
Sugerente estudio: la forma de la cabeza, ¿un inesperado factor de riesgo de desarrollar Alzheimer?
Un equipo científico halló evidencia preliminar sobre la correlación entre la estructura anatómica y el diagnóstico de la enfermedad; aún se necesitan más investigaciones
8 minutos de lectura'

NUEVA YORK.– Las enfermedades que le roban a las personas la capacidad de pensar, recordar y crear una identidad a menudo comienzan, con precisión milimétrica, en partes específicas del cerebro. Es uno de los mayores misterios sobre las patologías cerebrales: ¿por qué comienzan donde lo hacen?
Los neurocientíficos llaman a este fenómeno, en el que áreas y células específicas del cerebro resultan dañadas por una enfermedad mientras que otras no se ven afectadas, “vulnerabilidad selectiva”. Descubrir por qué ocurre, y cómo prevenirlo o detenerlo, es el santo grial de este campo.
Tomemos como ejemplo el Alzheimer, una enfermedad que por lo general se arraiga años antes de que la memoria se desmorone, cuando los ovillos de una proteína llamada tau comienzan a acumularse y las células mueren en una estructura cerca de la base del cerebro llamada corteza entorrinal.
En un estudio preliminar, los científicos descubrieron que la acumulación de tau en esa zona de origen estaba vinculada a la progresión del Alzheimer solo cuando la región también se encontraba cerca del borde de la incisura tentorial, una hendidura en el revestimiento exterior del cerebro.

Esta correlación plantea una serie de preguntas poco convencionales: ¿podrían las tensiones mecánicas repetidas de la vida cotidiana, junto con el hundimiento provocado por la gravedad a lo largo de la vida, crear puntos de presión en el cerebro? ¿Podría ese desgaste biomecánico influir en el riesgo de que las personas desarrollen la enfermedad de Alzheimer? Y, como resultado, ¿podrían las diferencias en la anatomía de la cabeza de una persona ayudar a explicar por qué hay gente que desarrolla demencia y gente que no?
“La idea empezó a comentarse discretamente en los círculos de neuropatología”, dijo John Crary, neuropatólogo en la Escuela de Medicina Icahn de Mount Sinai en Nueva York, quien se asoció con Frank Provenzano, ingeniero biomédico de neuroimágenes en la Universidad de Columbia, para poner a prueba la idea en una pequeña muestra de 47 pacientes con deterioro cognitivo leve. Su artículo se publicó en la revista Alzheimer’s & Dementia este mes.
La hipótesis es provocadora, sobre todo porque recuerda vagamente algunas ideas del siglo XIX, desacreditadas hace mucho tiempo, cuando se usaba la forma de la cabeza para predecir la personalidad y justificar el racismo. Pero científicos externos dijeron que el enfoque es intrigante, aunque la evidencia es preliminar y sugestiva y tendría que ser sometida a pruebas rigurosas. Aplaudieron el estudio por inyectar una nueva idea en la discusión científica.
“Es algo realmente fuera de lo convencional, lo cual me encanta”, dijo Gil Rabinovici, neurólogo de la Universidad de California en San Francisco, quien no participó en el estudio y advirtió que la idea necesita más evidencia para plantear un argumento convincente. “Creo que deberíamos pensar más fuera de lo convencional, en términos de comprender los riesgos de la neurodegeneración”, afirmó.
¿Puntos de presión en el cerebro?
Gran parte de lo que sabemos sobre el cerebro humano proviene de autopsias, después de que el órgano fue extraído del cráneo. En otras palabras, a menudo se ha mapeado completamente fuera de contexto. La relación entre el cráneo y el cerebro blando y frágil se estudia en los traumatismos craneoencefálicos, pero en gran medida no se probó en muchas enfermedades neurodegenerativas. Pero fue precisamente en esta relación en la que Crary, que dirige un banco de cerebros, se interesó.
Crary había estudiado una forma de neurodegeneración causada por traumatismos craneoencefálicos repetidos, la encefalopatía traumática crónica, o ETC. La ETC demostró a los científicos que las fuerzas mecánicas ciertamente pueden desencadenar la acumulación de ovillos tóxicos de la proteína tau.

Crary también había leído un artículo científico de 1958 que informaba sobre un conjunto no convencional de datos de autopsias, en los que se había extraído una porción del cráneo. Despertó su curiosidad porque mostraba una amplia variación en el tamaño de una abertura en el medio del cerebro llamada escotadura tentorial, el borde de un área de paso entre dos compartimentos.
Después de una lesión aguda o un derrame cerebral, el tejido cerebral puede hincharse y presionar contra el borde de la rígida escotadura tentorial. Crary se preguntó: ¿tendrían un efecto similar los efectos más pequeños y acumulativos de toda una vida de movimiento?
“Algunas personas las tienen grandes, otras pequeñas, algunas largas, otras cortas –detalló Crary sobre las escotaduras tentoriales–. Y mientras miraba esto, pensaba que podría ser un factor de riesgo”.
Crary, un autoproclamado inconformista que tiene un póster de Los expedientes secretos X en su oficina con el lema “Quiero creer”, admite fácilmente que fue difícil lograr que otros científicos se interesaran en una idea tan alejada de la corriente principal. Pero para abordar el proyecto necesitaba un socio, uno con mentalidad abierta y las habilidades técnicas necesarias.
Ese socio apareció en un vuelo transatlántico de regreso de una conferencia en Lisboa. Provenzano, que había estado despierto hasta las 4 a. m. trabajando en revisiones de subvenciones, se sentía pésimo y se sentó junto a Crary.
A medida que comenzaron a charlar, Crary sacó su computadora portátil y comenzó a explicar su teoría de que toda una vida de sacudidas, en un lugar del cerebro singularmente situado en la unión del tejido blando y estructuras rígidas, podría explicar por qué la corteza entorrinal es el lugar donde el Alzheimer se arraiga. Provenzano, que tiene un modelo impreso en 3D de la región cerebral en su escritorio, se animó.
“Como ingeniero biomédico, soy como un rinoceronte ante un incendio. Tengo que apagarlo. Le dije ‘John, esto es excepcional, podemos abordar esto’”, recordó Provenzano.
Medir la distancia
Para hacer un primer intento de responder a la pregunta de si la anatomía del cerebro podría ayudar a explicar el riesgo de Alzheimer, los investigadores analizaron escaneos médicos de 47 personas con deterioro cognitivo leve, con ovillos de tau en el área vulnerable. Midieron la distancia entre el borde duro de la escotadura tentorial y la corteza entorrinal.
Esta distancia no predijo la cantidad de ovillos de tau en el cerebro y la arquitectura del cerebro por sí sola no predijo quién desarrollaría Alzheimer. Sin embargo, los investigadores encontraron que la tau en la región de riesgo estaba vinculada al desarrollo de demencia en los siguientes tres años solo entre personas con un espacio estrecho entre la escotadura y la corteza entorrinal.
Ambos científicos reconocen que su pequeño estudio es solo un punto de partida, no un caso comprobado. Esperan, sin embargo, que su trabajo inspire estudios de seguimiento. El campo del Alzheimer se ha enfocado durante mucho tiempo en los grumos tóxicos de una proteína llamada beta amiloide, y de manera más reciente en los ovillos de tau. Se aprobaron múltiples medicamentos que eliminan el amiloide, pero produjeron beneficios limitados para los pacientes.
David Attwell, neurocientífico del University College de Londres, escribió en un correo electrónico que el artículo de Crary y Provenzano mostraba una “correlación intrigante” y planteaba muchas otras preguntas que podrían estudiarse.
Dijo que era fácil especular sobre las posibles formas en que las tensiones mecánicas cotidianas podrían contribuir al riesgo de padecer Alzheimer. Por ejemplo, las células cerebrales llamadas microglía, que limpian la proteína beta amiloide del cerebro, son sensibles al estiramiento. Pero él, al igual que otros, opinó que había otros factores que podrían correlacionarse con la distancia entre las dos regiones cerebrales que también podrían desempeñar un papel.
Las ideas propuestas por Crary y Provenzano aún deben someterse a pruebas para ver si se confirman. Sin embargo, aunque no sea así, podrían dar lugar a otras ideas u observaciones que abran nuevas líneas de investigación.
Michael Yassa, neurobiólogo de la Universidad de California en Irvine, dijo que el artículo le despertaba un entusiasmo cauteloso. Su propio laboratorio publicó un artículo el año pasado en Nature Communications que examinó la forma cambiante del cerebro en el transcurso de la vida. El equipo de Yassa hizo una crónica de los efectos del “hundimiento por la gravedad”, que comprime el cerebro en algunas direcciones y lo estira en otras. Encontraron que ciertos aspectos de esta remodelación tendían a ser pronunciados en los adultos mayores que experimentaban deficiencias en la memoria y el funcionamiento cognitivo.
Yassa apuntó que, desde su perspectiva, el campo del Alzheimer no había logrado adoptar nuevas ideas durante mucho tiempo, y esperaba que mantener una mente abierta pudiera generar beneficios para los pacientes y las familias.
“Está muy dominado por las ideas clásicas; quiero decir clásicas de 1909 –sentenció–. Lo que deberíamos estar haciendo es explorar estas ideas más allá de los límites establecidos, superar el aislamiento entre disciplinas y derribar puertas”.
1
2Stephen Hawking, físico: “El mayor enemigo del conocimiento no es la ignorancia, es la ilusión del conocimiento”
3Alerta en Neuquén: las intensas lluvias reactivaron cañadones secos y causaron estragos: Vaca Muerta, la zona más afectada
4Inti Bonomo, experto en Ciencias Ambientales, sobre el avance del fenómeno del Súper Niño: “Va a seguir creciendo y el pico va a ser en diciembre”

