
“Soy el hombre perfecto”, escribió Elliot Rodger antes de matar, sin saber que su rostro, quieto frente a una cámara, sería la máscara de una tragedia que hizo historia
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La imagen es nítida. Un joven de rostro aniñado se acomoda frente a una cámara. Afuera, cae el atardecer sobre Isla Vista, una pequeña comunidad estudiantil ubicada en la costa sur de California, junto a la ciudad de Santa Bárbara. Él sonríe. Pero hay algo perturbador en esa sonrisa. No hay música. No hay palabras al principio. Solo una calma espesa, contenida. Cuando por fin habla, su voz es pausada, pulida, casi teatral.

