
Un diván impecable, frascos con nombres difíciles de pronunciar y un silencio que guardaba demasiado; detrás de esa fachada, se escondía un abismo que pocos lograron ver a tiempo
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La puerta se cerraba con un clic suave, como si el ruido también estuviera sedado. Adentro, una música tenue, frascos con nombres difíciles de pronunciar y un diván impecable que parecía prometer sosiego. Nadie gritaba ahí: se hablaba en voz baja, se asentía, se confiaba. De ese cuarto salían certezas nuevas y pequeños olvidos, como si alguien hubiera aprendido a apagar luces dentro de la cabeza. Pero el silencio que se refugiaba detrás de esas paredes no era normal. ¿Qué secretos podía esconder un lugar que parecía hecho para curar?

