
Una semana en bici por los escenarios legendarios en la región de Lombardía, muy cerca de la frontera con Suiza
Llegué a Bormio casi de casualidad por la invitación de un amigo ciclista a pedalear durante una semana, empujado por las ganas de escapar del frío húmedo del invierno porteño.
Un viaje intempestivo y poco planificado se convirtió en una experiencia que excedió largamente el desafío deportivo y me enseñó que, muchas veces, la mejor manera de conocer un lugar es recorriéndolo a la velocidad que te lleva una bicicleta.
Bormio es un pequeño pueblo al norte de Italia, en la región de Lombardía, muy cerca de la frontera con Suiza, al final del valle de Valtellina, un corredor de 119 kilómetros que nace en el lago de Como y se interna entre montañas que parecen diseñadas. En teoría viven unos 4000 habitantes, aunque el dato es engañoso porque una ola de turistas que llegan durante todo el año multiplica varias veces su población.
El pueblo es conocido por estar al pie de uno de los grandes centros de deportes de invierno de Italia, pero además porque a pocos kilómetros se alzan otras importantes pistas como las de Livigno y las de Santa Catarina Valfurva. En 2026 fue escenario de las pruebas masculinas de esquí alpino y de esquí de montaña de los Juegos Olímpicos disputados sobre la imponente pista Stelvio. Pero cuando desaparece la nieve, cambia el paisaje humano. Las botas de esquí dejan lugar a las zapatillas con calas, los cascos reemplazan a los gorros de lana y las bicicletas dominan sus calles.
Durante el verano, miles de ciclistas llegan para enfrentarse a tres nombres que despiertan una mezcla de respeto y fascinación: Stelvio, Mortirolo y Gavia. No son simples pasos de montaña. Son escenarios legendarios del Giro de Italia, catedrales del ciclismo donde se escribieron algunas de las páginas más memorables de este deporte.
Existe un privilegio que distingue al ciclismo de otros deportes: cualquier aficionado puede recorrer el mismo camino que transitan los mejores corredores del mundo. No hay circuitos exclusivos ni escenarios inaccesibles. Basta con subirse a una bicicleta y comenzar a pedalear. Esa posibilidad de compartir el mismo asfalto que, apenas unas semanas antes, recorrieron los protagonistas del Giro tiene algo de ceremonia íntima. La diferencia de velocidad entre unos y otros es abismal, pero la emoción de transitar esos paisajes probablemente sea muy parecida.
Confieso que llegué con una mezcla de entusiasmo e ingenuidad. Imaginaba jornadas exigentes, aunque nunca supuse hasta qué punto aquellas montañas pondrían a prueba mis piernas y mi voluntad.
El escritor Carlos Ruiz Zafón dijo que “las casualidades son las cicatrices del destino. Somos títeres de nuestra inconsciencia”. La frase volvió una y otra vez a mi cabeza. Las pendientes obligaban a avanzar a una velocidad apenas superior a la de un caminante. Cada curva parecía prometer un descanso que nunca llegaba. El pulso disparado, mi corazón con pretensiones de escaparse de mi pecho y la respiración ruidosa se peleaban con mis piernas, que empezaban a negociar con la cabeza cuánto esfuerzo más estaban dispuestas a soportar.
El premio llegaba después, aunque tampoco era sencillo disfrutarlo. Las interminables bajadas obligaban a descender a más de 70 kilómetros por hora por rutas angostas, con curvas cerradas y precipicios que invitaban más al respeto que a la contemplación. Mientras apretaba los frenos, no podía evitar pensar en los automóviles deportivos que subían en sentido contrario y confiar en que ninguno invadiera mi carril. La adrenalina de esos descensos fue tan intensa como el agotamiento acumulado durante las trepadas.
El viaje fue organizado por Alejandro Carcano, un experimentado ciclista argentino que desde hace años recorre esta región y la conoce como si fuera el patio de su casa. Gracias a él descubrimos rutas y rincones que difícilmente aparecen en las guías turísticas. Pero, sobre todo, logró algo más difícil: que un grupo heterogéneo de personas que apenas se conocían terminaran compartiendo la semana como si fueran amigos de toda la vida.
Rutas aptas para todos
Con el paso de los días comprendí que el verdadero atractivo de Bormio no estaba únicamente en las montañas. El ciclismo es apenas la puerta de entrada a un universo mucho más amplio, donde la naturaleza, la gastronomía, la hospitalidad de su gente y una forma pausada de vivir terminaban dejando una huella en mí.
Uno de los primeros prejuicios que abandoné fue creer que este tipo de viajes estaba reservado exclusivamente para deportistas entrenados. Hoy las bicicletas eléctricas de asistencia al pedaleo permiten que personas con distintos niveles de preparación puedan recorrer estos caminos sin convertir cada subida en una tortura. No reemplazan el esfuerzo: simplemente lo acompañan. El motor solo actúa cuando uno pedalea y multiplica la fuerza aplicada, haciendo posible disfrutar recorridos que de otro modo serían inaccesibles para muchos viajeros.
Yo elegí una bicicleta de ruta tradicional, con cuadro de carbono, cambios electrónicos y frenos a disco, indispensables para enfrentar descensos tan largos como vertiginosos. Estaba convencido de que esa era la única manera de vivir la experiencia completa. Sin embargo, la montaña tiene la virtud de relativizar las certezas.
Después de una jornada que superó los cien kilómetros y acumuló un desnivel que parecía no terminar nunca, acepté probar una bicicleta eléctrica que había dejado uno de mis compañeros. La experiencia me permitió entender por qué cada vez más viajeros las eligen para recorrer los Alpes. No eliminan el esfuerzo, pero democratizan la montaña y permiten que personas con diferentes edades y estados físicos puedan disfrutar de paisajes que antes parecían reservados para unos pocos.
También aprendí que esa ayuda tiene límites. La batería se agotó cuando faltaba apenas un kilómetro para coronar el paso Gavia. Ese último tramo, sin asistencia y con una pendiente que parecía empinarse todavía más, fue probablemente el momento de mayor sufrimiento físico del viaje.
Durante el verano, los Alpes italianos muestran una cara muy distinta de la que solemos asociar con la nieve. Las montañas se cubren de un verde esmeralda brillante, los bosques descienden hasta los pueblos y los prados parecen peinados. A diferencia de buena parte de la cordillera argentina, aquí la presencia del hombre se mezcla con el paisaje.
Mientras uno pedalea, aparecen vacas que pastan con parsimonia, identificadas por el sonido inconfundible de los cencerros; pequeños refugios de montaña donde el sabor de un ristretto y un cannoli te acercan al paraíso; huertas familiares con tomates, albahaca y flores impecables; casas de piedra que parecen detenidas en el tiempo y, al mismo tiempo, automóviles deportivos estacionados frente a construcciones que conservan varios siglos de historia. Todo convive con una sutileza que pensar que todo esto no es parte de un plan hace dudar al más rabioso de los ateos.

El valle de Valtellina está formado por una sucesión de pueblos separados por pocos kilómetros. A primera vista parecen iguales; basta detenerse unos minutos para descubrir que cada uno tiene una personalidad propia. Casi todos se organizan alrededor de una iglesia cuya torre domina el paisaje desde el punto más alto. A su alrededor se despliega un entramado de callejuelas estrechas, pisos empedrados y viviendas construidas en piedra y madera que casi siempre conforman un balcón enfrentado a la montaña y surcado por un río de agua.
La explicación de esa arquitectura repetida no responde a una cuestión estética, sino práctica. Durante siglos, las casas debían concentrar en un mismo edificio los espacios destinados al trabajo, el almacenamiento, los animales y la vivienda. Los pisos superiores, más alejados de la humedad y del frío, quedaban reservados para la familia. Muchas de esas construcciones siguen habitadas por distintas generaciones y otras fueron convertidas en pequeños hoteles sin perder su identidad.
Hay algo reconfortante en recorrer lugares donde la modernidad no destruyó la memoria. En Valtellina, el paso del tiempo parece haber agregado capas, no reemplazado unas por otras.
Polenta y tiramisú
Y después está la comida. Quien dice que viaja a Bormio únicamente para esquiar o pedalear probablemente omite una parte esencial de la historia. La gastronomía constituye por sí sola una razón suficiente para viajar. Pastas caseras, polenta, carnes, pescados de montaña, quesos elaborados en la región y una infinidad de embutidos convierten cada cena en una celebración. El inevitable tiramisú termina de confirmar que las calorías, al menos durante las vacaciones, deberían contabilizarse con cierta indulgencia.
Volví de Italia con la satisfacción de haber coronado el Stelvio, de haber sobrevivido al Mortirolo –ese puerto que el Giro convirtió en una leyenda por la crudeza de sus pendientes– y de haber alcanzado los 2600 metros del Gavia frente al lago Bianco, uno de esos paisajes que permanecen intactos en la memoria.
Sin embargo, con el paso de los días entendí que esos logros deportivos terminaron siendo casi una excusa. Lo que realmente traje de regreso fue la certeza de que el movimiento cambia la manera de mirar un lugar. Pedalear obliga a bajar el ritmo, a prestar atención a los sonidos, a los aromas y a transitar al ritmo de nuestras piernas con una mirada contemplativa. La velocidad y la perspectiva de una bicicleta enriquecen.

A veces asociamos el bienestar únicamente con el descanso. Bormio me enseñó que también puede encontrarse en el esfuerzo, en el desafío y en esa agradable fatiga que aparece después de haber hecho algo que parecía imposible. Quizá por eso los viajes menos planificados suelen ser los que permanecen más tiempo con nosotros: porque, sin proponérselo, terminan cambiándonos un poco.

Datos útiles
Alquiler de la bicicleta
El valor del alquiler de una e-bike va de 45 a 80 euros diarios de acuerdo con la calidad. Las mountain bikes y las bicicletas de ruta, entre 60 y 85 euros. En todos los casos son marcas de primera calidad, con cuadro de carbono, frenos a disco y cambios electrónicos.
Es posible alquilar todo el equipo necesario, desde el casco (que es obligatorio usar) hasta zapatos de ciclismo (incluyen un sistema de ajuste a los pedales). Para quien no está familiarizado, también puede usar zapatillas tradicionales.
Es recomendable alquilarla porque el costo de despachar una bicicleta es alto y, además, requiere un embalaje muy cuidadoso, porque en los aviones el tratamiento que se le da no siempre es el adecuado.
Recorridos
En las oficinas de turismo de Bormio y en los lugares de alquiler de bici proporcionan información respecto de los recorridos. Todo está muy bien señalizado, por lo que es amigable para quien va solo, sin un grupo o guía.
Alojamiento
Hay varias posadas que hacen sentir como en casa, con anfitriones que esperan con la mesa lista luego de la bicicleteada.
