

“Tenemos certificado de defunción”: el colegio con 1400 alumnos que es el alma de un barrio y lucha para no cerrar
El histórico Instituto Almafuerte de Esteban Echeverría atraviesa un momento crítico en medio de un conflicto societario; se movilizaron padres, alumnos y docentes
El histórico Instituto Almafuerte de 9 de Abril, localidad del partido de Esteban Echeverría, atraviesa un momento crítico, que amenaza con poner fin a un legado de más de seis décadas. La escuela, a la que concurren unos 1400 alumnos de los tres niveles, quedó al borde del cierre tras una resolución judicial que ordenó la disolución de la sociedad que lo gestiona y la liquidación del lugar a partir del 31 de diciembre, luego de un conflicto entre socios y herederos que se prolongó durante diez años.
Ante este escenario, la comunidad educativa realizó una protesta este martes en el patio del establecimiento en el contexto de lo que definieron como “el último intento por salvar al colegio”. El reclamo congregó a alumnos y exalumnos, padres, docentes, preceptores, comerciantes y vecinos de un barrio que construyó su identidad alrededor de la institución.
Sandra Viviana Verón es exalumna del Almafuerte, donde también estudiaron sus hijas y hoy asisten sus nietos. “Esta situación atraviesa a mi familia por completo”, define. Si bien se sabía del conflicto que arrastraba la escuela, según su relato la resolución fue abrupta, por lo que decidió ser parte activa de las movilizaciones. “Nosotros nos enteramos el viernes pasado y seguimos sin poder creerlo”, lamenta. A su lado está Zenaida de Carrión, madre de dos alumnos, que se muestra igual de impactada. “Duele saber que una institución de esta categoría vaya a cerrar. Acá sí hay educación de calidad, hay respeto, se les enseña todo a los chicos. Yo amo a esta escuela y quiero que mis hijos sigan estudiando acá”, expresa.

Ambas destacan el papel que el Almafuerte cumplió en una zona con una oferta educativa limitada, especialmente en cuanto al nivel secundario. “Para muchas familias, sacar a sus chicos de acá implicaría gastos muy fuertes en logística, porque cerca no hay otras opciones”, explica De Carrión. Verón, en tanto, cuenta que algunos padres ya comenzaron a estudiar alternativas, pero que no encontraron vacantes: “Nos dejaron, la verdad, a todos con las manos atadas”. También advierte sobre el impacto que un eventual cierre tendría en la actividad comercial de la zona, que se nutre de la enorme afluencia cotidiana de alumnos y familias.
La historia del Instituto Almafuerte se remonta a 1960, cuando comenzó oficialmente la actividad docente del establecimiento, que nació a partir de unas clases de apoyo dictadas por Domingo Antonio Francisco Motta, su esposa Carmen Fernández Veiga y su hija María del Carmen. Lo que empezó con apenas una decena de alumnos se transformó, más de seis décadas después, en una comunidad educativa de casi 1400 estudiantes.
María del Carmen hoy continúa al frente de la institución. La acompañó durante décadas Orlando Antonio Pintos, socio, docente y figura clave en su crecimiento hasta su fallecimiento, en 2011. También, Ana María Falzarano, quien ingresó como docente en 1977 y luego se convirtió en una de las responsables de su sostenimiento y desarrollo.

Tras la muerte de Pintos, su viuda y dos de sus hijos herederos iniciaron una demanda para disolver la sociedad tras no haber llegado a un acuerdo para desprenderse de su parte. Sobre esa historia se montó una disputa societaria por más de una década. En 2024, un fallo de primera instancia había permitido encauzar la situación y garantizar la continuidad del establecimiento mediante la adecuación de la sociedad a una figura legal. Sin embargo, la Cámara de Apelaciones de Lomas de Zamora revirtió esa decisión y ordenó avanzar con la disolución y liquidación.
“En dos meses dio vuelta la sentencia y decretó la disolución y la liquidación de la sociedad”, cuestiona el actual representante legal de la comunidad del colegio, Rodrigo Pinto Falzarano, que es nieto de Orlando, sobrino de Ana María e hijo del heredero que no participa del conflicto societario. La consecuencia, advierte, es que el colegio tiene una autorización para estar tres meses más. “Hoy nosotros tenemos certificado de defunción. Hasta el 31 de diciembre podemos seguir funcionando, pero no tenemos garantizada la continuidad”, afirma.
El conflicto amenaza con impactar sobre una institución profundamente arraigada en 9 de Abril y que hoy tiene una comunidad educativa integrada mayoritariamente por familias trabajadoras, además de una importante población migrante, que van desde descendientes de eslovenos hasta comunidades de bolivianos, peruanos y paraguayos.

Patricia Grill, a la que todos llaman “Pato”, es comerciante, exalumna y vecina desde hace 53 años. Su vínculo con la escuela también es familiar: comenta que sus abuelos, descendientes de una familia de origen esloveno, participaron de la construcción del establecimiento junto a “Don Motta”, que acogió a sucesivas camadas y comunidades. “Son muchas las generaciones. Somos una familia”, resume. Para Grill, el Almafuerte es también fruto del esfuerzo colectivo de la comunidad: “Esto lo construyó toda la localidad de 9 de Abril. Todos los que estamos acá, desde los comerciantes, los alumnos y los profesores, siempre fuimos unidos. Fue una escuela que nos unió siempre”.
Ella prefiere evitar tomar postura en la disputa entre los socios y herederos, y pide concentrar el reclamo en la continuidad del colegio. “La interna la tienen que resolver ellos. Nosotros lo que pedimos es que la escuela permanezca abierta”, sostiene. Además de los 1400 alumnos que actualmente concurren, asegura que existe demanda de nuevas familias que esperan conseguir una vacante. Por eso, la comunidad mantiene la movilización y avisó que una comitiva presentó el reclamo en la sede de la gobernación provincial en La Plata. “Fueron padres con los carteles de los chicos para que alguien nos informe y nos diga qué va a pasar con la escuela”, cuenta.
Tras la protesta, un grupo de padres fueron recibidos por consejeros generales de educación bonaerenses, que solicitaron a la Dirección de Educación de Gestión Privada (Diegep) y a la Subsecretaría de Educación una intervención prioritaria para evaluar el futuro de la escuela y garantizar la continuidad educativa de sus alumnos. El pedido contempla un relevamiento oficial de las vacantes disponibles para 2027, la capacidad real de las escuelas más próximas para absorber la matrícula y el impacto que una eventual interrupción del servicio tendría sobre estudiantes, familias y docentes.

Según pudo saber LA NACION, Almafuerte recibe una subvención provincial del 80% para el pago de salarios docentes y no docentes (un personal de más de cien personas), y cobra cuotas de entre $120.000 y $130.000 para el resto y gastos de funcionamiento e instalaciones. El colegio ocupa nueve lotes, una estructura que luce óptima y en los últimos años incorporó talleres de robótica, de impresión 3D y clases de natación. “Hay gente que vino después de mucho tiempo y dice: ‘No puedo creer lo que es la escuela, lo que se ha avanzado’”, cuenta Pinto Falzarano. Esa postal contrasta con un enclave del conurbano situado a 150 metros del Camino de Cintura, en un tramo signado en los últimos tiempos por el crecimiento de asentamientos, la retracción del entramado industrial y el deterioro del espacio urbano.
Ahora los patrocinadores de los socios que quieren la continuidad de la institución buscarán una nueva instancia judicial que permita preservarla y, al mismo tiempo, atender el reclamo económico de los herederos. “La Justicia debería establecer la parte que les corresponde y hacer frente a eso, pero con la escuela en marcha”, plantea. La institución presentó una nueva propuesta ante la Sala III de la Cámara de Apelaciones y espera que el expediente regrese al juzgado de origen.
La palabra de los alumnos
La acción en el patio del colegio para reclamar por la continuidad del Almafuerte tuvo una participación activa y masiva de los estudiantes, que durante buena parte de la jornada fueron los encargados de expresar el sentir de la comunidad, con una criteriosa solvencia discursiva. Entre ellos, se presenta Mateo Sepúlveda, de cuarto año, que cursa allí desde el jardín. En diálogo con LA NACION, describe que el desconcierto sobre el futuro del colegio se convirtió en “una agonía constante” y en una pelea que atraviesa a todo el alumnado. “Es una situación muy delirante, decepcionante. Es una incertidumbre pensar que la escuela puede cerrar, pero todavía existe la posibilidad de que no suceda”, explica.

Su vínculo con la escuela, dice, está más allá de lo académico: “Este colegio es mi vida. Podría contar muchas historias acá. Mis papás se conocieron acá, así que prácticamente gracias a este colegio nací”. Tiziano Vallejos, también de cuarto año y alumno desde el jardín, comparte esa sensación. “Nos quedamos sin nuestros amigos, sin nuestra segunda casa, que es acá”, afirma. Para él, el eventual cierre también significaría romper un vínculo construido durante años con sus compañeros: “No creo que en otro lado se haya conseguido un grupo de amigos como el que tengo con ellos”. En su familia, agrega, todos esperan que el colegio pueda continuar, entre otras razones por la dificultad de conseguir una vacante en otro establecimiento.
Bárbara Chilliguay, que cursa el último año y tiene una hermana menor en el jardín, describe como “bastante angustiante y desesperante” lo que le genera la situación y tener que ver a sus padres “salir a buscar otra escuela para ella con la tristeza que hay en este momento y a esta altura del año”. Para la adolescente, el Almafuerte es “como una casa”, un lugar al que llegó en el inicio de la secundaria y en el que fue construyendo vínculos con sus compañeros: “Fui viendo cómo la escuela fue creciendo. Mis compañeros, el entorno, es muy agradable”.
Bautista Tambo, también de último año, pone el foco en el impacto que tendría el cierre sobre todo el barrio. Recuerda que el Almafuerte fue uno de los primeros colegios de la zona y destaca su influencia sobre los comercios de la calle Restelli, como librerías y quioscos. “La importancia que tiene el colegio es grandísima”, sostiene. Y remarca: “Va a perjudicar no solamente a todas las familias, que somos 1400 alumnos, sino también al barrio”. Añade que su hermano menor, que cursa primer grado, también sufriría la pérdida de sus compañeros y que la familia ya se encontró con dificultades para conseguir una vacante en otro establecimiento. “Realmente, esto nos golpea a todos”, cierra.
