
Desarrollo infantil: por qué el juego enseña y cómo acompañar el uso de pantallas
Los bebés aprenden al mirar, tocar, moverse, imitar y recibir una respuesta de quienes los cuidan. Eugenia Boni, Terapista Ocupacional de Pediatría, explica qué experiencias favorecen el desarrollo infantil y cómo establecer límites posibles frente a las pantallas.
Una cuchara que golpea la mesa, una manta que sirve para esconderse o una fruta que se lava antes de comer pueden parecer acciones mínimas. Para un bebé o un niño pequeño, en cambio, son oportunidades para descubrir texturas, movimientos, sonidos, palabras y relaciones de causa y efecto. Buena parte del desarrollo infantil ocurre así: mientras participa de la vida cotidiana.
Desarrollo infantil: primero, el vínculo y el cuerpo
El aprendizaje comienza mucho antes de que aparezcan las primeras palabras. Desde el nacimiento, los bebés registran voces, olores, temperaturas, movimientos y formas de contacto. También empiezan a reconocer qué sucede cuando lloran, miran, gesticulan o emiten un sonido y un adulto responde.
“El aprendizaje comienza ni bien nace un bebé: desde el contacto piel a piel estamos enseñando un montón”, explica Eugenia Boni, Terapista Ocupacional de Pediatría. En ese intercambio se construyen las primeras referencias sobre el propio cuerpo y el entorno.

Hablarles, cantarles, anticiparles que llega el momento del baño o contarles qué se está haciendo mientras se prepara la comida también forma parte de ese proceso. “Los chicos entienden, necesitan que les hablemos también para empezar a incorporar y a copiarnos”, sostiene.
La importancia del juego en la infancia
Jugar no es una pausa dentro del aprendizaje: durante los primeros años es una de sus formas principales. Al intentar alcanzar un objeto, girar, apilar recipientes, inventar una historia o negociar un turno con otro chico, los niños ensayan movimientos, sostienen la atención, resuelven problemas y aprenden a relacionarse.
Un informe clínico de la American Academy of Pediatrics señala que el juego favorece, entre otras capacidades, la atención, la resolución de problemas y el desarrollo de funciones ejecutivas. “¿Qué es lo que necesitan los bebés y los niños? Tiempo en el piso, tiempo de juego”, resume Boni.
Para acompañar ese proceso no hace falta comprar juguetes específicos ni convertir cada momento en una actividad dirigida. Una caja puede transformarse en una casa; un repasador, en una capa; y poner la mesa, en un restaurante imaginario.
“No tenemos por qué saber jugar. Hacelo parte de la rutina”, propone la especialista. Integrar a los chicos en acciones seguras y acordes con su edad, como mostrarles cómo se lava una fruta, nombrar los ingredientes o dejar que alcancen objetos livianos, les permite observar, copiar, preguntar y crear.
Las rutinas pueden ofrecer una estructura previsible sin transformarse en reglas rígidas ni en una nueva exigencia para los adultos.
Pantallas en bebés y niños: importan el tiempo, el contenido y el contexto
Frente a las pantallas, la discusión no puede reducirse a una división entre usos “buenos” y “malos”. Importa la edad, cuánto dura la exposición, qué contenido se elige, si el niño está solo o acompañado y qué actividad queda desplazada. “Lo ideal es que aprendan del mundo real que nos rodea”, plantea Boni.
La Sociedad Argentina de Pediatría desaconseja las pantallas antes de los dos años y, entre los dos y cinco, recomienda entre media hora y una hora diaria de entretenimiento, con acompañamiento adulto. La actualización de la American Academy of Pediatrics de 2026, por su parte, propone ir más allá de un límite universal y evaluar calidad, contexto y conversación.
Para los menores de dos años aconseja limitar la exposición, mirar juntos y evitar que reemplace el juego, el movimiento, la lectura o el intercambio con otras personas. Una videollamada acompañada no equivale al consumo pasivo: hay una persona que responde, llama al niño por su nombre y sostiene una interacción, aunque el adulto presente deba ayudarlo a interpretar lo que ocurre.
Límites posibles, sin culpa
Un límite sostenible puede empezar por decisiones pequeñas: elegir previamente el contenido, desactivar la reproducción automática, mirar juntos cuando sea posible y reservar algunos momentos, como las comidas o el período previo al sueño, para actividades sin dispositivos.
La AAP propone pensar el uso de medios a partir de cinco dimensiones: el niño, el contenido, la función de calma que cumple la pantalla, aquello que desplaza y la comunicación familiar.
Si en una casa el dispositivo permite resolver unos minutos difíciles, el objetivo no es culpabilizarse, sino evitar que se convierta en la única manera de esperar, comer, calmarse o entretenerse. Una canción, un recipiente con objetos seguros, mirar por la ventana, ayudar a guardar la ropa o participar de una tarea cotidiana también pueden abrir oportunidades de movimiento y conversación.
“Cada niño va a tener su propio desarrollo, su propio contexto”, recuerda Boni. Cuando una habilidad preocupa, existen retrocesos o las dudas persisten, corresponde conversar con el pediatra de cabecera o con un profesional especializado en desarrollo infantil. Recordá que la información general no reemplaza una evaluación individual.
Esta entrevista forma parte de “Lo estás haciendo bien”, una iniciativa de LA NACION Content Lab junto a Babysec que reúne experiencias y voces profesionales para acompañar a madres, padres y cuidadores durante las primeras etapas de la crianza.
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