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Enclavado en la parte más alta de las Sierras Grandes de Córdoba, muy cerca del cerro Champaquí, La Cumbrecita conserva todo el encanto de un pueblito de montaña tirolés, y eso se debe a su origen, una aventura de alemanes. Helmut Cabjolsky, un ingeniero alemán que había llegado a Buenos Aires junto a su familia como gerente de la empresa Siemens, compró en 1934 500 hectáreas en el cerro La Cumbrecita; no había caminos, de modo que tuvo que llegar a caballo. Tomó el lugar como su zona de veraneo, y llevó a su esposa, sus hijos y su ama de llaves, Liesbeth Mehnert, junto a su marido, Kurt. Sus cuñados, Federico y Enrique Behrend, abrieron la primera huella para llegar al lugar y comenzaron la forestación de pinos que hoy embellece el pueblo. Muy pronto levantaron una casita de veraneo, que enseguida se convirtió en un albergue para los amigos de la familia; después, en una pequeña hostería familiar... y hoy es el hotel La Cumbrecita. Andando el tiempo, Liesbeth Mehnert abrió la histórica confitería Liesbeth, y el hijo mayor de la familia Cabjolsky hizo el primer loteo del terreno.
Hoy es un pueblito muy particular, que conserva esta herencia centroeuropea en la arquitectura y la gastronomía. Es ordenado, armónico y silencioso, entre otras cosas porque se mantiene peatonal: el auto debe dejarse en la entrada, del otro lado del río Del Medio. Durante el día, sólo pueden entrar motorizados aquellos que tengan reservas de alojamiento, con la condición de dejar el vehículo en el estacionamiento, y los propietarios, sólo para entrar y salir del pueblo. Y es una buena idea, ya que la villa es tan chica que se recorre mejor a pie, con el ritmo de quien está dispuesto a mirar de cerca.
Una plaza que es un gigante tablero de ajedrez
La Cumbrecita tiene menos de 500 habitantes, que cuidan celosamente su paz; los tours grupales sólo están autorizados si involucran un guía local. Su belleza descansa principalmente en el paisaje, debido al relieve accidentado, el río y la colorida vegetación: coníferas, nogales, abedules, arces.
La recorrida básica empieza por la entrada al pueblo y lo atraviesa siguiendo la calle principal hasta la casa de té Liesbeth, tras el arroyo Almbach, que se cruza con un pasarela. Hoy la confitería es atendida por el hijo de Tante Liesbeth. A mitad de camino, subiendo una escalera se sube hasta la pequeña Capilla ecuménica, construida en 1967, con su curiosa fachada de estilo nórdico. En su interior hay una valiosa talla de la Virgen María traída de Baviera. Poco más arriba se encuentra la pintoresca fuente de agua de madera de lapacho, construida como regalo para el fundador del pueblo en 1942. En la parte superior tiene una campana, pensada como alarma para emergecias.
En el centro geográfico del pueblo está la Plaza del Ajedrez, un tablero de ajedrez gigante con esculturas en hierro como piezas.
Otro punto para visitar es el antiguo cementerio alemán, donde descansan los fundadores. Está en las afueras, pero de todos modos es muy cerca; el camino, que se conoce como Paseo Alto, asciende suavemente y ofrece hermosas vistas del valle.
Para descansar se puede ir al balneario sobre el río Del Medio, con ollas de agua a apenas 100 metros de la entrada.



