultar a tiempo también es una forma de cuidado.
La culpa suele crecer en la distancia entre la familia imaginada y la que cabe en un día real. Lactancia, colecho, alimentación, tipo de parto: cuando cada decisión entra en una lista que promete asegurar que nada salga mal, cualquier dificultad parece una falla propia.
“La culpa es el resultado que hay entre un ideal con el que materno y lo que puedo”, plantea la psicóloga. Pero ese “puedo” depende también del descanso, el dinero, el trabajo y la red disponible.
Un estudio con 17.409 madres y padres de 42 países encontró grandes variaciones culturales en el agotamiento parental y una asociación con el individualismo. No determina cada historia, pero permite sacar el cansancio del terreno de la culpa privada y mirar las condiciones concretas en las que se cría.
Regulación emocional en la crianza: volver, reparar y pedir ayuda
Regularse no es conservar la calma a toda hora. A veces empieza cuando una madre se descubre comiendo de pie las sobras del desayuno y entiende que hace días no se sienta a la mesa. O cuando un padre registra que está por explotar y pide un relevo antes de gritar.
Comer algo propio, darse una ducha, tomar un mate sin apuro, salir unos minutos al aire libre o escribirle a una persona de confianza son gestos modestos; no son recetas ni tratamientos, pero pueden devolver un poco de aire. También recuerdan algo que la crianza aislada suele borrar: “Lo sano es poder conectarse con que no podemos solos”, resume Lewicki.
No todas las familias de origen saben acompañar; algunas juzgan, minimizan o están lejos. La red también puede armarse con amistades, otros cuidadores, grupos o espacios terapéuticos donde sea posible hablar sin defenderse.
Si el malestar es intenso, persiste o interfiere con la vida cotidiana, estas herramientas generales no reemplazan una consulta individual. Tal vez el día no termine con el chico dejando de llorar ni con el adulto completamente sereno.
Tal vez termine con un límite sostenido, un perdón después del grito y un mensaje enviado a tiempo: “¿Podés venir un rato?”. En esa escena incompleta también puede haber cuidado. “Estamos haciendo un trabajo enorme”, dice Lewicki, “y lo estamos haciendo bien” concluye. Nombrarlo quizás ayude a mirar con más ternura a quienes están aprendiendo a criar mientras crían.
Esta entrevista forma parte de “Lo estás haciendo bien”, una iniciativa de LA NACION Content Lab junto a Babysec que reúne experiencias y voces profesionales para acompañar a madres, padres y cuidadores durante las primeras etapas de la crianza.
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