
Piedras y bastonazos en Fuerte Apache
Una verdadera lluvia de piedras arrojada por los vecinos del barrio obligó a políticos y a funcionarios a escapar a la carrera
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La demolición del nudo 8 del complejo habitacional Ejército de Los Andes -más conocido como Fuerte Apache- se realizó ayer en un contexto caótico. Funcionarios, policías y periodistas debieron sortear una verdadera lluvia de piedras arrojada por los vecinos del barrio, disconformes con el operativo.
Todo comenzó a las 9.27, con una agonizante sirena que marcó la cuenta regresiva de 10, y en pocos segundos la poderosa carga de explosivos desplomó la mole de 10 pisos, merced a una implosión que la convirtió en un abrir y cerrar de ojos en una montaña de escombros.
La inmensa nube de polvo escondió las otras tres edificaciones que estaban destinadas a desaparecer y una lluvia de piedras obligó a efectivos policiales, periodistas y funcionarios a parapetarse. Pero no eran producto de la implosión, sino que provenían del nudo 6, el bloque de viviendas situado frente al complejo por demoler.
La intensa pedrea fue la forma que eligieron los miles de habitantes de Fuerte Apache que se apostaron en balcones, terrazas y escaleras para gritar su rechazo a la voladura de los departamentos en los que vivían casi 400 familias. Esa versión criolla de la Intifada palestina causó enfrentamientos con los efectivos encargados del operativo de seguridad y dejó a tres hombres heridos: Mario Gómez, un remisero de 49 años; Carlos Alberto De Marco, de 47, del Departamento de Prensa del Partido de Tres de Febrero, los dos con cortes en la cabeza, y el bombero Federico Gutiérrez, de 28 años, que sufrió lesiones leves en un hombro.
La policía, que en un primer momento aguantó a pie firme la pedrea, reprimió con gases lacrimógenos y con balas de goma, según informó el jefe de la Departamental San Martín, comisario inspector Oscar Troncoso.
Al segundo edificio le llegó el turno 26 minutos después, a las 9.53, el tiempo necesario para que los escombros se acomodaran y la nube de polvo se disipara. Algo que no ocurrió con el ánimo de los vecinos. Los insultos y los cascotazos continuaron hasta el final del derrumbe.
Tras la segunda voladura, el intendente de Tres de Febrero, Hugo Curto, se fue como había llegado una hora antes: en medio de empujones, abucheos y algunos cánticos en favor que no alcanzaron para tapar la voz de quienes le recriminaron haberlos dejado sin hogar.
A las 10.27 se desplomaron la torre de ascensores y el tanque de agua, un anexo de hormigón armado que mostró la caída más espectacular. Al estallar su base, gran parte del cuerpo de la edificación cayó hacia adelante, en lugar de desplomarse hacia abajo, como los edificios anteriores.
Los explosivos terminaron con el último edificio a las 10.34, pero no con la pedrea. A medida que caían los bloques, los vecinos se volvían más certeros y agresivos.
Fue uno de los momentos más dramáticos de la mañana porque, al mismo tiempo que caían los escombros del edificio, 15 adolescentes que miraban la escena desde el techo del ENET Nº 4, situado frente al lugar, cayeron sobre las herramientas de un taller cuando cedió el techo de fibrocemento donde estaban parados. Dos de ellos fueron hospitalizados.
Otro momento de tensión se vivió minutos después, cuando una decena de jóvenes descargó toda su violencia arrojando piedras contra la policía.
Una vez que los escombros sean removidos, de acuerdo con el intendente Curto, en esos terrenos se construirán parques y plazas. Lo mismo ocurrirá con el nudo 9, que será demolido dentro de un mes.
Barro explosivo
La voladura estuvo a cargo del Batallón de Ingenieros de Campo de Mayo y del operativo de seguridad participaron 310 hombres de la policía bonaerense.
La implosión es una voladura controlada. El mayor Daniel Molinari, del Batallón de Ingenieros 601, explicó que para la demolición se utilizaron cerca de 175 kilogramos de gelamina.
Una pantalla geotextil rodeó la zona por volar para evitar que se escapara cualquier partícula que no fuera controlada por las bolsas de arena.
Pero las estudiadas medidas de seguridad, una vez más, se vieron desbordadas. Tras la detonación, chicos y grandes se abalanzaron sobre la montaña de escombros, ante la mirada impasible de los encargados del operativo de seguridad, que no atinaron a impedir su ingreso. Si no hubo chicos heridos fue por milagro.
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