Saltar al contenido principal

“Si no fuera por las redes, no podría vivir de esto”: los antiguos oficios que parecían desaparecer y hoy tienen una segunda oportunidad

Encuadernadores, luthiers y ceramistas, entre muchos otros, encontraron un espacio para mostrar su trabajo, llegar a nuevos públicos y mantener vivas tradiciones que parecían destinadas a quedar en el pasado

Micaela utiliza un torno alfarero para realizar las piezas que luego vende en linea
7'
Compartir

Cuando Gabriela Barrionuevo, de 31 años, empezó a filmar cómo confeccionaba cuadernos artesanales inspirados en técnicas antiguas, no imaginó que esos videos terminarían convirtiéndose en una parte central de su trabajo. En 2019 hizo un curso de encuadernación de apenas un día para aprender cómo aplicar bordados a las tapas de sus libretas. Si bien al principio era un hobby, todo cambió cuando, en 2023, empezó a filmarse para mostrar el proceso. “Si no fuera por las redes, no creo que hubiera podido vivir de esto”, resumió a LA NACION.

Hoy tiene más de 300.000 seguidores en Instagram y vende entre 15 y 20 cuadernos por mes. Aunque la mayoría de sus ventas son en la Argentina, un 30% de sus compradores viven en el exterior. Sus cuadernos llegan a Francia, España, Portugal, Inglaterra, República Checa, China y México. Pero hay algo que distingue su experiencia de la de un artesano que simplemente utiliza internet para ofrecer sus productos: para Gabriela, mostrar cómo hace los cuadernos es casi tan importante como crearlos.

publicidad
Gabriela vende entre 15 y 20 cuadernos por mes a clientes de distintas partes del mundo
Gabriela vende entre 15 y 20 cuadernos por mes a clientes de distintas partes del mundo

Así como la encuadernación artesanal, hay oficios que, contra todo pronóstico, han logrado sobrevivir al paso del tiempo. Aunque durante años parecieron destinados a quedar relegados frente a las nuevas tecnologías y los cambios en los hábitos de consumo, muchos encontraron en internet una forma de reinventarse.

Las redes sociales no solo se transformaron en una vidriera para mostrar procesos artesanales que antes sucedían puertas adentro de un taller, sino también en una herramienta para conseguir clientes, ampliar mercados y convertir una pasión en un trabajo sostenible.

A la encuadernación artesanal de Gabriela Barrionuevo, se suma la luthería de Mariano Delledonne y Pablo Lojo, y la cerámica de Micaela Giani. Detrás de cada una de sus piezas hay horas de trabajo manual, conocimientos transmitidos de generación en generación y una búsqueda constante por mantener vivo un oficio. Pero no solo eso: también hay cámaras, celulares y videos.

Oficios que encontraron en las redes sociales una manera de mostrar su trabajo y vivir de él
Oficios que encontraron en las redes sociales una manera de mostrar su trabajo y vivir de élGentileza de Pablo Lojo
publicidad

Para ellos, la creación de contenido se convirtió casi en parte del oficio. A Barrionuevo un cuaderno puede llevarle entre cuatro y seis horas de trabajo, mientras que filmar y editar su proceso puede demandarle unas 14 horas. Gabriela piensa cada toma para mantener la atención del espectador: acelera algunos movimientos, selecciona qué pasos mostrar y cuida especialmente el ritmo visual. No busca enseñar a encuadernar, sino contar una pequeña historia sobre cómo nace cada pieza.

El resultado también se refleja en las ventas. Cuando uno de sus videos funciona, las ventas pueden dispararse ese mismo día. Su público, en general, mayor de 30 años, muchas veces no compra solamente un cuaderno: le cuenta para qué quiere utilizarlo. Por ejemplo, muchos le comentan que lo van a usar como diario o para escribir la historia de su vida y dejársela a sus hijos o familiares. Ahí aparece otra de las particularidades de su trabajo: el producto recupera una práctica que parecía perder terreno frente a las pantallas. En un momento en que buena parte de la escritura cotidiana ocurre en celulares y computadoras, sus clientes compran un objeto destinado precisamente a escribir a mano. La encuadernadora cree que esa búsqueda no es casual: “Poder bajar las cosas a papel es de otro mundo”, afirmó.

Incluso cuando piensa en la tecnología, su criterio es utilizar aquello que le permite potenciar su trabajo sin reemplazar la parte artesanal: “Siempre tiene que haber inteligencia natural detrás”, aseguró. La técnica puede tener siglos; la forma de encontrar a quien la valore, por el contrario, cambió por completo.

La ventana al mundo

Algo similar le sucedió a Mariano Delledonne, de 42 años. Para él, ser luthier es una forma de vida. Antropólogo, oriundo de La Plata y creador del primer charango eléctrico, comenzó a construir instrumentos hace más de dos décadas. “Siempre tenía que estar explicando de qué se trata este oficio”, recordó.

publicidad

Internet fue modificando el escenario. Primero tuvo un blog, después llegó Facebook y hoy Instagram funciona como la principal vidriera de su trabajo. Sus instrumentos llegaron a países como Estados Unidos y Alemania y los contactos con músicos y coleccionistas radicados a miles de kilómetros de su taller. “Sin internet mi trabajo quedaba acá”, afirmó. Pero, a diferencia de otros artesanos que hicieron de las redes una parte central de su producción de contenido, Delledonne reconoce que le cuesta publicar: prefiere estar en el taller antes que frente al teléfono.

Mariano trabajando en un charango eléctrico, un instrumento que él inventó
Mariano trabajando en un charango eléctrico, un instrumento que él inventóGentileza de Mariano Delledonne

Para él, sin embargo, la transformación del oficio no pasa solamente por encontrar clientes. También implica animarse a modificar aquello que se construye. Su charango eléctrico recibió críticas de los sectores más tradicionales, pero también elogios de quienes lo consideraban algo novedoso: “Siempre me llamó la atención eso: transformar. Quizás es ahí donde uno puede hacer la diferencia en las redes y en su trabajo: armar algo nuevo”.

Delledone advierte una paradoja: las mismas tecnologías que ayudaron a revitalizar el oficio también plantean nuevos desafíos. La automatización y, más recientemente, la inteligencia artificial generan preguntas sobre el futuro de los trabajos manuales. Aun así, está convencido de que seguirá existiendo una demanda por lo artesanal: “Siempre va a haber gente que valore lo humano, lo irrepetible, la pasión puesta en un trabajo”, señala.

Del boca en boca al algoritmo

Pablo Lojo, de 48 años, también pertenece al mundo de la luthería, aunque su recorrido fue diferente. Antes de dedicarse por completo a fabricar guitarras, trabajaba vendiendo mangueras industriales. En 2009 decidió abandonar ese empleo para apostar de lleno a un oficio que había descubierto años antes.

publicidad

Al principio, los clientes llegaban a través de avisos en Mercado Libre y Facebook. Con el crecimiento de Instagram, la dinámica cambió. “Instagram es el canal con el que tengo más contacto con la gente”, explicó a LA NACION. Actualmente la mayoría de sus consultas y trabajos surgen de allí o de WhatsApp.

Pablo da clases presenciales y online hace 10 años; las redes lo conectan a gente que quiere aprender del oficio
Pablo da clases presenciales y online hace 10 años; las redes lo conectan a gente que quiere aprender del oficioGentileza de Pablo Lojo

Las redes no solo le permitieron consolidar su taller. También le abrieron nuevas áreas de trabajo, como la enseñanza online. Durante los últimos años dictó cursos para alumnos de distintas provincias argentinas y de países como Uruguay, Chile, Paraguay, México y Estados Unidos.

Lojo sostiene que internet le permitió acceder a conocimientos técnicos y participar de comunidades donde otros luthiers compartían experiencias, debates y soluciones. Hoy intenta devolver parte de ese conocimiento mostrando fragmentos de su trabajo cotidiano en redes sociales y su trato con músicos reconocidos como Walter Giardino, Claudio Marciello, Las Pastillas del Abuelo, Kapanga, Malón y Ráfaga.

“Los tiempos son otros”

La ceramista Micaela Giani, de 35 años, observó otro fenómeno complementario: el crecimiento explosivo del interés por aprender oficios manuales. Formada desde los 13 años en escuelas públicas de arte de la Ciudad de Buenos Aires, fue testigo de cómo la cerámica pasó de ser una práctica relativamente especializada a convertirse en una actividad cada vez más popular.

publicidad

Según explicó, Instagram y Pinterest se transformaron en puertas de entrada para miles de curiosos que comenzaron a buscar clases después de ver videos o imágenes de piezas terminadas.

Micaela utiliza un torno alfarero para realizar las piezas que luego vende en linea
Micaela utiliza un torno alfarero para realizar las piezas que luego vende en lineaGentileza de Micaela Giani

Pero la experiencia suele provocar una sorpresa. “Mucha gente llega y descubre que tiene que esperar; esperar que el barro se seque, que la pieza se hornee, que salga bien. No se puede apurar”, relató. Para Giani, parte del atractivo actual de la cerámica está precisamente en esa desaceleración. Frente a la lógica de la inmediatez digital, el taller se transforma en un espacio donde los tiempos son otros.

En sus clases participan estudiantes, docentes, médicas, artistas y profesionales de áreas muy distintas. Personas que encuentran en la cerámica una oportunidad para recuperar el vínculo con el trabajo manual: “Hay gente que hacía años que no aprendía algo nuevo con las manos”, contó.