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Creta tiene un largo de 260 km y 620.000 habitantes, casi la suma de los pobladores del resto de las 2.000 islas griegas. Recorrerla bien lleva una semana como mínimo, si se quiere ir más allá de visitar el palacio de Cnosos y los alrededores de Heraklion, su capital, una ciudad de fuerte perfil urbano. La solución es alquilar un auto y adentrarse en la isla. Las mejores playas están en el rocoso sur, sobre el mar de Libia, y entre las montañas se esconden los pueblos cretenses más auténticos.
Uno de estos pueblos es Archanes, al sur de la ciudad cabecera. Hay balcones con flores, una plaza donde juegan al dominó y viñedos que crecen en los jardines de las casas. Me detengo en un kafeneio, como se llaman los típicos cafés locales. Los va a reconocer cuando vea un grupo de hombres en medio de una nube de humo y escuche el toc toc de los komboloi, el breve rosario anti-estrés que usan los hombres, hecho con cuentas de plástico, cerámica o madera. En las ciudades se están perdiendo los kafeneios, pero en los pueblos constituyen el centro de la vida social. Aprendo mi primera lección cretense: aunque los hombres estén en el café y las mujeres en la casa, son ellas las que toman las decisiones en esta isla.
¿Y las playas? La más famosa del centro se llama Matala. Fue una meca hippie en los 70, cuando los viajeros dormían en las cuevas de arenisca que se forman en su acantilado. Bob Dylan y Janis Joplis la frecuentaban. Hoy, el flower power es sólo un recuerdo nostálgico y la playa se globalizó: hay supermercado, alquilan sombrillas y ofrecen masajes. Pero el paisaje es el mismo, y el chapuzón en este mar amerita el viaje de 70 km desde Heraklion.
Hacia al este, en la región de Lasithi, están las playas de Elounda y Agios Nikolaos. Son las que más se desarrollaron en los últimos años, y las favoritas del jet set internacional. Lady Gaga se hospedó en uno de sus hoteles lujosos la semana pasada y visitó el spa Six Senses. Dicen que se sale de ahí con imagen renovada y varios ceros menos en la cuenta bancaria.
Desde Elounda parten los ferries hacia la isla de Spinalonga, una ciudadela del siglo XVI que en 1913 devino en el último leprosario de Europa. Llevaban a los enfermos a morirse allí, lejos de la sociedad. Hoy es todo lo contrario: la visitan grupos de jóvenes en forma, que llegan escuchando música y tomando cerveza en el barco.
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Por Cintia Colangelo. Nota publicada en enero de 2014. Extracto del texto publicado en revista Lugares nº 213.

