
A casi siete años de los crímenes, las apelaciones siguen abiertas y el caso continúa generando interés
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El hombre se acomoda la corbata frente al reflejo oscuro de un vidrio. Lleva el cabello peinado hacia atrás, una camisa prolija y gesto serio. A simple vista podría ser confundido con alguien que espera una entrevista de trabajo o una audiencia de rutina. Pero hay algo que rompe la imagen: los tatuajes que le cubren el rostro, dibujos negros que avanzan sobre su piel y obligan a detener la mirada en ellos.

