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NUEVA YORK.- Muchas personas que experimentaron trastornos mentales importantes acumulan diagnósticos con el tiempo, como sellos en un pasaporte. Yo tuve al menos seis. De chica, me diagnosticaron trastorno por déficit de atención e hiperactividad, o TDAH, porque, aunque leía a los 3 años, los ruidos, las luces y el jardín de infantes me abrumaban. A los 20 años, el diagnóstico fue trastorno por consumo de cocaína y heroína, lo que me llevó a rehabilitación. Allí, en una consulta psiquiátrica de cinco minutos, me diagnosticaron trastorno bipolar. Más tarde, sumé las etiquetas de depresión y trastorno obsesivo-compulsivo.
Después de leer un artículo de 2004 en The Times sobre el autismo, me di cuenta de que ese diagnóstico parecía encajar mejor que cualquier otro. ¿Sobrecarga sensorial? Sí. ¿Obsesiones intelectuales intensas, dificultades sociales, necesidad de uniformidad, conductas de autorregulación? Sí, sí, sí, sí. Mis otros diagnósticos parecían ser, en gran medida, el resultado de intentos por lidiar con esos aspectos de mi neurología.
Estoy lejos de ser la única que atravesó un proceso diagnóstico largo y extraño. Más de la mitad de las personas que califican para un diagnóstico también califican para otro a lo largo de su vida. Cuanto más temprano desarrolla una persona un trastorno, más probable es que experimente múltiples afecciones. Además, las investigaciones muestran que los riesgos genéticos asociados con los trastornos cerebrales no se limitan a categorías específicas: si los padres biológicos de una persona tienen, por ejemplo, depresión, esa persona no solo tiene un riesgo más alto de desarrollar depresión, sino que también puede ser más propensa a recibir un diagnóstico de trastorno de ansiedad, autismo o esquizofrenia. Y a veces, un diagnóstico es simplemente erróneo.
Esta alta prevalencia de diagnósticos superpuestos, conocida como comorbilidad, en la atención de la salud mental sugiere que las etiquetas que asignan los psiquiatras utilizando el Manual Diagnóstico y Estadístico de los Trastornos Mentales (DSM por su sigla en inglés) no funcionan como las de gran parte de la medicina. Es decir: los diagnósticos de salud mental muchas veces no definen patologías distintas y específicas. El exdirector del Instituto Nacional de Salud Mental Thomas Insel comparó el diagnóstico psiquiátrico con diagnosticar a alguien con un “trastorno de dolor en el pecho”, ya sea que ese dolor esté causado por un infarto o por acidez estomacal. Necesitamos un sistema mejor que ese.
A medida que los líderes de la psiquiatría avanzan en una revisión del DSM que esperan publicar en los próximos años, la mejora del diagnóstico ocupa un lugar central.
Una forma de abordar este problema es centrarse en los puntos en común entre los trastornos en lugar de en las diferencias. Algunos investigadores llegaron a sostener que existe un factor subyacente y compartido —o, más probablemente, varios factores— que provoca la mayoría de las enfermedades mentales. Avshalom Caspi, profesor de psicología de la Universidad de Duke, lo llamó el “factor p”, por psicopatología.
Entonces, ¿qué es la “p”? Un candidato es el trauma durante la infancia, que aumenta drásticamente el riesgo de casi todas las afecciones psiquiátricas, desde la ansiedad y la depresión hasta la esquizofrenia y los trastornos de la personalidad.
Otra posible “p” se encuentra en los genes que afectan el desarrollo cerebral. Por ejemplo, un estudio de 2023 publicado en la revista Nature Medicine encontró que las personas que tenían genes asociados con conexiones excesivas en las regiones frontales del cerebro —que regulan las respuestas emocionales y la conducta— también presentaban un riesgo más alto de numerosos trastornos mentales. Esto resulta especialmente llamativo porque durante la adolescencia y los primeros años de la adultez —cuando el 75% de las enfermedades mentales empiezan a manifestarse— el cerebro atraviesa un proceso de poda de conexiones redundantes o poco utilizadas.
En algunos casos, la “p” puede estar menos relacionada con una causa compartida de enfermedad mental y más con la manera en que los síntomas de una afección pueden generar angustia mental adicional. De hecho, mis diagnósticos muchas veces se reforzaban entre sí. Mi hipersensibilidad y mis dificultades para hacer amigos hicieron que sufriera acoso escolar, lo que contribuyó a la depresión. La depresión, el aislamiento y la sensación de sentirme abrumada por las experiencias me llevaron a desarrollar una adicción a las drogas. Quizás todo eso haya sido una respuesta a tener un cerebro hiperconectado, que algunas investigaciones vinculan tanto con habilidades asociadas al autismo, como el pensamiento sistemático, como con dificultades asociadas al autismo, como problemas sociales extremos.
Mientras algunos investigadores debaten cómo reescribir el DSM., otros están desarrollando alternativas que tengan más en cuenta la forma en que los síntomas se superponen. Una de ellas, conocida como Taxonomía Jerárquica de la Psicopatología, o HiTOP, clasifica los trastornos a partir de grupos de síntomas compartidos y características subyacentes comunes, conocidas como espectros. Por ejemplo, el espectro “internalizante” abarca síntomas relacionados con la angustia emocional, la ansiedad, la depresión y los problemas del estado de ánimo. El espectro “externalizante” está relacionado con la impulsividad y las conductas de riesgo.
HiTOP también reconoce que una enfermedad mental no funciona como un interruptor que simplemente se enciende o se apaga, sino que los síntomas existen en un continuo. Una persona puede tener algunos rasgos obsesivos sin que resulten incapacitantes, o puede presentar obsesiones y compulsiones severas, tal vez en el contexto de anorexia o autismo. Bajo HiTOP, eso no requeriría múltiples diagnósticos. Esto vuelve al sistema más flexible, ya que asume que las personas y sus síntomas cambian con el tiempo y que los problemas subyacentes pueden adoptar distintas formas a medida que las personas maduran.
Los esfuerzos como HiTOP no reemplazarán al DSM en el corto plazo, pero idealmente mejorarán la comprensión de las causas de los síntomas y de la manera en que estos interactúan.
En psiquiatría, los diagnósticos no son solo etiquetas que ayudan a los profesionales a tratar a los pacientes; también son formas en que las personas llegan a entenderse a sí mismas. Aunque la esquizofrenia y la depresión quizás no estén tan claramente definidas como el Covid-19, saber que los propios problemas tienden a adoptar una forma determinada y que pueden manejarse con un tratamiento adecuado puede ser fundamental para la recuperación.
Para mí, enterarme de que estaba dentro del espectro autista fue un enorme alivio y desearía que hubiera ocurrido antes. Por fin, mis rarezas tenían sentido. Para muchas personas, recibir un diagnóstico les permite dejar de culparse por su forma de ser y abordar aquellos rasgos que resultan disfuncionales, al mismo tiempo que aceptan los que son inofensivos o incluso positivos. En un artículo reciente, el psiquiatra Awais Aftab y el estudioso de la religión Alan Levinovitz llamaron a esta experiencia el “efecto Rumpelstiltskin”, en referencia al cuento de hadas en el que ponerle nombre al villano le quita su poder.
Otras personas, sin embargo, ven las etiquetas diagnósticas como cadenas perpetuas que dificultan la recuperación o una buena calidad de vida. Ya sea el DSM, HiTOP o cualquier otro enfoque, mejorar el diagnóstico requerirá comprender las formas complejas en que las personas responden a sus temperamentos y experiencias. También implicará reconocer que una misma etiqueta psiquiátrica y el tratamiento asociado pueden convertirse en un veneno, una panacea o un placebo, dependiendo de cuán sabiamente los apliquemos a nosotros mismos o a los demás.
*La autora es columnista colaboradora de Opinión y escribe sobre adicciones, salud mental y políticas públicas.




