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La llama de una vela apenas alcanzaba para iluminar los platos de sopa. Afuera hacía frío. Adentro, entre las paredes descascaradas de una antigua discoteca abandonada, un grupo de inmigrantes dominicanos intentaba terminar el día como podía. Algunos hablaban en voz baja. Otros simplemente comían en silencio. Eran cerca de las nueve de la noche del viernes 13 de noviembre de 1992 y nadie imaginaba que, en cuestión de segundos, aquel refugio improvisado se transformaría en una escena de horror.




