
¿Podremos hablar con los animales? La pregunta que la inteligencia artificial vuelve a poner sobre la mesa
Científicos de distintas partes del mundo utilizan IA para encontrar patrones en los sonidos de cachalotes, murciélagos, elefantes y otras especies

Científicos de distintas partes del mundo utilizan IA para encontrar patrones en los sonidos de cachalotes, murciélagos, elefantes y otras especies
Desde 2020, un grupo de científicos de la Universidad de Nueva York, MIT y otras prestigiosas instituciones, congregados en Project CETI, comenzó a enviar drones al océano profundo para grabar el sonido de los cachalotes, un tipo de ballena cuyo ejemplar más famoso es nada menos que Moby Dick. Además de luchar contra barbudos marineros literarios, estos animales emiten sonidos que pueden ser clave para cumplir un antiguo anhelo de las sociedades modernas: poder entender lo que hablan los animales.
“Los cachalotes emiten sonidos llamados codas, que son una serie de clics con variaciones que parecen funcionar como unidades combinables. No sabemos si constituyen un lenguaje, pero presentan características que resultan muy prometedoras. Los investigadores están grabando enormes cantidades de esos sonidos y utilizando inteligencia artificial para detectar patrones”, detalla Juan Cruz Balian, editor de El Gato y la Caja y autor del ensayo Cosas que mi gato tendría que saber, que recorre varios experimentos que buscan construir puentes lingüísticos entre el ser humano y los animales. Balian plantea que, de confirmarse la existencia de un lenguaje, esta especie de cetáceo tendría conversaciones y probablemente la capacidad de elaborar conceptos.

Los cachalotes son extremadamente inteligentes y poseen neuronas asociadas a funciones complejas vinculadas con la conciencia. “Llevan alrededor de 30 millones de años desarrollando formas de comunicación en un entorno completamente distinto al nuestro. Si alguna vez lográramos comprender su sistema comunicativo, podríamos acceder a una cultura que se desarrolló independientemente de la humana durante millones de años”, agregó.
Pero los cachalotes son solo una de las posibles especies con un lenguaje emparentable con el nuestro. Balian plantea que, con los avances de la inteligencia artificial (IA) en esta búsqueda, “estamos más cerca que nunca” de lograrlo.
―¿Qué cambió con la inteligencia artificial?
―Durante décadas predominó la idea de que los sistemas de comunicación animal y el lenguaje humano eran fenómenos completamente distintos. Chomsky, por ejemplo, sostiene que un animal nunca podrá comprender ni producir lenguaje humano del mismo modo que lo hacemos nosotros. Su comparación es que un atleta olímpico puede entrenar toda su vida para saltar más alto, pero jamás va a volar.

Lo novedoso es que los modelos masivos de lenguaje están siendo aplicados al análisis de sistemas de comunicación animal. Muchos científicos de datos sostienen que podrían encontrarse formas de traducir o mapear significados entre distintos sistemas comunicativos. No hay consenso. Hay especialistas que consideran que es imposible y otros que creen que existen caminos prometedores.
―¿Qué descubrimientos recientes muestran que la comunicación animal puede ser mucho más compleja de lo que pensábamos?
―Con inteligencia artificial, se logró estudiar grandes volúmenes de vocalizaciones de murciélagos. Los investigadores descubrieron que no emiten sonidos al azar: se dirigen a individuos específicos, se quejan por comida, por espacio para dormir y por otros conflictos sociales. También se observó que existen diferencias regionales comparables a dialectos.
En el caso de los elefantes, hay evidencia de que utilizan sonidos específicos para dirigirse a individuos determinados, algo parecido al uso de nombres propios. Los cachalotes presentan fenómenos similares. Todo esto sugiere niveles de complejidad comunicativa mucho mayores de lo que imaginábamos hace algunas décadas.
―¿Cómo te surgió la idea de investigar sobre este tema?
―El libro empieza con una escena real. Estaba sentado en la terraza fumando junto a mi gato, Moriarty, al que le decimos Morty. Cuando terminé, entré a la casa y, casi por reflejo, le dije: “Vamos”. La situación me quedó dando vueltas porque sentí que me había entendido. No es algo extraordinario: los gatos reconocen sus nombres y responden a ciertos llamados. Sin embargo, la experiencia me llevó a preguntarme hasta qué punto los animales entienden aspectos del lenguaje humano. A partir de esa escena aparecen muchas preguntas: qué significa entender, qué significa comunicarse, si es posible traducir entre especies y si alguna vez podremos mantener una conversación en un sentido más profundo.

―¿Qué tendría que ocurrir para que una conversación con otra especie fuera realmente posible?
―Una de las ideas más interesantes que encontré es que el otro tiene que estar “a escala”. No se trata solamente de inteligencia. Podríamos imaginar hablar con un bosque, pero no necesariamente con un árbol. No es lo mismo una hormiga que un hormiguero.
Además, la especie debería poseer algún tipo de conciencia de sí misma y de los demás. Los perros, por ejemplo, muestran empatía, imaginación, sueños y lo que se conoce como teoría de la mente. Pero eso no alcanza. También hay que preguntarse qué entendemos por inteligencia, qué capacidad de comunicación tiene la especie y si puede construir sistemas complejos de significación.
―Durante mucho tiempo se intentó enseñarles a los animales nuestro propio lenguaje. ¿Qué salió mal en esos experimentos?
―Los experimentos clásicos intentaban enseñar lenguaje humano a los animales. Había una mirada claramente antropocéntrica. La idea era que el mono hablara como un humano o que el delfín pronunciara palabras humanas. Hoy la perspectiva cambió. El objetivo ya no es que los animales aprendan nuestro lenguaje, sino comprender los sistemas comunicativos que ellos ya poseen. Lo interesante es descubrir qué se están diciendo entre ellos y cómo entienden el mundo desde sus propias condiciones biológicas y cognitivas.
―¿El caso de Nim Chimpsky fue importante para esa discusión?
―Nim fue un chimpancé criado como si fuera un ser humano en el marco de un experimento destinado a refutar las teorías de Chomsky. La hipótesis era que, si se lo educaba como a una persona, podría desarrollar lenguaje mediante señas.

Nim aprendió vocabulario y desarrolló distintas habilidades, pero nunca logró construir frases complejas. Aprendía palabras, pero no sintaxis. La sintaxis es fundamental porque permite crear significados nuevos a partir de la combinación de elementos conocidos. Eso es lo que, según Chomsky, caracteriza al lenguaje humano.
―¿Qué animales aparecen hoy como los candidatos más prometedores?
―Cada especie cumple algunas condiciones y falla en otras. Los perros poseen empatía y una relación muy estrecha con los humanos, pero eso no implica necesariamente que tengan las capacidades lingüísticas requeridas.
Los pulpos son extraordinariamente inteligentes. Tienen un sistema nervioso descentralizado y una gran curiosidad por lo nuevo. El problema es que son animales solitarios. Al no ser gregarios, no desarrollaron sistemas complejos de comunicación social. A medida que uno analiza estas variables, termina acercándose cada vez más a los cetáceos y, particularmente, a los cachalotes.
―¿Qué descubrimientos sobre los perros te sorprendieron durante la investigación?
―Conversando con especialistas, encontré estudios que muestran que los perros pueden identificar estados emocionales humanos y actuar en consecuencia. También son capaces de evaluar comportamientos sociales, detectar situaciones de cooperación o falta de cooperación e incluso modificar su conducta frente a eso.
Además, descubrí algo que me sorprendió mucho: más del 90% de los perros del mundo viven en poblaciones salvajes. Gran parte de lo que sabemos sobre perros proviene de ejemplares socializados con humanos, cuando en realidad representan una minoría de la población global.
―¿Qué papel juega la inteligencia artificial en una eventual traducción entre especies?
―El gran problema es que la inteligencia artificial funciona, muchas veces, como una caja negra. Podría llegar a traducir sistemas de comunicación extremadamente complejos sin que nosotros entendamos exactamente cómo produce esa traducción.
Incluso si algún día lográramos comunicarnos con otra especie mediante IA, quizás nunca sepamos con precisión qué operaciones realizó para hacerlo posible. Por eso el futuro de estas conversaciones podría no ser un diálogo de dos participantes, sino uno de tres: humanos, animales e inteligencia artificial.

―¿Estamos cerca de hablar con los animales?
―Estamos más cerca que nunca, pero no depende solamente de nosotros. La cuestión central es si existen especies con capacidades lingüísticas comparables a las humanas. Si esas capacidades no están ahí, ningún avance tecnológico podrá crear una conversación donde no existe la posibilidad biológica de que exista.
Ahora bien, hay indicios lo suficientemente prometedores como para que distintos proyectos sigan invirtiendo recursos en investigar. Si se descubriera que los cachalotes u otra especie poseen sintaxis o el potencial para desarrollarla, entonces se abriría una posibilidad completamente nueva. Por ahora seguimos en la frontera entre lo posible y lo desconocido.
―Más allá de los animales, ¿qué otras preguntas aborda el libro?
―El libro también es una excusa para pensar cómo funciona el lenguaje humano. Nos parece algo transparente porque hablamos todos los días, pero la comunicación humana está llena de complejidades. Están la ironía, el humor, el doble sentido, el sarcasmo, las inferencias y los significados implícitos.
También recorro distintas teorías lingüísticas, filosóficas y literarias. Hablo de hormigas, aves, murciélagos, pulpos, perros, ballenas y delfines, pero también de autores y obras que imaginaron estos problemas mucho antes de que la tecnología permitiera investigarlos. No pretende ofrecer verdades reveladas. Es un viaje por preguntas, hipótesis, experimentos, ideas y posibilidades.
