Cuenca, la casa original de los sombreros panamá
Esta ciudad ecuatoriana muestra, además, su estilo colonial
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CUENCA, Ecuador (El País, de Madrid).- Los cuencanos (así se llaman a sí mismos los habitantes de la ecuatoriana Cuenca) se sienten ufanos por pertenecer a una ciudad que se considera depositaria de un señorío un tanto trasnochado, un indisimulado conservadurismo criollo y una manera de ser educada y culta.
Cuando se recorren las calles de Benigno Malo, Mariscal Sucre, Simón Bolívar o Padre Aguirre, aledañas a su moderna catedral, inacabada, pero presuntuosa por la ostentación de mármoles de Carrara en su interior, se antoja que uno puede darse de bruces con aquel hidalgo que saluda tocando el ala de su sombrero a la salida de misa dominical. Aún hoy, sus habitantes no tienen prurito alguno cuando hablan de Cuenca como bastión del catolicismo ecuatoriano.
El virrey Diego Hurtado de Mendoza envió en 1557 a Gil Ramírez Dávalos a que fundara una Cuenca (en honor de su villa natal) americana "en lugar donde hubiera ríos y un clima primaveral". Lo encontró en el fértil valle de Tomebamba, allí donde levantó su gran palacio septentrional el inca Huayna Capac, que quiso convertir esta ciudad en la rival de Cuzco.
Tiempos remotos
Cuando los primeros españoles llegaron, el gran palacio de Pumapungo era un revoltijo de piedras calcinadas. Los hijos de Huayna, Huascar y Atahualpa, se destrozaron en una guerra civil que se llevó por delante gentes y ciudades. Sobre aquellas ruinas se erigió un poblado con el pomposo nombre de Santa Ana de los Ríos de Cuenca, por las cuatro corrientes que cruzan su feraz valle, al que los aguerridos indios cafiari llamaron Guapondelig ( tan grande como el cielo ).
Un mínimo recuerdo a la Cuenca española se descubre en unas casas, de un deteriorado estilo poscolonial, que se asoman sobre el río Tomebamba, en la llamada zona del Barranco, donde un puente une la antigua ciudad con los barrios residenciales.
La Cuenca colonial, Patrimonio de la Humanidad desde comienzos de la década del noventa, tiene el típico trazado cuadrangular de las ciudades de la Colonia. En cualquier rincón se contemplan casas con balconadas de madera y sus patios interiores, donde aún se conserva una vida vecinal común de charlas y chismorreos. Un ejemplo es la Casa de las Palomas, hoy restaurada. Al margen de la catedral, uno de sus mayores atractivos, el convento del Carmen, no puede visitarse. En su interior, una veintena de monjas guarda una estricta clausura y su contacto con el exterior es la venta de dulces. Un gesto de disgusto es comprensible en el visitante cuando se le niega la entrada al refectorio para contemplar los frescos. "No exageramos -dicen- cuando lo llamamos la Capilla Sixtina de Ecuador." Desgraciadamente, no se puede certificar.
La ciudad es la capital de dos formas artesanales: la cerámica y el mal llamado internacionalmente sombrero panamá confeccionado con la paja toquilla. El malentendido proviene de que estos sombreros, de fama reconocida por su flexibilidad y comodidad, fueron comprados en gran cantidad para los obreros que construían el canal de Panamá. Allí se les dio el nombre ahora conocido en todo el mundo. Los mejores, según la tradición tejidos al amanecer, tienen precios que superan los 100 dólares.
La cerámica popular está por doquier, aunque es mejor acudir al mercado Rotari, flanqueado por las tiendas de los indios otavaleños. Se suceden los puestos de obras de barro, cestería y hierro forjado. Pero los cuencanos desean demostrar que no se vive del pasado, y el ceramista Eduardo Vega se encarga de demostrarlo. En su casa-taller, que se puede visitar, se exponen algunas colecciones de este diseñador. Vega se considera un pionero de la cerámica artística. Su objetivo, comenta desde el salón de su taller, con una vista inmejorable de todo el valle, es que "la cerámica sea considerada un arte en sí mismo". Habla con pasión contenida de su trabajo y con añoranza de las tapas y el vino al recordar sus tres años de estudiante en Madrid.
Del imperio
Del viejo Imperio Inca apenas quedan en Cuenca varios muros escalonados de lo que fue Pumapungo. La joya arqueológica ecuatoriana se encuentra a dos horas de camino, en Ingapirca o Muro del Inca. Es cierto que no alcanza el esplendor de Cuzco o la majestuosidad de Machu Picchu, pero aún queda mucho por excavar y tiene la originalidad de la forma ovalada de su templo central.
La historia de Ingapirca se confunde con la guerra de los incas por dominar a los cahari, de origen maya. y hasta entonces señores de la región en una civilización matriarcal. A un kilómetro del área central, sorteando varias colinas, discurre el Camino del Inca, que unía Quito con Cuzco a través de una calzada empedrada. No muy lejos hay un tramo de varios kilómetros perfectamente conservado.
En medio de estas ruinas, evocando las reglas que regían en el Imperio inca: no robar, no mentir y no ser perezoso, se hace difícil entender la matanza de miles de cahari para arrancarles el corazón y plantarlo. Atahualpa se vengaba así de una traición y esperaba conocer qué tipo de árbol germinaría de corazones tan indomables.
Datos útiles
Cómo llegar
Desde Quito en ómnibus hay servicios diarios por varias compañías. Salida desde la estación central Cumandd.
Visita de Ingapirca
Hay servicio de ómnibus desde la terminal terrestre de Cuenca. El viaje dura unas dos horas y cuesta 3 dólares de ida y vuelta. La entrada al complejo arqueológico cuesta alrededor de 2 dólares, incluido un guía.
Más información
Embajada de Ecuador, Quintana 585, pisos 9 y 10 (4804-6408). Atención de lunes a viernes, de 9 a 13.
En Internet
www.municipalidadcuenca.gov.ec


