
Mientras se engrosan las listas de argentinos que prueban suerte en el exterior, Villa Bosch se reivindica como una cuna de inmigrantes de raíces mixturadas
Ciudad Madre que abrazó a los ítalo-porteños, refugiados de la epidemia de fiebre amarilla de 1871, en su origen está la huella de su identidad inclusiva. Villa Bosch, en el partido de Tres de Febrero, se nos presenta –en momentos en que se estila la emigración al Viejo Continente– como “la que no se abandona”; se la ama demasiado a esta “Pequeña Italia” (tal el nombre del evento que la celebra una vez al año, durante octubre) que se asume como una razón de vida. “La agrícolo-virtuosa”, la “del buen suelo”, según expande el boca a boca desde el siglo XIX; quizás por eso sean tan agradecidos sus villa-boschenses fervorosos cuando la exaltan: “Se fueron pocos de acá hacia Italia”.
