
En la calle Arenales, un edificio adopta a sus residentes
Los ocupantes recuerdan su historia
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El actor Jorge Marrale, que vivió allí de 1991 a 1994, rectifica: "No éramos residentes, sino cómplices ". Aclara el concepto al señalar la rareza de un lugar "que terminaba por transmitir a todos la sensación de que vivíamos en algo así como un sitio confidencial".
Desde el frente, el edificio del 2686 de la calle Arenales casi Anchorena, en Barrio Norte, presenta una extensa fachada estilo Tudor, de extraordinario parecido con la del edificio Dakota, de Nueva York, ante el cual fue asesinado John Lennon. Innumerables graffiti la cubren por completo, empañando la magnificencia que tuvo la construcción, cuando fue erigida en la década del 30.
Pero si el punto de observación se traslada a la esquina, la torre surge como una de las más singulares de la ciudad. Sus seis plantas -con dos departamentos en cada una-se asientan sobre un triángulo irregular, cuya profundidad máxima es de 5,80 metros, y la mínima, de sólo 3,70 metros.
Como decorado teatral
La dimensión frontal, de casi 28 metros, insinuaba una amplitud que no existe. Podría compararse con un decorado teatral. Parece faltar algo después . Materia, concretamente. Produce una especie de vértigo.
Autor de la desafiante obra fue el arquitecto Héctor Bengolea, creador de mansiones porteñas, entre ellas la que ocupa la embajada del Líbano, sobre Avenida del Libertador, el hotel Constitución y varios chalets marplatenses.
Herminia Franqueiro, del 4° B, es la propietaria más antigua. Advierte que, a sus 89 años, la memoria le está "jugando una mala pasada" y que no recuerda cuándo dejó San Isidro para irse a vivir allí con su padre pero, curiosamente, agrega: "Sí sé que fue un 15 de mayo y que era feriado" (por el día de San Isidro Labrador) .
Las unidades B, como las A, poseen dos ambientes, con cocina y baños completos, pero son los que asumen la "triangularidad", de modo que resultan menos amplios, principalmente los baños, y carecen de acceso a la terraza. En cambio, unos y otros tienen hermosas arcadas góticas, ventanales y ornamentos.
Gente de primera
El embajador Juan José Arias Uriburu estuvo en el A del 3°, entre 1993 y 1996. "Los de ese lado, que da a la calle Ecuador, son un poco más cómodos y alargados, medio tipo chorizo", describe. "Puse una biblioteca frente al baño, para disimularlo, porque se veía desde el living. ¡Era demasiado chico!"
Y recuerda a Herminia por su amabilidad y calidez.
"En realidad, era toda gente de primera. La excepción fue una bruja joven, que se emborrachaba y metía ruido. Una noche la tuvieron que sacar en ambulancia", recuerda.
Respecto de los graffiti, el diplomático los atribuye a los muchachos del barrio, que por la noche aprovechan la escasa iluminación que tiene ese tramo de Anchorena.
"Son muy constantes. Vuelven siempre a pintarlos cuando se contrata a alguien para que los limpie. Pero el problema, conmigo, es que quise tener un quincho y una parrilla. Lo vendí enseguida", comenta.
El abogado Néstor Sabuqui Bermolen es una especie de ex veterano del edificio, en el que vivió 10 años, desde 1986.
Entre quienes fueron sus vecinos, menciona a Julia Borobio, una de las primeras mujeres que que obtuvo en el país el brevet de aviadora, y que después brilló como titiritera, ofreciendo espectáculos gratuitos en hospitales.
"Consiguió esa vivienda por mediación de Eva Perón, pese a que era acérrima antiperonista. Murió allí en 1996", añade.
El abogado se asocia a la frase de Marrale sobre la fuerte interacción entre el edificio y sus ocupantes. "Si se quiere vivir allí, él es quien lo decide", afirma. "Las tristezas y las alegrías eran genuinamente compartidas. Por ejemplo, siempre se mantuvo la costumbre de festejar los cumpleaños. No creo que haya muchos lugares en los que se haga algo así", dice Sabuqui Bermolen, con tono nostalgioso.





