
El Primer Comando Capital se transformó en la mayor fuerza narcoterrorista que está activa en la región y avanza con el plan de conquista que habían pensado las FARC
En octubre de 2000 los ministros de Defensa americanos se reunieron en la amazónica ciudad de Manaos. En la agenda del secretario norteamericano William Cohen figuraba un tema prioritario: el Plan Colombia, el llamado a una reacción continental para contener lo que se vislumbraba por entonces como derrame de violencia en manos de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Sobrevolaba ese encuentro el concepto de “nuevas amenazas”, la idea que los militares debían capacitarse para hacer frente a riesgos diferentes al choque entre ejércitos nacionales. El mundo estaba a menos de un año del ataque del 11 de septiembre. Pero en ese momento, en el norte de Brasil, los debates pasaban sobre la posible fusión de la guerrilla colombiana con sus tambaleantes carteles de drogas, en una unión que derivaría en la idea de narcoterrorismo. Todos miraban fuera de la frontera brasileña, sin saber que germinaba dentro el enemigo que iniciaría finalmente ese ciclo de combate urbano de baja intensidad. El Primer Comando Capital era solo una fuerza de autodefensa de delincuentes paulistas. Nadie puso sobre la mesa de ese cónclave una carpeta con la sigla que hoy provoca temor tanto en las fuerzas policiales como en el submundo criminal: PCC.

