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Carnaval de la Quebrada: la fiesta de los diablos


Fotos de Estrella Herrera

Ancestral, pagano y multicolor, el Carnaval de Tilcara no es un espectáculo para presenciar sino una celebración a la que se asiste sin invitación, convidados por el Pujllay o Supay, el mismísimo Diablo.

Este año la cita arranca el 22 de febrero y culmina el 1 de marzo. Los días más agitados serán 22, 23, lunes 24 de Carnaval Grande y martes 25 de Chaya, seguido del Miércoles de Ceniza. Luego, el jueves 27 comienza el Carnaval Chico hasta el entierro del diablo, el domingo 1. Los recorridos de las comparsas suceden en todos los pueblos. Suelen ser a partir de las 14 horas y duran hasta que terminen las invitaciones.

El Pujllay, o Diablo, es protagonista del Carnaval en el Norte. Es una entidad ambivalente que no es ni buena, ni mala; pero los ancianos les piden a sus hijos y nietos que no anden solos. Hay que respetarlo.

En lo alto de los cerros, nubes de humo azul, fucsia y amarillo envuelven a los diablos que descienden bailando y haciendo piruetas. Tienen capas chillonas, decoradas con espejos, cascabeles, lentejuelas y colas largas que cuelgan del pantalón, de hasta 3 metros.

Hay bombas de estruendo, talco, harina, perfume de albahaca. Se bebe chicha, saratoga (vino blanco con limón, frutas, un destilado más fuerte y azúcar) y Singani (destilado de uva Moscatel de Alejandría hecho en Bolivia).

El alcohol forma parte del rito. Es casi imposible “endiablarse” sin beber. No se carnavalea con agua o gaseosa. Vale dormir una siesta en cualquier esquina. Despertarse y continuar como si nada.

Chayar es ofrendar. Se hace cubriendo los objetos materiales con coca, con harina, con papel picado. La chaya es agradecimiento, pero también pedido. Se puede chayar el auto, la casa, todo.

Después de mucho esperar, llega la hora del desentierro. Un diablo retira el muñeco del mojón chayado y lo entrega al presidente de la comparsa. Todo es gritos y algarabía. La multitud baila sin tapujos.

La lógica del Carnaval es simple. Hay que seguir una comparsa y entonar sus canciones, deteniéndose a beber allí donde hay “invitaciones”: tachos con bebida comunitaria. Muy imporante no perder el vaso.

Si un diablo toma tu mano para llevarte a pasear, no vale negarse. Hay que dejarse llevar. De a ratos te envuelve con su larga cola, que funciona como bufanda y tiene un sentido fálico. Hasta que uno se desprende y lo deja seguir. Si no quiere quedarse, claro.

Las coplas también son parte de la fiesta, como una manera de compartir experiencias y emociones. Cada pueblo tiene su estilo. Pueden ser de amor, de agradecimiento, y hasta un poco picantes, o machistas.

Cuando la fiesta termina, el muñeco que representó al diablo se entierra en el mojón, para luego quemarse. Es una pequeña hoguera purificadora, que marca un compás de espera hasta el año próximo.

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