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NUEVA YORK.- Un caluroso día de verano, August Lamm se encontraba alegremente detrás de un puesto en Tompkins Square Park, ofreciendo una pila de folletos titulados “No necesitás un teléfono inteligente”. La portada mostraba la fotografía retro de una mujer acostada en el piso y hablando por un teléfono fijo. Lucía extasiada.
Lamm había ido al parque, en parte, para invitar a los participantes a un evento de “degradación” esa misma noche, en el cual guiaría a los adictos al teléfono hacia dispositivos menos conectados. La multitud deambulaba en silencio. Sus oídos estaban tapados con AirPods. Sus ojos miraban sus teléfonos. Las personas que más necesitan la ayuda de Lamm, según descubrió, son las menos propensas a levantar la vista y notarla.

Lamm, que tiene 31 años, fue como ellos alguna vez. Hace cuatro años era una influencer de arte con 200.000 seguidores en las redes sociales. Luego cambió su teléfono inteligente por un celular Nokia de la era de 2002. Más tarde, empeñó su computadora portátil. Ahora trabaja para desprenderse del correo electrónico. Y se convirtió en una defensora de la desconexión de la tecnología y, como ella lo expresa, de “recuperar tu vida”.
En el parque, Lamm vestía una parte de arriba negra de segunda mano con un clip para papel en lugar de un botón faltante. Parece algo fuera de su época, con el rostro libre de las tendencias de maquillaje de TikTok y su silueta liberada de las bermudas largas que aparentemente han llegado por envío directo a todos los de su franja etaria. No guiada por Google, no alimentada por DoorDash, sin coincidencias en Hinge, transita una versión de Nueva York donde aparentemente todos los demás están atrapados en un abrazo trágico con un dispositivo personal. Cuando sale a la calle, dice, es una de las pocas personas que se muestra alerta y dispuesta a interactuar.

Pronto, Louis Toledo, de 73 años, se acercó sigilosamente al puesto, con los cables blancos de sus auriculares colgando de su bolsillo en el pecho. “Los teléfonos, ¿eh? —dijo—. Nadie me llama”. Le contó a Lamm sobre su divorcio, su relación con sus hermanos, sus dificultades en la escuela primaria, su servicio en la Fuerza Aérea y su condominio en Puerto Rico, antes de regresar finalmente al tema del teléfono inteligente y su sospecha de que “el G5, G4, 5G, lo que sea” puede “matar tus espermatozoides”.
“Bueno —dijo Lamm, empatizando—, al menos ya no los necesitás.
Él veía las cosas de otra manera. “Escuchá, hoy tengo más para ofrecerte de lo que podrías imaginar”, dijo. “Podemos tener dos hijos y vivir maravillosamente en Puerto Rico”. Ella le preguntó si estaría dispuesto a deshacerse de su teléfono inteligente, y cuando él dijo que no, ella sonrió con tristeza. “Eso es un obstáculo insalvable para mí”, dijo.
Una pareja joven se acercó, blandiendo un teléfono con tapa. Habían estado experimentando, dijeron, con salir de casa con un solo teléfono inteligente entre los dos. Los transeúntes preguntaron si Lamm estaba afiliada a empresas de teléfonos básicos, a los luditas o al Verano Ludita.

En los últimos años, la resistencia a los teléfonos inteligentes creció: existe la reunión semanal sin teléfonos de Brooklyn, Phone Free Adelphi; el desafío grupal de 30 días, Month Offline; el boletín quincenal de eventos tecnocríticos NYC Off Tech; y el Luddite Club, con filiales desde la Escuela Secundaria de Santa Monica hasta Estocolmo, Suecia.
Lamm surgió como una especie de referente de esta escena, escribiendo sobre su propia experiencia al despojarse de la tecnología y animando a sus pares a reemplazar el desplazamiento mental sin sentido por libros reales. Ahora está vendiendo uno: tras vender 20.000 copias de su fanzine autopublicado de US$10 “No necesitás un teléfono inteligente”, Vintage publicó esta semana una edición de bolsillo actualizada y ampliada bajo el mismo título.
Es una guía práctica para una vida posterior al teléfono inteligente: Lamm dibuja sus propios mapas y revisa su correo electrónico una vez por semana en la biblioteca pública. Aconseja llevar un espejo compacto y una baraja de cartas, como si transmitiera textos antiguos. El libro es también un relato profundamente observado de lo que todos los demás se están perdiendo. “Irónicamente, mirar las pantallas es la forma en que bloqueamos el triste estado de nuestros espacios públicos”, escribe. “No soportamos enfrentarnos a una multitud de almas indiferentes. Es un rechazo masivo”.
Después de una hora y media en el puesto, Lamm guardó sus materiales y los arrastró bajo la sombrilla de la vereda de un local de poke cercano. Había dormido poco. La noche anterior había asistido a una fiesta de cumpleaños del editor de un fanzine de baja tecnología y fuera de línea, y “como sucede cuando no tenés un teléfono inteligente, no hice el viaje en tren ideal de regreso a casa”, dijo.
La degradación es lo inverso a la optimización. Es un camino extraviado, tanto logística como socialmente. “Me siento muy desactualizada”, dijo Lamm sin preocupación. “La gente ya no siente la necesidad de comunicar ninguna tendencia cultural en la vida real, porque asume que la estás recibiendo en línea”, dijo. “No sabía quién era Chappell Roan desde hacía como un año”.
Mientras terminábamos nuestros tazones de arroz, empezó a llover, lo que tomó a Lamm por sorpresa. Pronto estuvo azotando el Lower East Side. Se formó un arroyo por la avenida A, corriendo hacia su evento de “degradación”. Le preocupaba que la tormenta redujera la concurrencia.
“Realmente necesito empezar a mirar el clima”, dijo. “Necesito que me envíen un diario a mi casa”.
Lamm obtuvo su primer iPhone poco después de tener su primera menstruación. Era, escribe en el libro, “un cofre del tesoro”, una “docena de regalos en uno”. Más tarde le traería un premio mayor: lo aprovecharía para convertirse en una artista profesional, una que se ganaba la vida no a través de conexiones en el mundo del arte sino a través de seguidores en las redes sociales.
Después de la universidad, donde Lamm estudió Historia del Arte del Sur de Asia, retomó el rayado cruzado, un estilo de dibujo forjado en la Edad Media que reposicionó hábilmente para la era de Instagram. Mientras trabajaba de día en una heladería en Berlín, ganó seguidores en línea por dibujos de diminutos animales de tinta que fotografiaba junto a un bolígrafo en una especie de ilusión digital: un koala parece abrazar el cuerpo del bolígrafo; una paloma se posa en la punta sin tapa. Lamm también posó para Instagram, donde se había transformado en un tipo reconocible: una artista independiente de la década de 2010, con flequillo y jeans ajustados de tiro alto. Vendía dibujos y sesiones de consulta a sus seguidores, así como una guía en línea sobre cómo ellos también podían ganarse la vida como artistas en las redes sociales.
Se supone que el arte en Instagram es una de las partes más acogedoras de internet, pero para Lamm era muy estresante. Cuando sonó la alarma de incendio en su edificio de departamentos una mañana y se perdió de publicar su dibujo diario en el momento óptimo, sufrió un ataque de pánico en el césped. “Iba a perder mi credibilidad, mi posición en el algoritmo, mis ingresos si me tomaba ese día libre”, dijo.
Pero también descubrió que cuanto más emocional se mostraba en la aplicación, más atención recibía por su trabajo. “Cuando publicaba sobre estar ansiosa, tener una crisis nerviosa, pasar por una ruptura amorosa, vendía más”, dijo.
Se tomó un descanso de Instagram en 2022, pero no a propósito. Después de ingresar la contraseña incorrecta demasiadas veces, su cuenta fue bloqueada durante tres meses. El momento parecía catastrófico: tenía un libro sobre rayado cruzado próximo a salir que esperaba que fuera un puente hacia una carrera como escritora. Le habían diagnosticado un trastorno espinal degenerativo y, cuando este se agravaba, decía que le costaba dibujar y usar su teléfono. “No podía usar el pulgar”, dijo. Ahora, en la víspera de la publicación de su libro, su plataforma se derrumbó.
Cuando la cuenta de Lamm finalmente fue restaurada, sintió como si hubiera regresado a un Instagram diferente, uno gobernado no por fotografías estáticas sino por videos cortos en bucle. Meta le pagó unos cientos de dólares para hacer su primer reel, y se sintió abrumada por la cantidad de tiempo que requería: tiempo que podría haber dedicado a dibujar o a escribir. Su destierro de meses le había demostrado cuán dependiente era de las empresas tecnológicas.
Este conocimiento fue al principio aterrador y luego liberador. Para fin de año, había cambiado su teléfono inteligente por un modelo menos avanzado y había desactivado sus cuentas de redes sociales.
Sin teléfono, “recuperé la claridad mental”, escribe. Su memoria era tan aguda que, bromeando, llegó a preguntarse si podría ser una “genio tardía“. Leyó Anna Karenina y Moby Dick; grabó canciones folclóricas a modo de diario en su habitación, y escribió una novela, Lambing Season, basada en su experiencia al mudarse a una casa destartalada con un estudiante de piloto que conoció en internet. Se ganaba la vida tocando en la calle, escribiendo como freelance y vendiendo ese folleto, que respondía a todas las preguntas que le hacían sobre cómo sobrevivir sin un teléfono inteligente.
A veces, los extraños examinan la vida de Lamm y asumen que debe ser secretamente rica. Su verdadero secreto es vivir “muy barato”, dijo. “No es una existencia cómoda”.
Es una guía práctica para una vida posterior al teléfono inteligente: Lamm dibuja sus propios mapas y revisa su correo electrónico una vez por semana en la biblioteca pública. Aconseja llevar un espejo compacto y una baraja de cartas, como si transmitiera textos antiguos. El libro es también un relato profundamente observado de lo que todos los demás se están perdiendo. “Irónicamente, mirar las pantallas es la forma en que bloqueamos el triste estado de nuestros espacios públicos”, escribe. “No soportamos enfrentarnos a una multitud de almas indiferentes. Es un rechazo masivo”.
Después de una hora y media en el puesto, Lamm guardó sus materiales y los arrastró bajo la sombrilla de la vereda de un local de poke cercano. Había dormido poco. La noche anterior había asistido a una fiesta de cumpleaños del editor de un fanzine de baja tecnología y fuera de línea, y “como sucede cuando no tenés un teléfono inteligente, no hice el viaje en tren ideal de regreso a casa”, dijo.
La degradación es lo inverso a la optimización. Es un camino extraviado, tanto logística como socialmente. “Me siento muy desactualizada”, dijo Lamm sin preocupación. “La gente ya no siente la necesidad de comunicar ninguna tendencia cultural en la vida real, porque asume que la estás recibiendo en línea”, dijo. “No sabía quién era Chappell Roan desde hacía como un año”.
Mientras terminábamos nuestros tazones de arroz, empezó a llover, lo que tomó a Lamm por sorpresa. Pronto estuvo azotando el Lower East Side. Se formó un arroyo por la avenida A, corriendo hacia su evento de “degradación”. Le preocupaba que la tormenta redujera la concurrencia. “Realmente necesito empezar a mirar el clima —dijo—. Necesito que me envíen un diario a mi casa”.
Lamm obtuvo su primer iPhone poco después de tener su primera menstruación. Era, escribe en el libro, “un cofre del tesoro”, una “docena de regalos en uno”. Más tarde le traería un premio mayor: lo aprovecharía para convertirse en una artista profesional, una que se ganaba la vida no a través de conexiones en el mundo del arte sino a través de seguidores en las redes sociales.
Después de la universidad, donde Lamm estudió Historia del Arte del sur de Asia, retomó el rayado cruzado, un estilo de dibujo forjado en la Edad Media que reposicionó hábilmente para la era de Instagram. Mientras trabajaba de día en una heladería en Berlín, ganó seguidores en línea por dibujos de diminutos animales de tinta que fotografiaba junto a un bolígrafo en una especie de ilusión digital: un koala parece abrazar el cuerpo del bolígrafo; una paloma se posa en la punta sin tapa. Lamm también posó para Instagram, donde se había transformado en un tipo reconocible: una artista independiente de la década de 2010, con flequillo y jeans ajustados de tiro alto. Vendía dibujos y sesiones de consulta a sus seguidores, así como una guía en línea sobre cómo ellos también podían ganarse la vida como artistas en las redes sociales.
Se supone que el arte en Instagram es una de las partes más acogedoras de internet, pero para Lamm era muy estresante. Cuando sonó la alarma de incendio en su edificio de departamentos una mañana y se perdió de publicar su dibujo diario en el momento óptimo, sufrió un ataque de pánico en el césped. “Iba a perder mi credibilidad, mi posición en el algoritmo, mis ingresos si me tomaba ese día libre”, dijo.
Pero también descubrió que cuanto más emocional se mostraba en la aplicación, más atención recibía por su trabajo. “Cuando publicaba sobre estar ansiosa, tener una crisis nerviosa, pasar por una ruptura amorosa, vendía más”, dijo.
Se tomó un descanso de Instagram en 2022, pero no a propósito. Después de ingresar la contraseña incorrecta demasiadas veces, su cuenta fue bloqueada durante tres meses. El momento parecía catastrófico: tenía un libro sobre rayado cruzado próximo a salir que esperaba que fuera un puente hacia una carrera como escritora. Le habían diagnosticado un trastorno espinal degenerativo y, cuando este se agravaba, decía que le costaba dibujar y usar su teléfono. “No podía usar el pulgar”, dijo. Ahora, en la víspera de la publicación de su libro, su plataforma se derrumbó.
Cuando la cuenta de Lamm finalmente fue restaurada, sintió como si hubiera regresado a un Instagram diferente, uno gobernado no por fotografías estáticas sino por videos cortos en bucle. Meta le pagó unos cientos de dólares para hacer su primer reel, y se sintió abrumada por la cantidad de tiempo que requería, tiempo que podría haber dedicado a dibujar o escribir. Su destierro de meses le había demostrado cuán dependiente era de las empresas tecnológicas.
Este conocimiento fue al principio aterrador y luego liberador. Para fin de año, había cambiado su teléfono inteligente por un modelo menos avanzado y desactivado sus cuentas de redes sociales.
Con el teléfono fuera, “recuperé la claridad mental”, escribe. Su memoria era tan aguda que se preguntó fugazmente si podría ser un “genio de floración tardía”, bromea. Leyó Anna Karénina y Moby Dick, grabó canciones folclóricas diarísticas en su dormitorio y escribió una novela Lambing Season, basada en su experiencia mudándose a una casa destartalada con un estudiante de piloto que conoció en internet. Se mantenía tocando música en la calle, escribiendo como independiente y vendiendo ese folleto, que respondía a todas las preguntas que seguía recibiendo sobre cómo sobrevivir sin un teléfono inteligente.
A veces, los extraños examinan la vida de Lamm (es de Connecticut) y asumen que debe ser secretamente rica. Su verdadero secreto es vivir “muy barato”, dijo. “No es una existencia cómoda”.
Lamm contó que se fue de casa a los 16 años, poco antes de que su madrastra fuera encarcelada por dirigir una estafa piramidal desde la sala de estar. Cuando su padre falleció en 2024, Lamm tuvo que hacerse cargo de los gastos del funeral. El privilegio de un estilo de vida sin tecnología no es necesariamente del que disfruta la clase ociosa, que, según escribe, “dedica gran parte de su tiempo libre a las pantallas”.
En 2025, Hilary Redmon, directora de la sección de no ficción de Knopf, estaba trabajando desde casa un día cuando su hija, que estaba en la universidad, entró en su despacho mirando el móvil. “¿Has oído hablar de August Lamm?” —preguntó—. Tengo que deshacerme de mi teléfono.”
Redmon descargó un PDF del fanzine de Lamm y quedó impresionada por su estilo. “Causó un gran impacto en mi hija, que suele rechazar rápidamente a quienes intentan influenciarla”, comentó Redmon. Poco después, a Lamm le ofrecieron un contrato para dos libros: el libro contra los teléfonos inteligentes y su novela.
Lamm llegó a su evento de degradación en la discoteca 101 con un aspecto como si hubiera pasado por un aspersor, lo cual no le preocupó. Sin la práctica de la autovigilancia constante, había perdido “el reflejo de la autoconciencia”, dijo.
Se secó mientras se movía rápidamente por el lúgubre sótano, preparando sus diversas obras. Colocó un grupo de relatos cortos encuadernados, publicados por Loose Tooth Press, editorial que cofundó con su amiga Magdalene Kennedy.
Kennedy es una de las personas a las que Lamm llama desde su teléfono plegable cuando necesita que alguien acceda a internet por ella. “Estaba en la librería y me dijo: ‘Estoy buscando un libro sobre cómo tomar decisiones, ¿me lo puedes buscar?’ —contó Kennedy—. Lo intenté, pero había muchísimos libros sobre cómo tomar decisiones".
Junto a los artículos de Loose Tooth había ejemplares del nuevo fanzine de Lamm, “Archaic”, que no se puede leer ni comprar en línea. El primer número incluye una carta de Dave Eggers y poemas de Tao Lin.
Es una extensión del Centro para Redes Arcaicas de Lamm, un grupo que ella fundó y que está “dedicado al estudio y la recuperación de las redes humanas anteriores a las redes sociales”. Recientemente, gastó 100.000 dólares del anticipo de su libro para dar un pago inicial por una casa de 320.000 dólares en el norte del estado de Nueva York, donde vivirá y ofrecerá una residencia en la que los solicitantes podrán alojarse durante una o dos semanas y guardar sus dispositivos en una caja fuerte durante ese tiempo.
“Estoy muy emocionada de tener este privilegio que todos los demás en la historia de la humanidad tuvieron, que es simplemente vivir en una casa donde todos están presentes”, dijo.
Al final, la lluvia no impidió que decenas de jóvenes neoyorquinos asistieran al evento de Lamm. Gabriel Hurlbert, de 26 años, conoció a Lamm en una lectura literaria en el centro de la ciudad en 2024 y comenzaron a cartearse. Llegó a Nightclub 101 esa noche con dos teléfonos inteligentes, uno proporcionado por su empleador, Deloitte.
“Durante largos periodos, mi relación con el teléfono ha sido como la de un adicto a la heroína con la heroína”, dijo, aunque cree que el teléfono en sí es síntoma de un problema más profundo. “Realmente no he encontrado la raíz del malestar”, afirmó.
Sentada en un banco, Lamm sostenía una pequeña colección de teléfonos minimalistas que le había regalado Keyphone, patrocinador del evento; al final de la noche, los habría regalado todos. Se ha convertido en una especie de influencer ludita. Varias compañías de teléfonos básicos se han ofrecido a pagarle por una mención en su libro, y el equipo de marketing de su editorial le ha propuesto una colaboración con alguna marca. (Ella no está interesada).
Le pregunté a Lamm si había considerado reactivar su cuenta de Instagram, que tenía 180.000 seguidores y estaba inactiva, para el lanzamiento del libro. Nunca la había borrado del todo, por si acaso surgía alguna emergencia. «Para mí, esto no es una emergencia», respondió.
Cuando Lamm subió al escenario, la importancia de su proyecto quedó clara. Al luchar contra el teléfono inteligente, luchaba por su tiempo y por su salud mental, pero también por compañía. No soportaba hacerlo sola.
Lamm leyó un fragmento del libro en el que lamentaba que sus seguidores le dijeran a menudo que su fanzine les había cambiado la vida. Pero siguen teniendo teléfonos inteligentes. «En teoría apoyaban el movimiento, pero no podían participar personalmente», dijo. «Me deseaban lo mejor con mi activismo. No dudaban de que marcaría la diferencia».
Mientras hablaba, una mujer del público levantó su teléfono y amplió la imagen.




