
Paul y Bill se hicieron amigos en la secundaria, a principios de los ‘70; se separaron para ir a la universidad, pero Allen abandonó los estudios, convenció a Bill Gates de hacer lo mismo, fundaron una pyme y cuando alcanzaron el éxito, a los 30 años, recibió una noticia inesperada y terrible
Paul Gardner Allen es el personaje mitológico de esta industria que aprendimos a amar de adolescentes, que vimos revolucionar el mundo cuando teníamos 30 o 40, y que ahora, veinte o treinta años después, sigue despertando nuestra curiosidad y estimulando nuestro intelecto. Tenemos héroes y próceres, personajes oscuros, crípticos, luminosos, y también mártires. Pero el gran Paul Allen es el arquetipo de Ícaro, que logra volar más alto que nadie y en el apogeo de sus logros cae al mar. El hijo de Dédalo sucumbe por su propio error, al desoír el consejo paterno de no volar muy alto, porque el calor del sol derretiría la cera que mantenía las alas unidas a su cuerpo. Allen, en cambio, fue golpeado por el destino. En 1983 (un poco menos de dos años de lanzada la computadora personal) abandonó el día a día en Microsoft, que quedó a partir de entonces completamente en manos de Bill Gates. Es que poco antes, en 1982, le habían diagnosticado a Allen un linfoma de Hodgkin, un tipo de cáncer del sistema linfático.

