
Tarde o temprano, un teléfono, una notebook, una consola u otro dispositivo digital empieza a hacer algo que no debería; una historia real que enseña a no empeorar las cosas y a identificar a los verdaderos culpables
Como saben, la mitad de la vida moderna pasa por el rabillo de nuestros ojos. La notificación abajo a la izquierda en la compu. El celular que, incluso silenciado y boca abajo, se enciende sobre el mantel de la mesa en la que estamos comiendo con alguien, y el ojo lo percibe y durante unas centésimas de segundo nos ausentamos. La pantalla secundaria, donde ponemos lo que se supone que no es urgente y que no obstante nos importuna a cada rato. Millones de distracciones por día, en total; pero no son algo nuevo. Lo advertí en esta misma columna columna, doce años atrás.

