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“El vapor venció al buey”, sintetizó Pastor Obligado, en sus crónicas, los vientos de cambio que unieron a la Argentina. Lo hizo después de viajar en el invento británico que revolucionó el transporte y el mundo, la máquina que en una hora podía surcar lo que un carruaje en un día. Al subirse al vagón empujado por el yugo de La Porteña, la primera locomotora del país, el exgobernador del Estado de Buenos Aires fue testigo del amanecer de la era de oro del ferrocarril.



