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NUEVA YORK.- Los médicos están cada vez más preocupados porque los fármacos para bajar de peso podrían estar impulsando nuevos casos de anorexia y porque existen pocas medidas de protección para resguardar a los pacientes con trastornos alimentarios.
Decenas de millones de pacientes toman actualmente estos medicamentos, que a veces pueden causar síntomas que imitan los efectos de la anorexia: caída del cabello, mareos, problemas gastrointestinales y déficits calóricos extremos.
“Llegado ese punto, la pregunta es: ¿eso es anorexia? ¿Eso es un trastorno alimentario? ¿O es simplemente un efecto secundario del medicamento?”, dijo Katherine Kiley, médica especializada en medicina familiar y deportiva en Long Beach, California.
Citando una “necesidad urgente” de orientación, una coalición internacional de especialistas en medicina de la obesidad, profesionales dedicados a los trastornos alimentarios y otros expertos publicó el mes pasado nuevas recomendaciones sobre la prescripción de GLP‑1 y los trastornos alimentarios. Entre sus propuestas para los médicos figuran evaluar a todos los pacientes en busca de signos de trastornos alimentarios antes de comenzar un tratamiento con GLP‑1 y monitorear de forma rutinaria a quienes los utilizan.
Ninguna de esas dos prácticas forma parte actualmente de la atención habitual. Tampoco la mayoría de los médicos está capacitada para reconocer los signos de los trastornos alimentarios, lo que puede limitar el alcance de las nuevas recomendaciones.
Lo que complica aún más las cosas es que muchas personas obtienen estos medicamentos a través de servicios de telesalud con poca o ninguna supervisión médica. En un estudio reciente, investigadores que intentaron comprar fármacos para bajar de peso en 49 sitios web descubrieron que solo alrededor de un tercio exigía una interacción directa con un médico antes de prescribirlos y que apenas la mitad preguntaba sobre antecedentes de trastornos alimentarios.
“Hemos empezado a recetar un medicamento muy, muy serio cuando todavía no conocemos completamente todos los efectos que puede tener”, dijo Vanessa Longley, directora ejecutiva de Beat, una organización benéfica británica que administra una línea de ayuda para personas con trastornos alimentarios.
Existen pocos datos sobre cuán frecuente es la anorexia entre quienes toman medicamentos para bajar de peso. Pero un estudio reciente que examinó el uso de GLP‑1 entre personas sin una necesidad médica aparente descubrió que la frecuencia de los trastornos alimentarios en ese grupo era seis veces mayor que en la población general. La investigación sugiere que muchas personas buscan estos medicamentos para alcanzar niveles peligrosos de pérdida de peso. Si no se trata, la anorexia puede provocar osteoporosis, fracturas óseas y problemas cardiovasculares y cognitivos. También puede ser mortal.
Incluso si un paciente revela antecedentes de anorexia, los médicos cuentan con poca orientación sobre qué hacer después. ¿Deben recetar el medicamento de todos modos? ¿O deberían retenerlo por ese riesgo, renunciando a sus posibles beneficios?
Un conjunto creciente de investigaciones sugiere que, para algunas personas genéticamente predispuestas a la anorexia, un estado de déficit calórico —como el inicio de una dieta— puede actuar como desencadenante de un trastorno alimentario. Sus cerebros parecen estar preparados para encontrar ese déficit particularmente gratificante, lo que genera un circuito de retroalimentación que las lleva a restringir todavía más la ingesta de alimentos. Los investigadores observaron que la cirugía bariátrica puede desencadenar anorexia de esta manera.
Hay razones para pensar que algo similar podría ocurrir en algunos pacientes que toman medicamentos GLP‑1.
“Es una situación de punto de inflexión”, dijo Cynthia Bulik, directora fundadora del Centro de Excelencia para Trastornos Alimentarios de la Universidad de Carolina del Norte, quien también integró el panel de expertos que publicó las nuevas directrices. “Los empuja hacia la activación de cualquier predisposición genética que puedan tener”.
Los medicamentos son “martillos neumáticos farmacológicos” para el apetito, dijo Amanda Banks, médica de Filadelfia que escribió un libro sobre el vínculo entre la anorexia y los fármacos para bajar de peso.
Eso es parte de lo que hace que estos medicamentos sean una terapia tan eficaz para las personas con obesidad. También explica por qué mostraron resultados prometedores en pacientes con trastorno por atracón.
Los médicos a veces identifican la anorexia a partir de sus síntomas físicos: pérdida de peso rápida e intensa, deshidratación, mareos y caída del cabello provocada por la desnutrición. Pero esos mismos síntomas también pueden ser efectos de los GLP-1, lo que dificulta identificar un trastorno alimentario.
También resulta difícil determinar si un paciente está restringiendo intencionalmente su alimentación o si el medicamento lo lleva a comer menos. Y no existe una respuesta clara sobre cuánta pérdida de peso puede considerarse excesiva cuando se utilizan fármacos diseñados precisamente para ayudar a las personas a adelgazar.
“Estamos viendo pacientes que llegan experimentando lo que llamaríamos una pérdida de peso patológica”, dijo Aaron Keshen, especialista en trastornos alimentarios de Nueva Escocia y coautor de las nuevas directrices. “Y están tomando GLP‑1”.
La línea que separa el uso de GLP-1 de los trastornos alimentarios se volvió tan difusa que algunos investigadores se preguntan si la definición clínica de anorexia debería modificarse para reflejar cómo puede manifestarse la enfermedad en personas que toman estos medicamentos.
También es una frontera difícil de distinguir para los propios pacientes. Cuando Amanda Martinez Beck, de 42 años, comenzó a tomar Ozempic para tratar su diabetes, nunca había recibido un diagnóstico de anorexia. Sin embargo, Beck, docente de escuela primaria, sabía que su relación con la comida no era saludable. Estaba obsesionada con intentar comer lo menos posible y entraba en crisis si sentía que había consumido demasiado.
Cuando empezó a tomar Ozempic en 2021, no comer se volvió fácil. Tenía que obligarse a terminar una comida. Por esa misma época, Beck, que durante años había sospechado que podía tener un trastorno alimentario, decidió consultar a una terapeuta. Finalmente recibió un diagnóstico de anorexia atípica, una afección que comparte los síntomas de la anorexia típica, pero que se presenta principalmente en personas con cuerpos más grandes.
Beck se mostraba reticente a tomar el medicamento por distintas razones, entre ellas la posibilidad de que agravara su trastorno alimentario. Le preocupaba que la pérdida de peso intencional pudiera tener consecuencias perjudiciales tanto para su salud física como mental.
Incluso dejó de tomar el medicamento durante tres meses, pero su nivel de glucosa en sangre aumentó de manera considerable y terminó retomándolo.
Los médicos se encuentran cada vez más con pacientes como Beck: personas con problemas médicos que pueden beneficiarse de estos tratamientos, pero que también presentan signos de trastornos alimentarios.
“Si empiezan a desarrollar hipertensión o diabetes tipo 2, necesitamos tratar eso”, dijo Bulik. “No podemos ignorarlo porque tengan antecedentes de anorexia”.
Incluso para alguien que presta mucha atención a su apetito, a Beck le resulta difícil distinguir entre los efectos del medicamento y los de su anorexia. Durante los primeros días después de la inyección semanal, cuando el efecto es más intenso, casi no siente hambre. Más avanzada la semana, el apetito reaparece, pero aun así se encuentra intentando restringir cuánto come.
Cada vez que se sienta a comer, se recuerda a sí misma: “No puedo hacerle caso a lo que me dice mi cerebro”, contó, “que es que no coma”.
Si bien las nuevas directrices representan un intento de reducir el riesgo de que los GLP-1 perjudiquen a pacientes con trastornos alimentarios, llevar esas recomendaciones a la práctica podría resultar difícil, especialmente debido al crecimiento de las prescripciones en línea.
“Si puedo decir: ‘Peso 75 kilos, tengo diabetes y tengo hipertensión’, y nada de eso es cierto, y nadie lo verifica, y aun así puedo recibir el medicamento en la puerta de mi casa a la mañana siguiente, eso es un problema”, dijo Banks.
Incluso los médicos que brindan una atención más directa a los pacientes que utilizan estos fármacos no siempre están bien posicionados para abordar los riesgos vinculados con los trastornos alimentarios. Los médicos de atención primaria, que con frecuencia prescriben estos medicamentos, suelen tener poco tiempo de consulta y deben atender una gran variedad de problemas de salud.
Además, los especialistas en obesidad y los especialistas en trastornos alimentarios, que podrían colaborar en el tratamiento de estos pacientes, rara vez tienen oportunidades de interactuar entre sí, señaló Melanie Jay, directora del Programa Integral de Obesidad de NYU Langone. Y los médicos especializados en obesidad cuentan con escasa orientación sobre cómo abordar la anorexia o incluso cómo reconocer sus signos.
“El mayor riesgo no es el medicamento”, dijo Longley, la directora de la organización británica Beat. “Es no reconocer el trastorno alimentario que tenés delante”.




