Los dolores de cabeza trastornaban la vida de una mujer, ¿qué era?
El dolor intenso solo parecía aliviarse cuando estaba acostada
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NUEVA YORK.- La luz de la madrugada iluminaba su casa en Dover, Ohio, cuando la mujer de 62 años balanceó cuidadosamente las piernas por el borde de la cama y se puso de pie. Y ahí estaba: como una pinza que apretaba el lado derecho de su cabeza. El dolor se concentraba sobre la oreja derecha, le recorría el rostro y bajaba por el lado derecho del cuello. Respiró hondo. Otro día. Otro dolor de cabeza.
Durante la mayor parte de su vida, no había sido propensa a los dolores de cabeza. Pero eso cambió a comienzos de 2025, cuando aparecieron estos dolores que la atacaban apenas se levantaba por la mañana. Era una sensación de presión, siempre del lado derecho, y el ibuprofeno y el paracetamol apenas lograban aliviarla.
Dada la intensidad del dolor, la enfermera especializada que estaba a cargo de su atención primaria pensó que podía tratarse de migrañas. Le recetó un medicamento destinado a detener ese tipo de dolor de cabeza que cuando se toma apenas aparece. Sin embargo, como no es habitual comenzar a sufrir dolores de cabeza a esa edad y la madre de la paciente había padecido la ruptura de un aneurisma cerebral, la derivó a una tomografía computada de cabeza. Fue un alivio escuchar que el estudio era normal, pero la paciente necesitaba saber qué estaba causando ese dolor. Consultó a su oftalmólogo para averiguar si necesitaba anteojos nuevos. Efectivamente los necesitaba, aunque eso no ayudó. Su jefe instaló una pantalla sobre su escritorio para reducir el reflejo de la luz fluorescente. Ella se mostró agradecida, pero los dolores de cabeza continuaron.
Su médica de atención primaria seguía preguntándose si podía tratarse de un aneurisma y la derivó a un neurocirujano local. Después de escuchar su historia, la asistente médica del consultorio coincidió en que probablemente se trataba de migrañas y le recetó otro medicamento, propranolol, para tomar todos los días. Sin embargo, la posibilidad de un aneurisma seguía presente, por lo que también solicitó una resonancia magnética cerebral y una tomografía computada de los vasos sanguíneos del cerebro. La mujer se realizó ambos estudios unas semanas después. No tenía ningún aneurisma. Sus vasos sanguíneos eran normales. Su cerebro, sin embargo, no lo era.

Una explicación preocupante
Cuando la paciente vio el informe de la resonancia, se alarmó. Tenía, según decía el estudio, una condición llamada brain sagging o descenso cerebral. No sabía exactamente qué era, pero sonaba preocupante. Le dejó un mensaje a la asistente médica y, al no recibir respuesta, se asustó aún más. Llamó a su médica de atención primaria y la derivaron a otro neurocirujano, esta vez en la Cleveland Clinic.
Lo primero que pensó cuando vio a Mohammed Abdulrazzak en la sede de la Cleveland Clinic de Canton, Ohio, fue que parecía demasiado joven para ser médico y aún más para ser neurocirujano. Él se presentó y luego se sentó frente a ella.
—Escuché que tenés dolores de cabeza —dijo.
La paciente percibió un interés genuino mientras le relataba su historia. Le contó lo terribles que eran los dolores cuando estaba de pie, cuando se reía o incluso cuando hablaba. Cuando estornudaba, el dolor era insoportable. Y últimamente, además, esos dolores parecían estar afectando su memoria. Tenía que anotar las cosas para no olvidarlas. Los medicamentos para la migraña ayudaban, pero lo único que conseguía que el dolor desapareciera casi por completo era acostarse. Cuando dijo eso, creyó percibir un leve gesto de entusiasmo en los ojos del joven médico.
El descenso cerebral, le explicó Abdulrazzak, suele estar causado por la pérdida de parte del líquido cefalorraquídeo que amortigua y sostiene el cerebro. Cuando una persona se pone de pie, la gravedad hace que ese líquido, ya disminuido, descienda, provocando tensión sobre membranas y estructuras sensibles al dolor que rodean el cerebro. Acostarse alivia inmediatamente esa tensión. La historia de la mujer encajaba perfectamente con ese diagnóstico: un dolor de cabeza que cambia con la postura casi como si se accionara un interruptor, algo que rara vez ocurre con las cefaleas tensionales o las migrañas.
Abdulrazzak señaló las imágenes en blanco y negro de la resonancia. Incluso acostada, el cerebelo de la paciente descendía tanto que casi tocaba la base del cráneo, cerca del foramen magno, la abertura por la que emerge la médula espinal. Eso explicaba el aspecto de su cerebro en las imágenes. Le preguntó si había tenido alguna cirugía o traumatismo reciente. No había ocurrido nada de eso. Abdulrazzak no se sorprendió. Muchas de estas pérdidas de líquido aparecen de manera espontánea y nunca se identifica una causa clara.
La parte más difícil de esta enfermedad era encontrar la pérdida de líquido. La prueba necesaria, llamada mielograma, consiste en inyectar contraste en el espacio que rodea la médula espinal y luego realizar una tomografía computada para detectar por dónde se está escapando.
La prueba fue horrible. El aumento de presión provocado por la inyección del contraste hizo que le doliera toda la cabeza. Esperó ansiosamente los resultados. No apareció ninguna pérdida. Pero Abdulrazzak estaba convencido de que existía una. Había otro estudio, le explicó, disponible desde hacía poco tiempo, que podía ofrecer una imagen mejor. Incluso podían utilizar anestesia general para que no sintiera la presión provocada por el contraste. La mujer evaluó esa posibilidad y finalmente negó con la cabeza. Podía manejar los dolores de cabeza con medicación, dijo. Preguntó si era posible simplemente esperar y ver qué ocurría. Abdulrazzak le aseguró que sí y le pidió que regresara unos meses después.
Otra prueba
Durante un tiempo se sintió mejor. Pero algo más de un año después de que comenzaran los dolores de cabeza, los medicamentos dejaron de funcionar de manera repentina. Levantarse por la mañana se volvió casi una tortura y algunos días tenía que llamar al trabajo para avisar que no asistiría y quedarse todo el día en la cama.
A su mejor amiga le angustiaba verla sufrir de esa manera. Los fines de semana, ambas y sus esposos solían salir a escuchar música en bares de la zona. Pero la última vez que habían salido, la mujer tuvo que irse antes. La música, la gente, el ruido: simplemente era demasiado para ella.
En los últimos meses, su amiga no podía evitar notar lo agotada que se veía. Estaba pálida. Tenía ojeras. Y se olvidaba de las cosas con frecuencia. La manera en que repetía algunas historias le recordaba a la amiga a su propia abuela, que tenía Alzheimer.
—Tenés que volver a ver a ese médico y averiguar qué puede hacer —le dijo una noche, cuando la mujer atravesaba uno de sus peores dolores de cabeza.
Unas semanas después, la acompañó a la consulta con Abdulrazzak, quien programó el segundo estudio.
Para realizarlo, la paciente se acostó sobre el lado derecho. Después de sedarla, le introdujeron un catéter en la base del saco que contiene la médula espinal e inyectaron contraste. Luego inclinaron la camilla para permitir que el contraste subiera y resaltara toda la columna vertebral.
Y allí estaba la respuesta.
Un fino hilo de contraste llenaba una de las diminutas venas que salían del saco medular a la altura de la décima vértebra torácica, justo por encima de la parte inferior de la caja torácica.
Dos semanas después, Abdulrazzak introdujo un diminuto catéter a través del muslo de la mujer. Lo avanzó lentamente por el sistema venoso hasta llegar al pequeño vaso sanguíneo por el que se estaba filtrando el líquido cefalorraquídeo. Guiado por imágenes obtenidas mediante fluoroscopia, una técnica de rayos X en tiempo real, logró localizar con precisión el sitio de la fuga. Una vez allí, inyectó un material destinado a sellar completamente la vena.
Cuando la paciente despertó, Abdulrazzak le explicó que seguiría teniendo dolores de cabeza durante aproximadamente una semana. Su organismo había aumentado la producción de líquido cefalorraquídeo para compensar la pérdida. Ahora que esa pérdida estaba cerrada, tendría que reajustar lentamente esa producción, un proceso que demandaría cierto tiempo.
Regresó a su casa al día siguiente y, efectivamente, seguía teniendo dolor de cabeza. Pero, tal como le había anticipado Abdulrazzak, durante las semanas siguientes el dolor comenzó a disminuir poco a poco. También empezó a recuperar la memoria.
Sabía que la verdadera prueba llegaría cuando volviera a salir con su amiga y sus esposos.
Así que, unas seis semanas después del procedimiento, las dos parejas regresaron a uno de sus lugares favoritos. Hacía semanas que no tenía dolores de cabeza, pero temía que la música fuerte provocara el regreso de todo aquello.
Buscaron una mesa lo más alejada posible de los parlantes. Finalmente, la banda salió al escenario y tomó sus instrumentos.
El corazón de la mujer empezó a acelerarse. Pero cuando el guitarrista tocó el primer acorde, seguido rápidamente por el bajo, la batería y el teclado, sintió que los dolores de cabeza se habían ido para siempre y que, finalmente, su vida podía volver a la normalidad.
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