
Uno de sus relatos de ciencia ficción, “El centinela”, fue la base de “2001: Odisea del espacio”, de Stanley Kubrick. Mucho antes de eso, sin embargo, había propuesto usar satélites geoestacionarios para las telecomunicaciones; y ese fue solo uno de sus increíblemente acertados anticipos de lo que vendría
Hay en el cielo, invisible y silenciosa, una órbita que lleva su nombre. Está a 36.950 kilómetros de altura (es decir, un radio de alrededor de 42.000 km desde el centro de la Tierra), y se la conoce como Órbita Clarke. El honor se debe a que Arthur Charles Clarke, además de un brillante escritor de ficción, fue el primero que propuso con lujo de detalles, en 1945, que los satélites geoestacionarios podrían usarse en las telecomunicaciones a escala planetaria. Hoy suena tan cotidiano que lanzar un satélite parece (solo parece) tan trivial como tomarse un avión. En 1945, sin embargo, los únicos cohetes que existían eran los fatídicos V2 alemanes, que Clarke cita en ese trabajo fundacional.

