Ascochinga comparte sus tesoros
Junto a las Sierras Chicas, este pueblo enseña sus tradiciones con un paseo por los monumentos
1 minuto de lectura'
ASCOCHINGA.- Hay un punto específico donde se abren los paisajes, los caminos, los días, en Ascochinga. Ese punto es el corazón mismo de esta pequeña y tradicional ciudad cordobesa: se trata de su iglesia, diminuta y conservada como una leyenda eterna desde 1900, con estilo normando y privilegiada visión del contorno arisco del cordón de las Sierras Chicas.
Destino obligado de las familias que gozan del entorno silvestre y los colores siempre atractivos de la sierra cordobesa, así como de las cascadas cristalinas que brotan por doquier, Ascochinga ofrece la pasividad perfecta para el descanso.
A sólo 40 kilómetros de la ciudad de Córdoba, se entrelaza con una cadena interminable de poblados -desde La Cumbre, pasando por Agua de Oro, hasta Jesús María y Caroya- repletos de casas de veraneo que siguen las reglas de construcción de la arquitectura sajona y arman una postal perfecta para el viajero.
Secretos ancestrales
La presencia de pinares en derredor de los jardines marca los caminos que desembocan en viviendas de familias que saben conservar las tradiciones ancestrales, descubriendo sus secretos en los dulces artesanales y las recetas de la abuela que se repiten aun en los lugares comerciales (a los que sólo puede aplicarse esa denominación por el pago y no por la atención que se inclina a la familiaridad, la charla regada de leyendas, el buen consejo del lugareño).
Caminos que bajan de la montaña indican las opciones cercanas para el entretenimiento, partiendo siempre desde la iglesia, punto neurálgico de la ciudad.
Se puede optar por una jornada a puro sol en las aguas del río Ascochinga, picnic mediante. Sauzales y cascadas para relajar la espalda con el golpeteo intermitente del agua colaboran con la relajación que se inicia, simplemente, con respirar el aire purísimo de las sierras.
Si se sigue el curso del río por 5 kilómetros, el visitante puede encontrarse con una sorpresa. En verdad, con tres: las Tres Cascadas, saltos de agua cristalina rodeados por hoyas que, tras dos horas y media de caminata entre una vegetación abundante, desembocan en el Pozo Azul, la hoya más profunda con ocho metros y truchas de porte mediano nadando en su interior.
Los pasos de los jesuitas
Si uno se aloja en Ascochinga, se puede elegir un camino histórico para alguno de los días de las vacaciones.
La tradición jesuítica de la zona indica como paseos imperdibles a las capillas de Santa Catalina y Candonga. La primera, al pie de las Sierras Chicas y a 13 kilómetros de la ciudad, consta de una calle principal y única que obliga a detener la mirada sobre las paredes de roca que rodean al convento, enclavado como centro absoluto de la mirada, testimonio palpable de la época colonial.
Una magnífica obra cultural y mística como la iglesia de Santa Catalina, remozada últimamente con la mano de los pobladores para seguir celebrando la santa misa cada domingo, encuadra la mejor de las vistas.
Estas eran tierras habitadas por los indios de Sinsacate, Salsacate y Catacumba hasta 1584, cuando fueran adjudicadas a Miguel Ardiles, uno de los conquistadores españoles que llegó con la expedición de Jerónimo Luis de Cabrera, por un designio de la realeza española.
Hoy, el agua que se utiliza en la región, que cae imperturbable desde las sierras de Ongamira, llega al poblado por cañerías subterráneas construidas por los jesuitas con piedra, allá por 1656.
Alrededor de la iglesia, las construcciones privadas cuentan también la edad del entorno y ofrecen una sombra donde refugiarse, comprar artesanías y objetos religiosos o, simplemente, degustar una colación de dulce de leche y un sabroso té.
Salidas con aire puro
Los que tengan muchas ganas de oxigenarse, nada mejor que optar por una cabalgata o trekking de medio día en el Camino del Pungo: 31 kilómetros que unen, por terreno de montaña, Ascochinga con La Cumbre.
Para caminar a contramano del sol desde el amanecer, habrá que calzarse ropa cómoda y trepar los 1800 metros de la montaña más alta de la zona, Piedra Blanca, y dejar testimonio de su paso por allí pintando la cruz que está en su cima.

