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Pocos países me han impresionado tanto como Birmania, hoy llamado oficialmente Unión de Myanmar. Desde George Orwell hasta Rudyard Kipling se enamoraron de la hospitalidad, la limpieza y la alegría de los birmanos. Esta tierra, que hasta 1948 estuvo bajo dominio británico y por décadas ha sido la mayor productora de rubíes del mundo, es un hervidero de etnias, cada una con su lengua, su música y sus tradiciones.
Recorrí Birmania a través del río Ayeyarwady, que divide el país en forma longitudinal, a bordo del Road to Mandalay, un lujoso barco de río con 56 camarotes. A lo largo de más de dos mil kilómetros, pude conocer sus leyendas y acercarme a su historia.
La vida de los pueblos que colindan con el río me resultó fascinante. Como serpientes, surgían muelles de teca y bambú donde los comerciantes se acercaban para vender su mercadería. Mujeres enfundadas en sus longyi (polleras largas que se enrollan como el sarong y se anudan a la altura de la cintura) y maquilladas con thanaka (pasta amarilla de fragancia parecida al sándalo, que protege del sol) caminaban con jarrones llenos de agua sobre la cabeza, y se perdían entre los árboles.
A través del polvo que dejaban las carretas, aparecían los cultivos de arroz y los monasterios, de una elegancia sobria. Se podía observar a los fieles aglomerados alrededor de las doradísimas estupas. Este tipo de construcción budista hecha para contener reliquias, de base cuadrada, estructura cilíndrica y en punta (que simboliza la residencia de los dioses) sobresale de las blancas pagodas que se suceden en el paisaje.
Mandalay y Amarapura. Antes de abordar el barco que nos llevaría por el río Ayeyarwady, hicimos un recorrido por Mandalay. La ciudad está construida sobre una colina y todo gira en torno a las cuatro paredes ?de 2 km de largo cada una? del palacio real. En Los días de Birmania, de Orwell, leí que Birmania fue una monarquía hasta 1886. Conocimos el monasterio Shwe Nandaw Kyaung ?tallado en madera?, una fábrica de hojas de oro (que hasta el día de hoy se fabrican a mano) y la pagoda Kuthodaw con su "libro más grande del mundo": un monumento con 729 pilares donde están labradas las escrituras budistas del Tripitaka correspondientes a las tres colecciones de textos sagrados del budismo.
Lo que más me impactó fue la pagoda Maha Muni, que alberga una estatua de Buda del siglo XI. El rito consiste en colocar finas hojas de oro sobre toda la efigie. Hoy se consiguen entrando en la pagoda, por menos de u$s 2. Me sorprendió ver las montañas del preciado metal sobre las extremidades de Buda.
Luego, un bus nos llevó hasta Amarapura, a 11 km de Mandalay. Ésta fue la capital del reino de Birmania entre 1783 y 1860 ?con algunos intervalos?, y albergó la primera embajada británica del país. Caminamos sobre el puente U Bein, 1.200 m de pura teca, que por siglos fue la única manera de llegar a la ciudad. Si bien este pueblo albergó a las familias adineradas de la región, hoy sobrevive gracias a la producción de seda, algodón y esculturas de Buda de mármol blanco. Sobresalen la torre del palacio, la tesorería y las tumbas de los reyes Bodawpaya y Bagyidaw. Finalmente, abordamos el barcoRoad to Mandalay en el puerto de la ciudad homónima. La embarcación replica los antiguos barcos que navegaban el río Rin y remonta a la fantástica novela Muerte en el Nilo, de Agatha Christie. Regentado por la compañía británica Orient Express, es una forma privilegiada, e incluso romántica, de recorrer Birmania. Tomar un café a la luz de las estrellas, saborear la refinada cocina del sudeste asiático, dormir entre sábanas de algodón egipcio y disfrutar de un servicio de lujo, son experiencias inolvidables.
Primera parada: Sagaing. Una vez instalado en el camarote 209, la primera visita fue a Sagaing, capital espiritual del país. El poblado alberga más de 600 monasterios budistas de la escuela Theravada ?la más cercana al budismo temprano? donde viven y estudian miles de monjes. En Birmania, todo varón debe pasar por la experiencia monástica alguna vez en su vida. El respeto a los monjes es sumamente estricto y su función social es muy valorada.
Los imperdibles: La pagoda de U Shu, que ofrece una vista panorámica única de otras pagodas y de los monasterios desperdigados entre los árboles y el Fuerte de Thabyedan, edificado en 1885 para defender a Mandalay de la ocupación inglesa.
Bagán. Este sitio arqueológico fue la joya del viaje. Es un pueblo con más de dos mil pagodas construido sobre un terreno semidesértico. Sus atardeceres brindan un espectáculo de tonalidades que oscilan entre el terracota y el bordó. Podría ver la puesta del sol todos los días de mi vida en Bagán. Y jamás me cansaría.
La pagoda de Shwezigon (construida entre 1044 y 1077 para celebrar el establecimiento del budismo Theravada en el reino), la estupa de Mingalazedi (1285) y los templos de Ananda ?que guardan cuatro enormes estatuas de Buda?, Gubyaukgi y Manuha hacen de este lugar el sitio más rico en arquitectura de todo el país.
Mount Popa. Este pequeño volcán de 737 metros alberga en su cima uno de los monasterios más visitados de Birmania. Rodeado por pequeños pueblos, bosques de sándalos y plantaciones de papaya, café y banana, donde habitan incontables mandriles, el templo puede distinguirse a lo lejos gracias al intenso dorado de su estupa.
Fue construido para cobijar a los 37 nats de la mitología birmana (estatuas de espíritus naturales representados en forma humana). Con orgullo, puedo decir que subí, sin parar, los 777 escalones. Y me aseguré de no usar rojo, negro o verde ya que, según escuché decir a una guía, esos colores ofenden a los nats.
Maymyo. Frecuentado por las familias adineradas que escapan del calor, Maymyo es un típico pueblo construido durante la colonia británica (1886-1948), con estación de tren y arquitectura occidental. Se levanta a mil metros, donde la temperatura es más baja y hay ricos cultivos, como el café y las frutillas. Además, desde allí se obtiene una vista única de las plantaciones de arroz.
En el mercado de Aungchatha, donde abundan especias, flores y vegetales, pude comprar mucho curry y otros condimentos para practicar, a la vuelta, mi afición por la cocina asiática.
Yangón.El itinerario terminó en la actual capital del país. Allí visitamos la pagoda Shwedagon, de gran importancia para los budistas, que alberga la estupa más grande del mundo, de cien metros. En su interior se resguardan ocho cabellos de Buda desde hace 2.500 años.
La pagoda está rodeada de pequeños pabellones, donde los fieles depositan flores y frutas como ofrenda. Ver a miles de personas arrodillarse para colocar sus varas de incienso frente a Buda es viajar en el tiempo. Lo confirmo: Birmania es uno de los pocos países del planeta en el que se puede sentir el encanto y la belleza del pasado.
Por Rodolfo Vera. Nota publicada en revista Lugares nº190, febrero de 2012.
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