
Se trata de un chalecito en Claromecó, de unos 30 metros cuadrados y levantado por pilotes que pertenece a siete hermanos
CLAROMECÓ.— El frente de playas de lo que hoy es esta localidad balnearia, allá por inicios del siglo XX, era un solo de mar y dunas. Los obreros rurales que se dedicaban a la pesca fuera de tiempos de cosecha construyeron las primeras y precarias casillas elevadas. Los dueños de campos llegaron unos años después y, siempre sobre la arena y ya con tirantes de madera más reforzados, montaron sus casas algo más amplias y firmes para pasar allí los meses de verano. Y el cemento tuvo una única aparición en escena: un chalecito de unos 30 m², distinguido por diseño y solidez en ese extremo norte de una hilera que tenía unas 60 propiedades.
