
Una falsa toma de rehenes provocó caos en el Centro
Se movilizaron más de 300 policías
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Ni el peor guionista de cine clase B pudo haber imaginado una trama más ridícula. Pero sucedió ayer en Buenos Aires. Un grupo de mentalistas, confundidos por vecinos con rehenes en manos de delincuentes, hicieron que la Policía Federal bloqueara durante cuatro horas el microcentro de la ciudad de Buenos Aires, obligó a desplazar centenares de efectivos, grupos especiales, francotiradores, motos, patrulleros, cuatriciclos y helicópteros para concluir en que todo se trató de un gran malentendido, pues no existieron tales cautivos.
El escenario de la falsa toma de rehenes fue el cuarto piso del edificio situado en Maipú 853, donde funciona una escuela de buceo y el centro Aurum. En este lugar, donde todo sucedió, se dan cursos de mentalismo y feng shui, una disciplina oriental que busca la armonía mediante la colocación de los objetos decorativos en los ambientes.
Al saber que el peligro nunca existió y que todo se trató de una gran confusión, los vecinos montaron en cólera con la policía, que les cortó la televisión por cable y los obligó a apagar las luces. Los comerciantes protestaron porque debieron bajar las persianas de los negocios y perder media tarde de posibles ventas. Los padres de un grupo de niños que enviaban a sus hijos a una guardería cercana estaban aterrados buscando alejar a sus bebes de un tiroteo imposible.
Tal vez empujados por una psicosis provocada por los recurrentes robos con rehenes, los empleados de una empresa que funciona en el tercer piso del edificio escucharon que en el piso de arriba "un grupo de personas estaba siendo sometida a amenazas de muerte", según informó oficialmente el jefe de prensa de la Policía Federal, comisario Jorge Rodríguez.
Juraron haber oído: "¡Ahora van a empezar a morir ustedes!" Primero subieron y tocaron a la puerta. Como nadie respondió, llamaron a la policía. Allí comenzó el despliegue de un operativo policial gigantesco que cercó la avenida Córdoba, desde Leandro N. Alem hasta casi la 9 de Julio, Paraguay en la misma extensión, Maipú, entre Marcelo T. de Alvear y Viamonte. Nadie podía entrar ni salir de ese círculo sin permiso policial. No sólo no podían circular vehículos, sino que hasta se bloqueó el paso de los peatones por todos esos lugares, incluida la calle Florida.
La Guardia de Infantería y los policías de la comisarías de la zona cuidaron el anillo exterior para alejar a más de 200 metros a los periodistas, curiosos y vecinos.
Adentro se montó otro cerco, bloqueado por ómnibus de la policía, camionetas y ambulancias. Y en su interior quedaron sólo el negociador y los supuestos rehenes.
En el exterior del círculo se aglomeraron peatones y vecinos. Cadetes que rogaban a la policía que los dejaran pasar a entregar sobres y vecinos que abrieron sus balcones para permitir a los fotógrafos y cámaras de televisión tomar imágenes. Pero los camarógrafos fueron echados por la policía para preservar su propia seguridad.
Según la información que dio la Policía Federal, el negociador del Grupo Especial de Operaciones Federales (GEOF) trató de entrar en contacto con los ocupantes de la oficina del tercer piso. Tocó la puerta y nadie contestó.
Se instalaron entonces micrófonos y equipos de escucha supersensible para saber qué pasaba tras la puerta. Se escuchaban ruidos, voces, gritos y movimiento de muebles, como si los estuvieran colocando contra la puerta. Hasta pasaron por debajo de la puerta una credencial policial, pero nadie respondió a la policía, dijo Rodríguez.
¡Café, café!
Así pasaron más de tres horas, y ya anochecía. Algunos policías que alejaban a los curiosos buscaron calentarse en el café que le ofreció una señora de una consultora de marketing, que salió, bandeja en mano, a repartir vasitos de telgopor, con un cartel para publicitar su empresa ante las cámaras. Otro cafetero, con un termo rojo bajo el brazo, en cambio, cobraba un peso por el brebaje.
Las horas pasaban y la policía no conseguía contactarse con nadie en la oficina. Sin embargo, habituales voceros informaban que había cuatro delincuentes y arriesgaban que los rehenes eran más de una docena. Hasta un testigo, de nombre Carlos, afirmó ante las cámaras que vio entrar en el edificio a dos hombres con pistolas, y otros cargando una caja.
La policía, oficialmente, dijo que nada de eso era cierto.
Rodríguez afirmó que se tardaron tantas horas "porque las personas del cuarto piso se encerraron y no hacían caso de las requisitorias policiales". El comisario criticó a los mentalistas y afirmó que le tomaron el pelo a la sociedad al encerrarse en el lugar.
Luego, según la policía, los falsos rehenes vieron en una página de Internet que centenares de policías rodeaban el edificio y decidieron escribir una nota a los efectivos.
Allí decía que eran 23 y que no eran rehenes. Pero nadie les creyó. Una fuente de la Policía Federal, que siguió en el lugar el desenlace de la comedia, explicó a LA NACION que creyeron que eran delincuentes que trataban de eludir a la policía haciéndoles creer que allí no pasaba nada.
Rodríguez señaló que "de ninguna manera se podía irrumpir en el lugar, porque tenemos en cuenta la integridad física de los posibles cautivos".
Finalmente, la policía se convenció de que decían la verdad. Entró e identificó uno por uno a los 9 hombres y a las 13 mujeres que hacían control mental. Una a una fueron subidas a un vehículo policial y llevadas a la comisaría 15a., donde explicaron anoche qué hacían en sus clases.
Ninguno quedó detenido, porque practicar control mental no configura ningún delito.
Una clase muy rara
El grupo de mentalistas de Aurum estaba liderado por un hombre de nombre Alejandro, que cobraba 200 pesos a cada alumno por sus clases de entrenamiento de liderazgo y autocontrol mental, dijeron fuentes policiales a LA NACION.
Ayer, una de las mujeres declaró en la comisaría 15a. que llegó al lugar por recomendación de una amiga, porque se llevaba mal con su familia y en el grupo de reflexión podía liberar su estado de ánimo y dar rienda suelta a los sentimientos de su interior. Por eso gritaban: "¡Me muero!", y se despedían de sus familiares como si fueran a suicidarse, según fuentes policiales. Las autoridades presumen que no estaban en sus cabales.





