
La iniciativa nació en 2012 por el impulso de un grupo de profesionales de diversas disciplinas que compartían la visión de poner la ingeniería al servicio de problemáticas sociales. En ese cruce donde convergen la técnica y el desarrollo comunitario surgió Ingeniería Sin Fronteras Argentina (ISF-Ar), esta asociación civil interdisciplinaria que impulsa proyectos de ingeniería junto a comunidades y organizaciones, tanto en ámbitos urbanos como rurales y en contextos de encierro. Sistemas de acceso al agua, espacios comunitarios, patios de juego, puentes vehiculares y soluciones vinculadas a las energías renovables son algunas de las iniciativas que lleva adelante.
Con los años, ese núcleo inicial se afianzó y dio lugar a la estructura actual, compuesta por una asamblea de socios, un equipo de trabajo rentado de 15 personas distribuidas en tres sedes con una coordinación general federal y una red de más de 250 voluntarios y voluntarias activos.
Más allá de las obras puntuales de agua o infraestructura vial, el abordaje de la organización se articula a través de varios programas estratégicos: desde iniciativas de agua en comunidades rurales y soluciones de energía renovable, hasta proyectos de hábitat comunitario, inclusión socio productiva, formación e incidencia y el desarrollo de tecnologías digitales con impacto social.

Pero la particularidad no está solamente en qué construyen, sino en cómo lo hacen. No aplican soluciones estándar, sino que co-diseñan cada intervención junto a las comunidades. El objetivo es que los propios vecinos y vecinas participen del diagnóstico y la toma de decisiones, la construcción y el mantenimiento de las instalaciones, como una oportunidad para fortalecer capacidades locales, generar organización y promover soluciones más sostenibles y equitativas.
“Al principio, los vecinos pueden sorprenderse, porque muchas veces las comunidades están acostumbradas a recibir propuestas ya definidas o a que se acerquen para extraer información, pero no es tan común que la propuesta sea construir en conjunto. Nuestra forma de trabajar requiere más tiempo: implica conversar, relevar necesidades, debatir prioridades y tomar decisiones”, señala Natalia Zlachevsky, antropóloga y cofundadora de Ingeniería Sin Fronteras Argentina.
También advierte que muchas veces no se parte de cero. “En las comunidades ya existen organizaciones, vínculos, conocimientos y proyectos que vienen desarrollándose. A veces lo que falta es un recurso, una herramienta técnica, una articulación o simplemente alguien que acompañe y crea en una iniciativa que ya estaba empezando a tomar forma”, añade.

De esta manera, a la hora de seleccionar en qué iniciativas enfocar los esfuerzos, orientan sus intervenciones a comunidades en situación de vulnerabilidad donde ya exista un proceso previo de organización e impulso comunitario. La presencia de referentes locales dispuestos a involucrarse activamente resulta indispensable, ya que la clave de la sustentabilidad a largo plazo reside en que la propia comunidad participe en cada instancia, desde las primeras ideas de diseño hasta la ejecución de la obra. Así, muchos proyectos terminan fortaleciendo o motorizando procesos que ya estaban en marcha.
Zlachevsky da cuenta de dos proyectos que muestran lo que puede surgir de estos procesos. “Un ejemplo es la construcción de una pileta comunitaria climatizada en Bernal Oeste, construida para que alrededor de 1.000 chicos y chicas puedan acceder a un espacio para jugar, nadar y disfrutar del agua, en un barrio y una zona donde no había clubes ni piletas públicas. Otro ejemplo son los proyectos que desarrollamos en las Unidades 46 y 47 del penal de San Martín, donde construimos patios de juegos pensados especialmente para las infancias que visitan a sus mamás. Para mí, ahí está también lo innovador: poner a las infancias y el cuidado en el centro de un lugar donde pocas veces tienen ese espacio, y construir junto a las mujeres otra experiencia para ellas y sus hijos e hijas. Es una forma de construir otro futuro posible”, reflexiona.
Para garantizar la viabilidad económica de sus programas, la asociación civil combina fondos de donantes mensuales individuales, consultorías y capacitaciones técnicas con aportes específicos de empresas, fondos de cooperación internacional, universidades y organismos públicos.

Los resultados están a la vista: ¿Qué cambia, por ejemplo, en la vida de una familia rural cuando puede contar con agua segura? “Trabajamos con familias rurales del monte santiagueño, donde en muchos casos, acceder al agua implica recorrer varios kilómetros, organizar traslados, esperar la llegada de un camión cisterna o recurrir a fuentes que no siempre son seguras porque son saladas y están contaminadas con arsénico. Si bien la recolección de agua de lluvia no es algo nuevo en estos territorios, lo que hacemos es construir sistemas que permiten captar y almacenar mayores volúmenes de agua en mejores condiciones que impactan directamente en la vida cotidiana de las familias, especialmente en las mujeres”, sigue Zlachevsky.
Así, el tiempo que antes se destinaba a buscar agua puede empezar a destinarse a otras actividades, al trabajo, al cuidado, al estudio o a la producción. Por eso, el impacto no está solamente en tener agua más cerca, sino en ampliar las posibilidades de organizar la vida cotidiana y permanecer en el territorio.
“Un proyecto puede estar muy bien resuelto desde la ingeniería, pero si no comprende los tiempos, las dinámicas y las prioridades del territorio, difícilmente funcione como fue pensado. Trabajar en zonas rurales dispersas o en contextos urbanos diversos nos enseñó a planificar con flexibilidad, escuchar más y revisar decisiones sobre la marcha sin perder rigurosidad técnica. Cuanta mayor diversidad y pluralidad de voces existen, mayor es la creatividad y la innovación que surge frente a un problema social complejo. Quizás por eso muchas veces sentimos que la obra es mucho más que el resultado final. El proceso deja conversaciones, aprendizajes compartidos y vínculos entre personas que probablemente no se hubieran encontrado de otra manera. Y esa experiencia también va cambiando nuestra forma de trabajar y de entender los proyectos y los territorios”, concluye la antropóloga.
Aunque es una asociación argentina autónoma e independiente, ISF-Ar forma parte de la red Ingenieros Sin Fronteras Internacional que nuclea a organizaciones en más de 60 países, cada una con sus características particulares. Desde sus inicios, ISF-Ar ha llevado adelante iniciativas conjuntas con sus pares de Suiza, Francia, Chile y Brasil.

Proyectos representativos en territorio
A lo largo de sus casi 15 años de trayectoria, la organización ha desplegado decenas de obras y herramientas tecnológicas en todo el país. Entre sus proyectos más representativos pueden mencionarse:
- Construcción de puentes vehiculares en Santiago del Estero y en Buenos Aires.
- Programa de acceso al agua en comunidades rurales con más de 300 sistemas construidos.
- Espacios para las infancias en unidades penales. Construcción de patios con juegos para los niños y niñas que visitan a sus mamás.
- Plataforma COMAGUA (Gran Chaco): Desarrollo digital colaborativo para relevar y mapear datos de agua rural.
- Ampliación de jardines de infantes comunitarios en barrios populares de Buenos Aires.
- Construcción de una pileta de natación comunitaria para que más de 1000 chicos y chicas aprendan a nadar, disfruten del juego y el agua.
- Incubación de RAYO, cooperativa de soluciones solares fotovoltaicas.
- Espacio de arte y trabajo en La Boca (CABA): Construcción de infraestructura comunitaria para la inclusión productiva. (En ejecución)
- Patio recreativo para jóvenes en contextos de encierro: Acondicionamiento de espacios de recreación en unidades penitenciarias. (En ejecución)
- Cocinas eficientes en comedores comunitarios (La Matanza): Tecnología aplicada a la eficiencia energética y la seguridad alimentaria. (Finalizado)
