
Secretos y anécdotas de la Feria
La escritora analiza la evolución de la muestra y compara el capítulo 2000 con los anteriores
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Paso, paso, saludo. Paso, saludo. Saludo, foto, beso, autógrafo, saludo. Caminar con María Esther de Miguel por la Feria del Libro es imposible si se pretenden hacer más de diez metros. Presencia infaltable desde su primera edición, presentando sus libros, dando conferencias, dirigiendo la Comisión de Cultura o como simple lectora, se trata de uno de los iconos más reconocidos, queridos -y asediados- del encuentro anual.
Pero intentando esquivar desde docentes que juran todo lo que los alumnos aprenden con sus novelas hasta adolescentes que la vieron en la tele, aceptó transitar los flamantes pasillos de la Rural con La Nación y hacer un análisis informal de lo mejor y lo peor que presenta la edición 2000 respecto de fechas anteriores.
"Me impresiona mucho porque yo vi nacer todo, y ahora es como encontrarme frente a un chico de 26 años -suspira-. En la primera edición, con suerte se juntaban 50 mil personas y los stands eran pobrecitos, tirando a miseria espantosa. El de Ediciones de la Flor era casi un quiosquito; y a los dueños, en plena Feria, se los llevaron presos en la época del Proceso. Ahora no sólo todo es más lujoso, sino que se respira libertad."
María Esther está escribiendo una novela que girará sobre un crimen que no quiere develar. Apenas adelanta el título, "El palacio de los patos", y que los protagonistas serán muy aristocráticos. Pero no revuelve los stands buscando textos históricos, sino una simple guía de Washington, donde irá a visitar a un sobrino. Y da un suspiro de alegría cuando ve las plazoletas de descanso que se multiplican por las salas. "Antes las mujeres tenían que entrar en los actos para sacarse los tacos un ratito", murmura.
-¿Cuál es el peor defecto de la Feria?
-Cuesta hacer surgir a los escritores nuevos, aunque sean brillantes. La razón es simple, no traen gente. Por eso se arman los talleres, los encuentros, pero nunca es suficiente. Y la culpa es compartida. Las políticas culturales de este gobierno están bastante paralizadas. Al mismo tiempo, los escritores no dan tanto apoyo. Vienen, dan su conferencia, presentan su libro y muchas veces se van, no se quedan para ver a otros, para comentar. Falta sentimiento de comunidad.
-¿Y el público?
-La Feria cambia como cambia el público. Este año, por ejemplo, hay muchos más actos de temas generales que literarios. Se presenta un libro de poesía y está casi vacío, hablan de seguridad y se llena la sala. Evidentemente es una sociedad acuciada por los problemas, pero al mismo tiempo la gente lee más ficción que cualquier otra cosa.
-¿Qué es lo que más extraña?
-Supongo que a los muertos. A Martha Lynch, a Nilda Sosa, sobre todo a Manucho Mujica Lainez. La última vez que lo vi fue justamente en la Feria, sentado en el palco con su bastón y su sombrerito... Creo que todos tenemos un poco de aire de nostalgia porque todavía no se armaron las esquinas y las rutinas donde nos encontrábamos todos los escritores y podíamos salir de nuestro trabajo tan solitario.
-¿Cuál es el secreto mejor guardado de la Feria?
-Los stands de las provincias y de los países, que ofrecen una producción que muchas veces no llega al circuito comercial. Y algunas conferencias, que la hacen casi una universidad abierta.
-¿Y por qué venir año tras año?
-Porque siempre algo vas a encontrar. La semana última, una chica brasileña que está haciendo una tesis sobre mis libros me pidió si no le regalaba una copia de "La hora undécima", el primero que escribí y que está agotado. Le dije que no, porque sólo tengo dos. Al día siguiente había conseguido uno, usado y dedicado, en la Feria. ¿Qué puede ser más lindo? Es como encontrarse con un viejo amigo.
-La gran novedad son los stands de las empresas punto com. Algunos opinan que es casi una aberración que tengan tanto protagonismo en una feria dedicada al libro. ¿Qué opina?
-La primer vez que pusimos a Microsoft en la entrada no sabés la reacción que hubo. Pero no te podés negar al progreso. Si el libro cambia de formato, ¿y qué? Soy una admiradora de Stephen King, que acaba de publicar su primer libro electrónico, aunque personalmente me sigue gustando llevarme el de papel a la cama. Pero creo que ambos pueden convivir.
Para probarlo, María Esther se sienta en uno de los stands de Internet educativa y consulta a unos chicos de doce años sumergidos en la pantalla: "¿Qué prefieren, el libro o la computadora?".
"¡La compu!" es la inevitable respuesta.
La escritora sonríe. "Quizás, a través de la computadora también se pueda promover la lectura. Y si no les gusta nada, nada, lo único que puedo decirte es que me da lástima. No tanto por ellos como por los padres, que no supieron dar el ejemplo, y los maestros que la pudieron convertir en algo divertido y que dejaron pasar esa oportunidad."





