
Adriana Crisci empezó a trabajar cuando era estudiante de ingeniera agrónoma y se ganó un lugar en el área de floricultura; es de las trabajadoras con más antigüedad del lugar; ya cerca de la jubilación, repasa su historia
En la batea pueden entrar hasta 300 gajos que luego se convertirán en plantas. Van colocados en hileras, apenas separados por centímetros, clavados en tierra mezclada con un material volcánico con forma de piedras, o perlitas, que mantienen la humedad y aportan minerales fortificantes en las primeras etapas del enraizamiento. “Cuando vos crees que un tallo no tiene vida, quizás te sorprende y al sacarlo para descartarlo, encontrás raíces. La naturaleza tiende a subsistir, es algo que debemos aprender”, dice Adriana Crisci, mientras sostiene uno de los gajos que estaba seco en la parte visible, al exterior, pero radiante de vida bajo tierra. Esa es la primera enseñanza que deja ella entre cientos de plantas que esperan su turno para ser colocadas en los espacios públicos de la ciudad de Buenos Aires.
