Aníbal Pez, "inventor de porquerías"

El hombre es santafecino; lo llaman Pesito y restaura objetos viejos en un galpón convertido en museo
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3 de diciembre de 2001  

SAN JUSTO, Santa Fe.- Pasar de largo sería perderse un lugar para el asombro, un espacio que guarda un tiempo de sorpresas, un recorrido del pasado y que se atreve al presente, una muestra de las cosas que fueron y aún son, y la alquimia de un hombre que parece dar vida hasta al pedazo de fierro más oxidado.

Porque aquí, a un costado de la ruta 11, donde el mojón marca 566 y el tanque de zinc de un molino se convirtió en cartel giratorio en el que se lee "Pesito", existe un terreno, más bien un jardín, donde lo viejo parece florecer y, lo que pudo ser un recuerdo, funciona. Es más que un anticuario, también puede ser museo o un completo galpón de campo con hierros añorados. Y, si lo que resta pareciera menos, aunque sea, es chatarra convertida en arte.

Y Aníbal Sixto Pez (Pesito) puede ser herrero, restaurador, artesano y hasta inventor, pero nunca chatarrero. Pesito, de 64 años, nació en Gobernador Crespo y, cuando cumplió ocho, ya trabajaba de cadete en el almacén de ramos generales de Battistuti Hnos.

Cuando llegó a los 17, uno de los dueños lo llamó al escritorio, le sirvió una granadina Cousenier y le dijo: "Si no estás apurado, quiero hablar con vos", para anunciarle que a partir de la mañana siguiente era comprador y nuevo jefe de la firma.

Después, Pesito se independizó, tuvo su almacén y bazar, "pero en el 66 las cosas me fueron mal", dice. Se repuso con la compra y venta de antigüedades. "Hace siete meses, otra vez volví a cero y aquí me ve, en San Justo, empezando de nuevo, comenta.

Y se lo ve mostrando con orgullo un motor Peters naftero que ya tiene un siglo, todavía funciona y durante años movió las amasadoras de la panadería de la familia Suñer. Se detiene ante un extraño ornamento: "Mire, con una garrafita, una llave vieja, dos arandelas, un disco de arado y una cuchara de albañil formé esta figura como adorno de jardín. Es un mosquito, aunque queda mejor que digamos colibrí, ¿no? En realidad, yo no soy un artesano, sino un inventor de porquerías".

Por eso, además de restaurar, dice que le cambia la cara a las cosas. Como una balanza y la base de un ventilador que se convirtieron en mesa; una vinoteca hecha de herraduras; el sillón con el espaldar de una cama y dos ruedas de un guinche de fardos de lino como patas; la bodega en el lateral de una jardinera y el asador con la base de una cocina.

Entre aspa y aspa

El viento norte sopla en el jardín de la creatividad y el cartel de "Pesito" gira despacito: "Lo hace lentamente, porque una aspa frena a la otra", explica sonriente.

Después, se pasea entre lo restaurado: sulkys, jardineras, guinches, guadañadoras y una espigadora de principios de siglo. Y comenta: "Esto sí es medio como un museo". Entonces, muestras algunos lujos: una desnatadora marca Alfa Laval N° 5, impecable y funcionando a manija con una marcha de 5000 revoluciones y que hace sonar un timbre cuando se pasa de vueltas. Está en venta y vale 900 pesos. Como la balanza Toledo ($ 1200), a cilindro, sin resortes y de 96 años.

Pez anuncia que levantará un museo de barro recreando un viejo bar que también estará en funcionamiento: "Será como esos boliches que cuenta Landriscina (Luis), con fiambrera, campana, heladera a hielo y la gente, que no puede faltar para el vermut".

Otras rarezas aparecen correctamente desparramadas por el terreno: una caja portayarará, un malacate para sacar agua, una sobadora de pan, una amasadera de pinotea y un lanzallamas para matar langostas.

Después, centenares de elementos antiguos: "Póngale que son miles, con toda tranquilidad". Frenos, afeitadoras, navajas, linternas, candados, billetes, fonógrafos, monedas, vitrolas, faroles, arañas, candelabros, repuestos de motocicletas y mucho más.

Sobre una pared se observa, embalsamada, la cabeza de un surubí que debió haber pesado 60 kilos; una bomba inglesa de 1671; araditos y carpidores mancera. Sobran herramientas viejas como serruchos, palas o una hoja inglesa afilada para cortar cualquier trigo. y, más allá, todo lo de un viejo galpón de estancia: tijeras de tusar, ruedas, rejas, poleas, balancines, yunques, aspas, marcas o bolilleros de molinos.

Una cocina económica Carelli también tiene precio: "Cuesta 190 de los míos", responde el hombre.

¿Cuánto?, se le vuelve a preguntar. "190 pesitos , como me llaman a mí".

Aníbal Sixto Pez sigue contando historias de sus objetos, de esas piezas de museo, de anticuario, de chatarras vueltas algo de arte o, como él dice, "inventos de porquerías". El cartel de zinc gira y Pesito camina por el jardín entreverándose con sus flores de madera y hierro.

Algún auto pasa de largo, otro se detiene. Es que es una sorpresa agradable conocer lo de Sixto Pez.

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