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El silencio fue lo primero. Cuando Patrick Clancy abrió la puerta de su casa en Summer Street, en Duxbury, Massachusetts, no escuchó el ruido de la televisión, ni los pasos de Cora corriendo por el pasillo, ni la voz de Dawson jugando, ni el llanto de Callan. Apenas unos minutos antes había salido a buscar un medicamento para su hija mayor y retirar la comida que su esposa había pedido en un restaurante.




