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El byte se corta por lo más delgado, Parte V

Ariel Torres
Ariel Torres LA NACION
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16 de febrero de 2019  • 00:00

Me ocurre a menudo. Alguien me dice que tiene una computadora algo viejita o que no anda muy bien, que si la puedo ver, que cualquier cosa me la quede, que ya tiene otra mejor, cosas de ese tipo. Estoy a medio camino entre ese amigo que sabe, un reciclador de desechos electrónicos y el afortunado receptor involuntario de máquinas que parece que no andan y que al final hago andar. Porque, ya me conocen, no me traigan un problema porque no puedo parar hasta que lo resuelvo.

La escena se repitió estos días. Una hermosa notebook con una pantalla así de grande (aunque no es táctil ni tiene una definición superlativa) y un terabyte de disco en un equipo notablemente liviano. De buena marca, añadiré. Pero, a todas luces, no se llevaba bien con Windows. Suficiente RAM (8 GB), un procesador aceptable (Core i7), y un rendimiento horrible. Pero horrible de verdad.

No tenía sentido. Así que saqué el pendrive mágico y en algo más de media hora le instalé un Ubuntu 18.04 (la última versión con soporte a largo plazo, que en general prefiero para esta clase de salvajates). Cosa nada sorprendente, la computadora ahora volaba. Como pueden imaginarse, porque de otro modo no le habría dedicado estas líneas, apareció un problemita. Chiquito. Insignificante, digamos. No veía el Wi-Fi.

Habrán percibido la ironía del párrafo anterior. Porque, sin Wi-Fi, cualquier dispositivo de cómputo se convierte en un pisapapeles de los caros.

Está todo bien mal

Sí, antes de que lo pregunten, estaban instalados los controladores para redes inalámbricas para Linux. Es decir, la máquina debería estar viendo el router. Pero no.

Me rompí la cabeza un buen rato y, como era tarde y es bastante común que mi cabeza resuelva estos problemas mientras duermo, me fui a la cama. Al día siguiente no tenía ni media idea y, de paso, se presentaron un número de inconvenientes personales (nada grave), que es lo último que querés cuando necesitás concentrarte en un problema.

Así que después de observar los parámetros del BIOS, donde no había nada que pudiera estar interfiriendo con la red inalámbrica, decidí reinstalar. Di por sentado que la noche anterior había hecho algo mal. Muy raro, porque instalar un Linux hoy es más fácil que abrir la puerta de la heladera. Pero volví a poner ese Ubuntu en la máquina. De cero. Por si acaso.

No dio resultado. Seguía sin ver el router Wi-Fi. Intenté conectarme como si fuera una red oculta. Nada. Probé el nombre de la red en minúsculas. Cero. Lo probé exactamente como está escrito. Tampoco.

OK, una actualización completa del 18.04 (han casi 10 meses desde su lanzamiento) casi seguramente corregiría el inconveniente. Subí a mi estudio, desconecté el cable de red de mi computadora principal, lo enchufé a la notebook y la puse a actualizar. Más de 500 megabytes de upgrades. Si con eso no resolvía la falla de Wi-Fi, tendría que apelar a cirugía mayor. Actualizar el BIOS.

Windows only

Por supuesto, no funcionó. Bajé al comedor, donde estaba más cómodo, y miré la lista de redes Wi-Fi disponibles. Ninguna. Ni siquiera las de un par de vecinos, que normalmente aparecen. Débiles, pero aparecen.

Estaba empezando a entrar en el Modo En Cualquier Momento Rompo Todo. Pero antes de echar mano de medidas tan extremas, que, por otro lado, no habría resuelto el problema del Wi-Fi, fui al sitio del fabricante a buscar actualizaciones para el BIOS. El BIOS es y hace muchas cosas fundamentales para que una computadora funcione bien, y sin él la máquina ni siquiera arranca. Sin embargo, hace mucho que ya no se ocupa de la abstracción del hardware; eso es algo de la época del DOS. Se me estaban terminando las cartas, esa es la verdad.

En el sitio del fabricante encontré un upgrade, pero sólo para Windows. #facepalm

Desde luego, hay formas de rodear este obstáculo, pero el procedimiento llevaría un buen rato y me tenía que ir al diario. No me gustaba la idea, pero al parecer tendría que esperar hasta la noche para seguir probando soluciones. (¿Realmente actualizar el BIOS solucionaría este problema en particular? La documentación ni mencionaba Wi-Fi.)

En todas estas historias en las que los obsesivos buscamos frenéticamente resolver un problema, hay un momento de inspiración que no tenemos idea de dónde sale. Es muy probable (mis compañeros de TOC me ayudarán con esto) que se deba a las miles de veces que pasamos por situaciones parecidas y entonces es como si el cerebro tuviera ciertos reflejos automáticos. A 10 minutos de salir para el diario (tenía una reunión), se produjo ese instante de inspiración.

–Vení para acá –le dije a mi teléfono, y activé el Punto de Acceso Wi-Fi. Dicho muy grosso modo, esto convierte al smartphone en un router Wi-Fi que en lugar de usar la conexión de cable o de ADSL usa el plan de datos. (Así que a no exagerar.)

Y adivinen qué. ¡Correcto! Casi de inmediato la computadora vio el punto de acceso del teléfono. Me conecté. Entré en YouTube. Puse un video, y anduvo perfecto. Me desconecté. Luego de eso, mi cabeza estaba funcionando a una velocidad tan alta que el mundo alrededor se movía en cámara lenta.

Pero no había mucha ciencia en todo el asunto. Si los parámetros del punto de acceso del teléfono eran los mismos que los de mi router en la planta alta. . . , y ahí me detuve en seco. El mundo alrededor volvió a moverse a la velocidad normal, y proferí, en latín del siglo XI:

–No te la puedo creer.

Esa no me la esperaba

Hace tiempo, luego de mucho analizar la forma en la que la cobertura Wi-Fi se comporta en casa, decidí que, salvo en casos especiales, la extensión de la señal era innecesaria. Así que apagué el buen WRT54G que usaba como repetidor, que quedó, por si acaso, arriba de la heladera, fuera de la vista. Salté de la silla, tanteé hasta encontrarlo, desenrollé los cables y lo conecté. Medio minuto después, su nombre apareció en la pantalla de redes inalámbricas disponibles. Repetí, esta vez en occitano:

–No te la puedo creer.

Desconecté el buen WRT54G, lo volví a guardar –así no me retan–, y fui subiendo la escalera mientras miraba la pantalla de la notebook (no hagan esto en sus casas). A medio camino, ¡ping!, apareció el router que durante dos días había estado ausente. Me conecté y andaba perfectamente bien.

Distancia. Ese era todo el problema. Todos los otros dispositivos (cuatro o cinco teléfonos, tres notebooks, una desktop) se conectan a ese router desde el living sin problemas y a buena velocidad. Esta notebook era la excepción. ¿Causas? Varias, pero al más probable es algún tema de hardware porque, me dicen, también le costaba enganchar los routers cuando usaba Windows.

¿Solución? Volver a conectar el repetidor o usar la notebook para alguna otra misión que no requiera Internet, como la de reproducir discos compactos. Sí, tiene lectora ;) Ya veremos cómo se comporta su hardware de audio, pero puedo guardar en el disco de esa máquina más de 1000 CD en su calidad original.

Datito del estribo: al menos en dos ocasiones, cuando subí la escalera con la máquina abierta, el ícono del router esquivo debió aparecer durante unos instantes en la lista de redes inalámbricas disponibles. Solo que, por prudencia, yo iba mirando la escalera. Supongo que es mejor así. Despeñarse es mucho peor que no encontrar un router.

Actualización (porque nobleza obliga): no, no era un problema de hardware. Sobre el cierre, le instalé a la notebook el más reciente de los Ubuntu, el 18.10. Así como empezó la instalación, para mi sorpresa, vio el router de casa y los de mis vecinos, y con excelente señal. Y así siguió cuando todo estuvo listo para usar. Todos los días se aprende algo, mire.

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