
Cómo se les explica a los chicos la muerte de Tomás
Aún horrorizados por el impacto del asesinato de Tomás, nos cabe a los adultos la dura tarea de hablar con nuestros hijos, aun con los pequeños. Las aberraciones del delito, que se cobran vidas humanas con tal nivel de salvajismo, hoy nos atraviesan a todos. Más aún, en los últimos tiempos, los niños parecen ser los rehenes elegidos para el ejercicio de la violencia extrema. Son sus víctimas, son la carnada usada para extorsionar, para saldar deudas.
Nos avergüenza, como padres, como docentes, como profesionales y también como sociedad, tener que explicar a nuestros niños lo impensable, que los adultos son capaces de ejercer una violencia asesina.
¿Qué decir? ¿Cómo ponerles palabras al exceso, al delito, a la sinrazón? ¿Cómo contenerlos frente a los miedos que aparecen en torno a las inevitables identificaciones con un niño que desaparece en el camino de la escuela a su casa? ¿Cómo justificar que ese sendero que recorre todos los días, de repente, se haya convertido en una trampa mortal?
Las evidencias de la impunidad, de las manifestaciones desesperadas de dolor; las imágenes de muestras barriales solidarias circularon con mucha presencia en todos los hogares argentinos. De ellos fueron protagonistas y testigos las familias en su conjunto.
No es información aquello que les falta a nuestros hijos. Más aún, en muchos casos, es recomendable evitar quedar paralizado indefinidamente frente a las escenas del horror que se reiteran sin pausa.
Somos responsables de ayudar a regular, ajustar y dosificar la información para poder reflexionar sobre lo sucedido, para escuchar qué preguntan nuestros hijos, para poder entender qué les asusta, qué cosas y situaciones les preocupan.
Porque las formas de ser afectados son singulares. La violencia angustia y aterra a los niños en sus múltiples formas de expresión y en sus diversas gradaciones. Agresiones, fuertes peleas entre padres, descuido y maltrato dentro de la familia son expresiones actuales de desamparo a los hijos.
Una suerte de abuso y alienación, cuyas dimensiones no son suficientemente tenidos en cuenta. Los niños esperan de sus padres que sean soportes confiables que los protejan y resguarden.
Somos responsables de ayudar a entender y a procesar estas injusticias inadmisibles, como el asesinato de Tomás, que nos toca atravesar hoy como sociedad. Al abrirnos al diálogo con nuestros hijos hay mucho por transmitir y rescatar: la importancia de la solidaridad, el compromiso, la necesidad de ser más tolerantes con nuestros otros.
Somos también responsables de enseñar a vivir en la legalidad. Desmentir nuestras miserias, o permanecer indiferentes a los golpes que hoy destruyen tanta vida, tiene efectos tan lesivos como la violencia misma.
La autora es psicoanalista, especialista en niñez y adolescencia
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